
Expresar una emoción no consiste solo en ponerle nombre. También implica reconocer cómo cambia la voz, qué hace el cuerpo, qué transmite la mirada y de qué manera todo eso modifica la relación con quienes tenemos delante, es lo que se llama comunicación no verbal. El teatro permite trabajar precisamente ese territorio: el de la comunicación que se construye con palabras, pero también con gestos, silencios, posturas y ritmos. Desde ahí, el arte se convierte en una herramienta útil para observarse, para entender a los demás y para aprender a convivir.
Ese ha sido el punto de partida del trabajo realizado en el CEIP Ortiz Echagüe de Getafe, en Madrid, junto a la artista de artes escénicas y audiovisuales, Eva Racionero. A través de distintas dinámicas teatrales, los niños y niñas han explorado la expresión emocional desde la comunicación verbal y no verbal, poniendo atención en elementos tan concretos como la dirección de la mirada, el tono de voz, la postura corporal o la transformación del rostro según lo que se siente. Eso mismo nos ha contado Eva al transmitirnos que:
A partir de nuestras presentaciones, interpretando diferentes estados, tonos de voz, postura corporal y dirección de la mirada, observamos y compartimos nuestras ideas. ¿Cómo estoy? ¿Qué he dicho con mis palabras? ¿Y con mi tono de voz y mi posición corporal? ¿Qué expresamos y cómo? A raíz de este diálogo, hablaremos sobre las emociones y sobre las diferencias y coincidencias entre la comunicación verbal y la no verbal. Les invito a definir qué significa para ellos ‘expresarse’, qué diferentes formas hay de hacerlo y cómo las utilizaremos a través de dinámicas teatrales.
A lo largo de las dos sesiones, el grupo ha realizado ejercicios centrados en la observación y en la presencia.
Realizamos diferentes dinámicas, desde pasarnos y sostener nuestras miradas con diferentes estados, emociones y ritmos, poniendo en valor la importancia de la mirada en la comunicación y la expresión, tanto en un rol de ‘intérpretes’ como en el de ‘público’. También jugamos con nuestras caras y nuestras voces”, señala Eva Racionero.
Uno de los momentos del trabajo ha llegado con la creación de esculturas emocionales en grupo. Como indica la artista, “también se convirtieron en escultores, escultoras y esculturas de las emociones, creando esculturas con sus compañeros y compañeras que reflejaran distintas emociones: alegría, miedo, tristeza, ira, asco, sorpresa, amor. Luego vamos a visitar el museo de los demás para observar las ‘obras’. Van alternando el rol de ‘escultores’ y ‘esculturas’.
Todo ello desde nuestra metodología MUS-E, que entiende el arte como una vía para trabajar la escucha, la empatía, la expresión y la convivencia dentro del aula. En este caso, el teatro ha servido para que los niños y niñas reflexionen sobre cómo sienten, cómo lo muestran y cómo interpretan lo que ven en otras personas. Porque aprender a expresar una emoción también es aprender a reconocerla, a comunicarla y a darle un lugar dentro de la vida compartida.
El programa es posible gracias a la colaboración de la Consejería de Educación, Universidades, Ciencia y Portavocía de la Comunidad de Madrid, la Consejería de Familia, Juventud y Asuntos Sociales de la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 a través del programa EnRedArte por la Infancia y la Adolescencia


