El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXXVII)

 

¿Qué sonidos y experiencias de la infancia pueden acompañarnos durante toda una vida? En las páginas de «Días de oro», Yehudi Menuhin nos descubre cómo algunos de sus primeros recuerdos estuvieron relacionados con la naturaleza, la vida familiar y el despertar de su sensibilidad musical.

La historia nos sitúa en San Francisco, donde la familia Menuhin había establecido su hogar. Allí, el deseo de libertad y contacto con el entorno natural de su madre, Marutha, llevó a la familia a dormir al aire libre, primero bajo un toldo y después en una construcción situada en el jardín de su nueva casa.

Entre los recuerdos que recupera el Maestro destaca el canto de un gallo, uno de sus primeros encuentros conscientes con los sonidos de la naturaleza y que, según explica, contribuyó a despertar su interés por la conservación y la ecología. También rememora sus primeros afectos infantiles y las canciones de cuna que improvisaba en hebreo, algunas de las cuales llamaron la atención de Reuben Rinder, quien reconoció en ellas indicios de su talento musical.

El fragmento aborda, además, el papel de los idiomas en su educación y la importancia del hebreo como primera lengua familiar, antes de la incorporación del inglés.

Os invitamos a adentraros en estos recuerdos y a descubrir cómo la naturaleza, los sonidos y las lenguas formaron parte de los primeros años de Yehudi Menuhin. Una nueva lectura de El Viaje Inacabado para seguir conociendo las experiencias que contribuyeron a configurar su manera de entender la música y el mundo.:

 

Días de Oro

 

Si bien mi sensibilidad no se encuentra más a gusto en casa que en una cámara resonante de madera cuyas paredes se curvan en torno al alma, al principio tuvo que conformarse con una tienda de campaña. Los antojos de Imma alcanzaban todas las colinas, costas y vistas despobladas. Alrededor de medio mundo, desde el Mar Negro hasta las orillas del Pacífico, había seguido un itinerario de aristas hasta que encontró en la vertiginosa San Francisco, toda ella rodeada de mar, los motivos suficientes como para hacer un descanso. En cualquier caso su necesidad de aire y libertad no se satisfacían con meras vistas desde las ventanas aunque éstas fuesen nobles, o simples excursiones aunque éstas fuesen desafiantes, y sucedió que justo cuando nos acabábamos de mudar a Hayes Street ya nos estábamos mudando otra vez (es una forma de hablar). Contiguo a las ventanas había un tejado liso en el que se instaló un toldo y allí es donde dormíamos cuando el tiempo lo permitía. Pasados cuatro años, cuando compramos la casa de Steiner Street, los preparativos para huir de la reclusión eran menos provisionales. Se construyó un soportal o un pequeño bungalow en el jardín, algo separado de la casa, que consistía en un armazón de madera, suelo, techo y paredes hasta la altura de la cintura, sobre las que estaban situados unos biombos de malla. Por dentro, la estructura estaba dividida en dos mitades, una mitad para mis padres y la otra mitad dividida a su vez en una habitación más grande para Hephzibah y Yaltah y otra más pequeña para mí. El proyecto tenía su sentido. Se habían conseguido nuevas habitaciones y se había liberado un piso entero para huéspedes. La decisión, sin embargo, no fue tomada por motivos económicos. Acampar bajo el tejado o en el jardín, lo más cerca posible del cielo, era el modo de actuar cherkeso. Sin duda nosotros seguíamos su modelo más saludable. Uno de mis recuerdos más lúcidos de mi infancia es el de la gélida emoción de las frías sábanas en las noches brumosas seguido de la placentera sensación de dejarse llevar hasta dormir, al tiempo que se iba calentando la cama. Nos levantábamos y nos acostábamos con el sol.

Los jesuitas fueron de los primeros educadores en pensar que el niño se formaba o deformaba a los ocho años. En mi vida aquella edad realmente determinó lo que estaría por venir, aunque me gustaría argumentar que la asignación temporal de los jesuitas era muy generosa. A medida que fui saliendo del acogedor capullo infantil, en el marco de una familia afectiva, pude descubrir el embrujo de los sonidos naturales. No debía tener más de dos o tres años cuando percibí por primera vez la naturaleza en la forma del cacareo de un gallo. Bastó con un ave casera para conseguir que mi vida haya siempre mantenido el interés por la creación no humana, la agricultura, la conservación y la ecología. Su voz todavía suena dentro de mí con la misma exuberancia de vida a la que ya respondí hace tantos años. Aunque ciertamente habría oído a los gallos durante el breve periodo que pasamos con mi tío, mi memoria no los fijó allí sino en otra granja en Walnut Creek, que pertenecía a otra familia ruso-judía, los Kevin. El Sr. Kevin, un hombre alto con pelo y barba pelirrojos, tenía una mujer dócil y pequeña y dos hijas, amigas especiales mías que se llamaban Ida y Zina, con las que construía casas con cajas de madera en las que nos escondíamos.

Otro de mis primeros recuerdos es el de enamorare. Desde muy pequeño ya sentía mucho afecto por las niñas, estaba siempre enamorado de alguna, inventado romances y viviendo gracias a su presencia, sin que se lo contase a nadie. La primera de esta procesión de niñas fue Lili a la que conocí cuando vivíamos en Berkeley. Creo que era demasiado joven para disimular mi pasión y mis padres cínicamente supieron sacar de algún modo provecho de aquella situación para asegurarse mi buen comportamiento. Me reprendían diciendo “Lili ya está durmiendo” con la esperanza de que siguiera su mismo camino, y una vez asumida la situación, me resignara a la llegada del final del día, cantando nanas dedicadas a mi amor. “Lili alcha lichon” – “Lili se ha ido a dormir”. En aquellos días el hebreo era todavía la lengua que se hablaba en casa. Reuben Rinder, un amigo de San Francisco, cantante en el templo, durante una visita oyó casualmente uno de aquellos cantos de cuna y lo consideró una clara evidencia de mi talento musical. Pasados un par de años animó a Aba e Imma a que se tomaran en serio mis ambiciones. Estoy convencido de que la palabra de un cantante profesional tuvo su peso.

Mis padres eran lingüistas, Imma en particular, y ambos ya hablaban inglés antes de llegar a los Estados Unidos. No obstante, no me empezaron a hablar en inglés hasta que cumplí los tres años; la unidad familiar se expresaba en una lengua familiar. Sólo me arrepiento de que el inglés entrara a formar parte de mi vida antes de que haber tenido la oportunidad de dominar la lectura y la escritura en hebreo. Siento todavía su sonido en mis oídos; incluso he llegado a hablar por radio en hebreo, pero condicionado a un guión escrito en alfabeto fonético y debidamente punteado. Aquella temprana fluidez se ha perdido y las palabras que recuerdo se agrupan en torno a los intereses fisiológicos de un niño de tres años, como “regel” que es pierna o “beten” que es estómago, que utilizaría probablemente asociadas a dolores y cardenales así como a excusas para llamar la atención. Después del cambio al inglés, el hebreo siguió siendo un código casero para hacer esto o aquello, para estarse callado o vigilar los modales, instrucciones que la gente de fuera no debía entender. Ninguna de mis hermanas tuvo mis oportunidades en hebreo, sin embargo, en nuestro posterior empeño por los idiomas – que llegaron a ser unos cuantos – los tres siempre fuimos juntos del brazo. De hecho, ellas llegarían incluso más lejos que yo.