
Como cada viernes, os acercamos la figura de nuestro fundador, el Maestro Yehudi Menuhin, a través de los fragmentos de su libro “Viaje Inacabado” que resume su personalidad, filosofía y línea de pensamiento y acción.
Hoy nos adentraremos al descubrimiento del amor por la música del, entonces, pequeño Yehudi y de cómo recibió su primer violín aunque vino acompañado de una pérdida importante:
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UN CHEVROLET Y UN VIOLÍN PEQUEÑO
Encaramado al acantilado del Curran Theatre en las tardes de concierto, dejaba que mi mirada se deslizase por encima del director de orquesta, cuyo papel en las deliciosas actividades de allí abajo superaba mi capacidad de comprensión, para concentrarse en su ayudante, Louis Persinger, que de vez en cuando actuaba en alguno de los pasajes como solista. Aprendí a esperar aquellos momentos en los que el dulce y precioso sonido del violín flotaba por el gallinero, el más emocionante, acariciante y encantador de todos los sonidos. Durante una de aquellas actuaciones pregunté a mis padres si podría recibir un violín para mi cuarto cumpleaños y si Louis Persinger me podría enseñar a tocarlo.
Si este narrador se ha tomado su tiempo en contarles un detalle que otros relatos habrían señalado inmediatamente, es para deshacer la impresión de que de un día para otro pasé de ser un protoplasma amorfo a ser yo mismo, que el talento musical sale a la luz en pleno éclat del entorno de la transformación cual pantomima. En aquel dedo que señaló a Louis Persinger podrían asentarse los cimientos de cuatro años de vida, que me aportaron lo que muchos años de colegio rara vez aportan a un estudiante: el significado de la vocación. ¿Es este particular significado propio de la infancia? Lo dudo. ¿Fue la buena fortuna la que permitió que la convicción en las posibilidades ilimitadas y el instinto en el valor auténtico, más fáciles de identificar para un niño en un gran solista o un alma sencilla que en intermediarios eficaces, salieran a la luz durante la que debería haber sido una etapa perdida de la inocencia? Ciertamente, si se mira a un niño desde la perspectiva adulta, creo que desde hace mucho tiempo ya que el mundo del adulto ha ido sistemáticamente subestimando el del joven, admirando, cuando no hay motivo para ello, la ambición y el éxito. A los cuatro años era demasiado joven para saber que el violín exigiría un esfuerzo proporcionado a la gracia que me conferiría – la gracia de volar, de ocupar una posición de absoluta ventaja, de disfrutar tanto del dominio sobre los nervios, huesos y músculos como el que podría suministrar al cuerpo una extática ausencia.
Sencillamente quería ser Persinger y con la misma franqueza propuse los medios para que tan envidiable situación tuviese lugar. No creo que mis padres encontraran la propuesta descabellada – después de todo, la infancia de Aba había dejado un precedente – pero probablemente la considerarían más caprichosa que urgente, y dudaron en invertir una parte de sus escasos ahorros en lo que podría ser el capricho de un niño. Comentaron mi petición a sus amigos y conocidos, como lo harían unos padres cariñosos, y el resultado final fue que recibí primero un violín de juguete y después uno de verdad.
Nunca olvidaré la decepción de aquel violín de imitación. Hecho de metal con cuerdas de metal, frío al acto, con un sonido tan a hojalata como su propia hechura, aquella parodia de mis deseos fue el causante, por lo que recuerdo, del primer enfado de mi vida. El escenario de la entrega y de mi desagradecida recepción tuvo lugar en un amplio y bonito parque en una colina en la zona más alta de Steiner Street, un parque cuyos prados y matorrales nos resultarían muy familiares a mí y mis hermanas pasados un par de años. Sentado con Aba e Imma en un banco, un profesor compañero de la escuela de Aba fue el que en aquel momento y lugar me dio el regalo. El pobre hombre tuvo que quedarse atónito cuando, sin mediar repuesta alguna por el regalo, estallé en sollozos, lo tiré al suelo y no volví a hacerle caso. Siento que mi primer mecenas en tema de violines recibiera una recompensa tan ingrata a su amabilidad. Yo no podía saber que mi satisfacción estaba todavía por llegar.
La satisfacción se aseguró poco tiempo después en la forma de un cheque de ochocientos dólares que envió mi abuela Sher desde Palestina, quien había oído hablar de mi afición a la música y mostró la suficiente sabiduría, generosidad o temeridad como para tomarla en serio. Mis padres fueron sensatos como para decidir que bastaría con dedicar la mitad de esta considerable suma a la compra de un violín para principiantes, y desviaron el resto del dinero a la compra de nuestro primer coche. Hoy no puedo determinar qué compra me aportó mayor felicidad.
