El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXXV)

 

En esta ocasión, las páginas de Viaje Inacabado nos llevan a Elisabeth, en Nueva Jersey, donde los padres de Yehudi Menuhin encontraron en la enseñanza del hebreo una forma de sostener a la familia tras su nacimiento. Pero sus clases estaban lejos de limitarse al aprendizaje de una lengua.

Menuhin recuerda cómo Moshe y Marutha llegaron a una comunidad que conservaba muchas de las costumbres de la vida judía de Europa oriental y cómo su manera de entender la educación contrastó con los métodos que allí encontraron. Para ellos, el hebreo era una lengua viva y la enseñanza debía despertar inquietudes, transmitir ideas y abrir nuevas formas de mirar el mundo.

Ese modo de relacionarse con los chicos dejó huella en algunos de ellos. A través de la figura de Samuel Marantz, que acabaría manteniendo una estrecha relación con la familia, Menuhin reconstruye el entusiasmo que sus padres eran capaces de generar y la importancia que concedían a los vínculos humanos más allá del aula.

Así, este fragmento de «Días de oro» nos permite conocer a Moshe y Marutha desde una perspectiva diferente: no solo como padres de Yehudi Menuhin, sino también como educadores.

Os invitamos a descubrir este episodio de la historia familiar de Menuhin y a conocer cómo entendían sus padres la transmisión del conocimiento. Continuamos leyendo juntos Viaje Inacabado y recuperando, semana a semana, las experiencias que marcaron sus primeros años:

 

DÍAS DE ORO

 

En Nueva York, mi madre dio clases de hebreo tanto antes como después de su boda. Mi llegada restringió estas clases aunque no las anuló por completo, pero si obligó a mi padre a dedicarse a tiempo completo a las mismas, como melamed, o tutor, preparando a los chicos para su Bar Mitzvah. Su búsqueda de trabajo nos llevó a Elisabeth, en Nueva Jersey, una ciudad cuyos encantos nunca supo apreciar ya que desde entonces pasó a llamarla, con más pasión que ingenio, “el basurero de Elisabeth”. Esta designación reflejaba el choque de puntos de vista entre mis padres y sus jefes, como bien podría haber adivinado cualquiera que considerase este asunto de un modo imparcial.

Ninguno de mis padres era el típico judío inmigrante en los Estados Unidos. En primer lugar, eran chalutzim (pioneros palestinos). No hablaban yiddish entre sí sino que usaban el hebreo como vehículo diario de comunicación humana y no como una lengua sagrada reservada para las Escrituras. Además, del mismo modo que mi madre se había apartado de su herencia tártara, mi padre también lo había hecho de su discipulado de Achad Ha’am, cuyo sionismo ético predicaba en sus clases. Ambos veían el mundo desde su fortaleza asiática, por un lado un pasado ideal, por otro lado un futuro ideal, y siempre desde fuera de la continuidad histórica. Los judíos de Elisabeth, por el contrario, seguían viviendo más o menos en Polonia. Si se exceptuaba aquel horizonte industrial de yardas de fletes y refinerías de petróleo, un inmigrante podía ser trasladado del Pale a South Court Street y continuar siendo tan poco instruido, lo que explicaría lo intacto que se mantenía su antiguo modo de vida en el nuevo entorno. El resultado era un cierto polvillo ritual en el aire. Aunque se quejaban, sus hijos eran llevados a la fuerza al Talmud Torah donde recitaban los capítulos de los Profetas y del Pentateuco, mientras que sus profesores, defensores de la opinión de que cuanto más muerta estuviese la lengua tanto mejor, les prohibían mostrar un interés vivaz en la experiencia. En este enmarañado estado de asuntos mis padres brotaron con el perturbador efecto de unas escobas nuevas.

