Hay algo casi mágico en la Mona Lisa de Leonardo da Vinci que ha fascinado a generaciones enteras: su enigmática sonrisa y esa mirada que parece seguir al espectador, esté donde esté. Este efecto no es fruto del azar, sino del dominio técnico de Leonardo sobre la perspectiva, el claroscuro y el difuminado del sfumato, una técnica pictórica que logra que los contornos se fundan suavemente con el fondo. Gracias a ello, quien contempla la obra siente una conexión directa, íntima, con la figura representada, como si la pintura le devolviera la mirada.