
En este nuevo fragmento del primer capítulo de Viaje Inacabado, «Días de oro», Yehudi Menuhin continúa reconstruyendo sus orígenes a través de la historia de su padre, Moshe Mnuchin. El relato nos lleva desde sus raíces en una familia de rabinos hasídicos hasta una juventud marcada por el deseo de encontrar su propio camino.
Menuhin recuerda la llegada de su padre a Palestina siendo todavía un niño, su educación religiosa en Jerusalén y el progresivo cuestionamiento de una forma de vida que sentía cada vez más alejada de sus inquietudes. Su búsqueda de libertad, el interés por las matemáticas y sus primeros intentos de viajar terminarían conduciéndolo hasta Estados Unidos, después de haber dejado atrás Rusia y Palestina.
En este recorrido aparece también un encuentro fundamental para la historia familiar: el de Moshe con Marutha Sher, futura madre de Yehudi Menuhin, en Tel Aviv. Aunque sus caminos volverían a separarse, aquel primer encuentro anticipaba una historia que continuaría años después en Nueva York.
Os invitamos a seguir adentrándoos en «Días de oro» y a descubrir las raíces familiares que precedieron al nacimiento del Maestro. A través de estos recuerdos conoceremos mejor las personas, decisiones y circunstancias que estuvieron presentes en los primeros compases de su historia:
DÍAS DE ORO
Mi padre era descendiente de rabinos hasídicos, titulares de un oficio hereditario, que dirigían una especie de tribunal en Lubavitch, cerca de Gomel, una típica pequeña comunidad ruso-judía en la que el prestigio espiritual del rabino también le daba autoridad temporal, lo que le hacía ser por partida doble el centro de una sociedad que crecía hacia dentro, rechazada por la sociedad mayor a la que pertenecía, pero con el suficiente sustento para sobrevivir y el sueño de Jerusalén como futuro. Los hasídicos, cuyo movimiento se origina a finales del siglo XVIII, fueron en su momento rebeldes entre la Gente del Libro, que glorificaban la comunión extática más que la comunidad legal, premiaban la mística entre los alumnos y rechazaban la religión puramente cerebral en favor de las danzas y la música, para mayor gloria de Dios. Un enfoque tan animado sobre la piedad se habría amoldado admirablemente bien a mi padre si no hubiese sido porque la espontaneidad hasídica ya se había institucionalizado en su época, obligándole a rebelarse nuevamente. En 1904, un año antes de las atrocidades antisemíticas de 1905 con el estallido de un pogromo en Gomel, la viuda de Moshe Mnuchin y madre casada en segundas nupcias decidió llevarse a su hijo de once años a Odessa y le embarcó en un barco de vapor, el Kornilov, con destino a Palestina, a la casa de sus abuelos paternos. Creció en Zion, nunca volvió a Rusia y aceptó, feliz, que su lengua y recuerdos se desvanecieran. Mantuvo, eso sí, un recuerdo conmovedor: era un niño cuando su padre murió y recordaba cómo correteaba con su triciclo alrededor del cuerpo que yacía en el suelo. Hasta el final de sus días no se perdonó la falta de respeto provocada por su infantil falta de comprensión.
