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El teatro musical es una de las disciplinas más completas en el ámbito de las artes escénicas. En el caso de la infancia, y especialmente en edades tempranas, su práctica no solo permite un acercamiento divertido al mundo del arte, sino que contribuye de forma directa al desarrollo físico, emocional y social del niño y la niña. Cantar, bailar, interpretar y trabajar en grupo genera confianza, refuerza la motricidad, impulsa la comunicación y promueve la empatía, todo ello desde la experimentación y el juego.
La Escola Cal Maiol de Barcelona volvió a unir este curso dos celebraciones clave en su calendario: el Día MUS-E y la festividad de Sant Jordi. En esta ocasión, la jornada giró en torno a los grandes musicales de la historia, con una propuesta escénica diseñada y guiada por la artista de danza Olga Ponce, que implicó al alumnado de todos los niveles en una muestra colectiva de creatividad, movimiento y memoria cultural.
A través del lenguaje de la danza, donde surge un concepto tan importante como es el movimiento, los niños y niñas de la Escola Prim, situada en Barcelona, han abordado nociones como el espacio, el ritmo, la escucha y la expresión desde el cuerpo.
Desde edades muy tempranas, el cuerpo responde de forma natural a la música. Somos, por naturaleza, animales rítmicos: el latido del corazón, el caminar o el habla marcan patrones que nos acompañan desde la infancia. La danza, como expresión artística y pedagógica, permite canalizar esa musicalidad innata y convertirla en una vía de aprendizaje integral. Especialmente en la primera infancia, el movimiento contribuye al desarrollo psicomotriz, refuerza la autoestima, mejora la concentración y fomenta la socialización.