Desde edades muy tempranas, el cuerpo responde de forma natural a la música. Somos, por naturaleza, animales rítmicos: el latido del corazón, el caminar o el habla marcan patrones que nos acompañan desde la infancia. La danza, como expresión artística y pedagógica, permite canalizar esa musicalidad innata y convertirla en una vía de aprendizaje integral. Especialmente en la primera infancia, el movimiento contribuye al desarrollo psicomotriz, refuerza la autoestima, mejora la concentración y fomenta la socialización.