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Desde los albores de la humanidad se conoce la importancia de la danza en el desarrollo de los niños. Ya en los relatos alrededor del fuego en la prehistoria se cree que se realizaban danzas a modo de relatos. Con el paso de los años se descubrió que el baile no solo promueve la actividad física y la salud, sino que también fomenta la creatividad, la expresión artística y la confianza en uno mismo. Además, al participar en clases de danza, los niños aprenden a trabajar en equipo, a respetar los espacios y los cuerpos de los demás y a seguir instrucciones, habilidades importantes que se pueden aplicar en otros aspectos de sus vidas.
La inclusión se puede entender de muchas formas. Integrar al inmigrante, igualar derechos entre géneros, ofrecer igualdad de oportunidades a diferentes etnias… pero muchas veces olvidamos integrar lo más cercano. Y es que parece que la “obsolescencia programada” también se diera en los humanos y tendemos a ignorar a nuestros mayores. Una idea que, ya sólo en el plano teórico, debería resultar absurda.