Sé gracias a un querido amigo, Samuel Marantz, quien entonces tenía doce años y atendía a los últimos meses de su formación religiosa, que su presencia sorprendió a todos. Mi atractivo padre y mi encantadora madre (con su escandaloso corte a lo garçon) eran tan jóvenes, honrados, libres y seguros de sí mismos que hacían vacilar a los ancianos y les llevaba incluso a pensar que aquellos judíos no hacían de los gentiles personas innecesarias. Mientras los adultos andaban a la busca de la gravitas (sustancia), que no  encontraban, los niños disfrutaban buscando la improvisación, el mesianismo y la energía de la juventud. No regresaban del Talmud Torah con tristeza sino radiantes de entusiasmo Los niños comparten con los sacerdotes la necesidad de una lengua oculta, a sabiendas de que el ocultismo refuerza el poder, un poder que envidian en manos de sus mayores y codician. El hebreo, que estaba preservado al rabinato (y por derivación a sus padres), ahora se les ofrecía a ellos, como si fuese fuego robado del templo. Y se les mostraba por cierto como algo incendiario en vez de sacerdotal, como una fuerza de destrucción y creación en vez de una luz más allá de la tumba. Si Sammy Marantz recordaba cincuenta años después el poema de Bialik sobre el pogrom de Kishinev, “la ciudad de la masacre”, en el que reprochaba a los judíos su mansedumbre, es porque aquella historia, tal y como la había enseñado mi padre, tuvo que resultar marcial y apocalíptica, calculada para reclutar pioneros en vez de feligreses. Del mismo modo que Nicolás de Colonia pudo organizar a los chicos para la Cruzada de los Niños, él tuvo que haberles arengado la visión de una Jerusalén en espera de ser capturada por los jóvenes. El que aquel Nicolás llegase a ser el legendario flautista de Hamelín y Jerusalén Venusberg simplemente sirve para subrayar este paralelismo: mi padre preparaba a sus pupilos para el rito del paso de un modo muy diferente en espíritu al de la confirmación oficial. Mientras que ésta celebra la pubertad e inicia al joven en la tribu adulta, él les instaba a unirse a una tribu sin ancianos, ya que más allá del Bar Mitzvah no se encuentra la adaptación sino la renovación extática, no se encuentra el mundo monótono que les rodeaba sino un mundo de sentimientos exquisitos y proezas valerosas. Poco después de nosotros llegó a Elisabeth el texto de la Declaración de Balfour, lo que a los ojos de sus pupilos hizo que mi padre apareciera como un emisario profético. Sammy Marantz escribió un poema cuyo título “¡Por fin!, ¡por fin!” sugiere que dos meses bajo la tutela de Menuhin pudieron generar milenios de anhelo en un chico de doce años.

Mis padres nunca dudaron de que allí donde se encontraran siempre estarían en un lugar seguro. Tal convicción tiene un enorme poder de atracción pero dudo que sólo fuese esto lo que les hacía encantadores a los chicos. Mi madre en concreto no podía ver a un joven sin que sintiese ganas de unirlo a la familia, una necesidad que nunca ha dejado de tener y que ha transmitido a mi hermana Hephzibah. Sammy Marantz fue, eso creo, el primero en advertirlo, lo que supuso que ella le considerara un miembro adoptado de la familia. En las tardes de los inviernos níveos cargaba su trineo con leña y tomates verdes encurtidos que extraía de las barricas de su familia, como si fuesen regalos para Tu B’Av, y lo deslizaba hasta nuestra casa en Julia Street. Era un intercambio simbólico: él traía leña y dulces y recibía el calor y el forraje espiritual que sólo mis padres eran capaces de proveerle. Unos seis años después Sammy aparecería de repente en nuestra casa de San Francisco nada más matricularse en Berkeley. Apenas entró en casa se sentó a mi lado y leímos juntos Ivanhoe. Todavía un par de años después solía volver a nuestra casa, mientras nosotros estábamos abandonados y temporalmente sin padre en Nueva York, para iluminar la tristeza del destierro. Vista su devoción juvenil es fácil evaluar el impacto que mis padres tuvieron en los niños de Elisabeth – por lo contado y por lo que además pasaría cuando mis padres dejaron repentinamente la ciudad.