Uno no forma parte impunemente de la tradición ortodoxa. En Jerusalén y bajo la protección de su devoto abuelo, estaba obligado a leer la Biblia, a estudiarla, recitarla y balancearse al ritmo de los rezos durante toda la noche, orando sordo y ciego al mundo que le rodeaba. Vestido con el pesado manto negro, diseñado para climas del norte y utilizado para la angustia de su mente y su cuerpo, dada la temperatura en el Medio Este, con sus tirabuzones y sus pies dentro de toscos zapatos, seguramente parecía el arquetipo del pobre estudiante judío. Sin embargo, su deseo de libertad le fue sacando constantemente del entorno en el que su familia quería que viviera, lo que supuso no sólo que su mentor se escandalizase sino que además se metiese en problemas. En una ocasión voló una cometa con unos amigos árabes y fue reprendido; tomó una o dos lecciones de violín y afligió el corazón de su abuelo. ¿Cómo podía distraer un judío su mente con esas frivolidades cuando el Templo todavía no había sido reconstruido? De las muchas anécdotas que contó mi padre, hay una de ellas que ha contado en muchas ocasiones, ya que ilustra su disposición a ver el mundo en blanco y negro, reservando ciertas sombras de gris para algunas víctimas anónimas de la sociedad. Trata sobre los dos privilegiados objetos de preocupación bíblica: los ojos y los dientes. Uno de los dientes de la boca de mi padre había crecido siguiendo un extraño ángulo, sobresaliendo lo suficiente como para sentirlo constantemente, y lo que es más doloroso, para ser constantemente visto. Lo que hizo que una pequeña se transformara en gran molestia fue la advertencia de su abuela de que, al ser aquel diente irregular uno de los caninos, sus ojos se le “caerían” si se lo extraía. Como prefería ser feo a ser ciego vivió durante años buscándole las mangas al chaleco hasta que un día, en Jaffa, la placa de un dentista provocó una decisión, sin duda ya tomada en su subconsciente. Al cabo de una hora salió más pobre por culpa de aquel afrentoso diente pero todavía capaz de ver el camino de vuelta a casa. El dentista casualmente era un árabe, a partir de entonces símbolo de la virtud árabe, que de manera involuntaria le suministró un granito más de sustancia de la ya creciente desilusión de mi padre por el sionismo. Sin embargo, creo que lo que le llevó a su definitivo rechazo fue la exasperación que le produjo su limitada ortodoxia religiosa.
Tenía catorce años cuando la muerte de su abuelo y el legado de cien dólares hicieron posible su emancipación. Con la mínima planificación que jamás volviese a mostrar, el joven partió inmediatamente en dirección a los Estados Unidos y llegó a Marsella ante las mismas autoridades americanas, pero de repente le sobrevino la súbita conciencia de no estar en absoluto preparado para tal viaje. Regresó humildemente a Palestina – no sin antes hacer un desvío para visitar París – y se empezó a preparar para un segundo vuelo a la libertad. El aprendizaje duró cuatro años, durante los cuales las matemáticas reemplazaron a las sagradas tradiciones y su escuela en Jerusalén dio paso al Instituto Hertzlia en Tel Aviv. A la edad de dieciocho años recibió una beca en matemáticas de la Universidad de Nueva York y dejó para siempre Palestina en 1912. Por tanto, antes de llegar a la mayoría de edad dos patrias ya habían sido descartadas. La tercera, resultado de su propia decisión, y que en sus sueños se situaba en el polo opuesto de todo aquello que era oscuro y opresivo, nunca fue cuestionada ni por un solo instante.
El importante encuentro de la prehistoria mía y de mis hermanas ya se había producido. Mientras estudiaba en Tel Aviv mi padre conoció a Marutha Sher, recién llegada de Rusia con su madre, y se enamoró de aquella chica orgullosa, bella y aventurera. Ya fuese porque no le declaró su amor o porque su declaración se ahogó en el clamor de una multitud de aspirantes de la misma opinión, el hecho es que aproximadamente un año más tarde Marutha viajó a América sin intención de volverse a encontrar. A pesar de su aparente intrascendencia, aquel primer encuentro en Palestina fue profundamente significativo para nosotros, sus hijos, no sólo como presagio del final del cuento que sería su encuentro y boda en Nueva York, sino porque el simple hecho de que las vidas de mis padres se hubieran cruzado con anterioridad nos ofreció una única posibilidad de visión estereoscópica del pasado. Todas los demás relatos que nos contaron provenían de cada uno de nuestros progenitores de forma separada, sin perspectiva, con los colores insustanciales de la fábula. La historia de nuestra familia no subsiste de anécdotas de tías y primos, sino de figuras emblemáticas de lejanos héroes, santos y mártires firmemente reacios a ser conocidos de cerca. Sólo gracias a la madre de mi madre pudimos tener dos perspectivas, una siempre corroborando la otra, en términos de amor, respeto y admiración. Generalmente la actitud de mi padre hacia los demás variaba del favoritismo al repudio, sin que hubiese más posibilidad de pausa en una de sus posiciones de compromiso que la que detiene a un péndulo en una media oscilación. Sin embargo, la devoción por su suegra nunca vaciló. La adoptó como si fuese también su antepasado reverenciado. Esta circunstancia, añadida al hecho de que de todos nuestros antepasados fuese la única que jugaba un papel activo en nuestras vidas, me unió mucho a ella. Desgraciadamente nunca la conocí. Murió en Palestina cuando todavía era un niño.