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El arte nace para compartirse. Una canción que nadie escucha. Una pintura que nadie ve. Una representación que nunca se pone en escena son emociones, historias, mensajes que se pierden en el olvido. Los creadores realizan sus obras para compartirlas. Para que pasen a formar parte de la cultura de la sociedad. Para que sus creaciones pasen a pertenecer a la gente y les dote de nuevos significados. En definitiva, para cambiar el mundo.
Hay algo consustancial a cualquier arte: el ensayo. Normalmente accedemos al resultado final: la obra de teatro, la película en el cine, el cuadro en el museo, la escultura en su emplazamiento… y eso, a veces, nos crea la falsa sensación de que ese desarrollo es un trabajo sencillo, que los artistas tienen una facilidad especial. En parte es así. Los artistas tienen una “sensibilidad” especial para sus disciplinas, pero eso no es óbice para que puedan prescindir de las horas de preparación, ensayo y trabajo que requiere su disciplina.