Podría haber conocido a mi abuela de no haber sido por la angustia que a Aba le daba sólo la idea de separarse, aunque fuese temporalmente, de su esposa. En la época en que mi abuela me hiciera aquel regalo, se estaba barajando la posibilidad de un encuentro en Italia, ella viajaría desde Jaffa e Imma desde América, con la recién nacida Hephzibah y conmigo de lastre. El plan se vino abajo debido al peso de la angustia de Aba, desde entonces y para siempre un pesaroso recuerdo del sacrificio que había exigido a Imma, ya que Imma nunca volvería a ver a su madre. Una mañana, cuando tenía seis o siete años, viviendo ya en Steiner Street, Imma se despertó con la atroz certeza de que su madre había muerto. Su premonición fue tan fuerte que Aba envió un telegrama a Jaffa y como al día siguiente no había llegado ninguna respuesta, tanto buena como mala, decidió llamar a la oficina de telégrafos. Aunque la terrible noticia ya les había llegado, los funcionarios no se habían puesto de acuerdo en cómo dárnosla. De aquella manera tan solemne y extraña fui consciente del primer acontecimiento irreversible de mi vida.
La muerte de la abuela Sher supuso la pérdida de nuestra más íntima unión con Palestina. Por respeto, Aba todavía se escribía con una hermana mayor, pero dado que no sentía afecto por ella, de hecho la culpaba del infeliz romance de su hermana pequeña que había terminado en suicidio, Imma le convenció, de manera bastante resolutiva, de que su respeto no era más que mera hipocresía, y aquella correspondencia cesó. No fue difícil convencerle, ya que los argumentos de Imma coincidían con su propio deseo de repudio por sus últimas lealtades sionistas. A partir de aquella decisión fue un acreditado antisionista. Mi madre, por el contrario, no estaba influenciada por una u otra lealtad. Desde su punto de vista, el mejor regalo que podía hacerle a sus hijos era una vida emancipada de toda restricción, demanda e inhibición del pasado, el regalo de un mundo al que ellos pertenecían.
Nuestro nuevo coche, un pequeño Chevrolet convertible de cuatro plazas, podría haberse erigido como el símbolo de la libertad que mi madre ambicionaba para nosotros. Su personalidad y su nombre iban a juego, aunque ahora me da vergüenza no recordarlo, estábamos profusamente enamorados de él. Sin techo ni ventanillas, nos brindaba viajes aireados y limpios de humos. Cómo me gustaba el olor de la gasolina por aquel entonces, antes de que se añadiera el plomo. Por la mañana, mientras el sol emergente calentaba la gasolina, el débil olor evocaba embriagadoramente los paisajes que en breve estaríamos explorando y le afectaba a Aba con no menos intensidad de lo que me afectaba a mí. Nuestras excursiones siempre le animaban a cantar, refugio para el abandono emocional que tan a menudo se negaba a sí mismo. Era un conductor prudente, nunca sobrepasó las quince millas a la hora durante el primer año de propiedad del coche para luego aventurarse hasta las dieciocho mientras tildaba de imprudentes a aquellos que nos adelantaban a veinte, personas que no pensaban en las vidas de sus familias o de cualquier otro que estuviese en la carretera. Necesitábamos cuatro horas para recorrer las sesenta millas que nos separaban de Santa Cruz, pero eran horas relajadas, con toda la familia unida y la aventura delante de nosotros, y mi padre las celebraba cantando las más tristes canciones de la tradición hasídica. Aquellas hechizantes melodías, en su mayor parte sin letra (y si tenían letra yo no la entendía) nos acompañaban en las subidas y bajadas por las verdes carreteras secundarias de California.
Encaramado al acantilado del Curran Theatre en las tardes de concierto, dejaba que mi mirada se deslizase por encima del director de orquesta, cuyo papel en las deliciosas actividades de allí abajo superaba mi capacidad de comprensión, para concentrarse en su ayudante, Louis Persinger, que de vez en cuando actuaba en alguno de los pasajes como solista. Aprendí a esperar aquellos momentos en los que el dulce y precioso sonido del violín flotaba por el gallinero, el más emocionante, acariciante y encantador de todos los sonidos. Durante una de aquellas actuaciones pregunté a mis padres si podría recibir un violín para mi cuarto cumpleaños y si Louis Persinger me podría enseñar a tocarlo.
Podría haber conocido a mi abuela de no haber sido por la angustia que a Aba le daba sólo la idea de separarse, aunque fuese temporalmente, de su esposa. En la época en que mi abuela me hiciera aquel regalo, se estaba barajando la posibilidad de un encuentro en Italia, ella viajaría desde Jaffa e Imma desde América, con la recién nacida Hephzibah y conmigo de lastre. El plan se vino abajo debido al peso de la angustia de Aba, desde entonces y para siempre un pesaroso recuerdo del sacrificio que había exigido a Imma, ya que Imma nunca volvería a ver a su madre. Una mañana, cuando tenía seis o siete años, viviendo ya en Steiner Street, Imma se despertó con la atroz certeza de que su madre había muerto. Su premonición fue tan fuerte que Aba envió un telegrama a Jaffa y como al día siguiente no había llegado ninguna respuesta, tanto buena como mala, decidió llamar a la oficina de telégrafos. Aunque la terrible noticia ya les había llegado, los funcionarios no se habían puesto de acuerdo en cómo dárnosla. De aquella manera tan solemne y extraña fui consciente del primer acontecimiento irreversible de mi vida.