
En este nuevo fragmento del primer capítulo de Viaje Inacabado, «Días de oro», Yehudi Menuhin dirige su mirada hacia la historia y la personalidad de su madre, Marutha Sher, y hacia las raíces familiares que dejaron una profunda huella en él.
El Maestro recuerda su infancia en Crimea, su posterior traslado a Jaffa y los numerosos viajes que realizó desde muy joven. A través de estos recuerdos construye el retrato de una mujer marcada por la independencia, la disciplina, la tradición y una identidad en la que confluían distintas herencias culturales. Menuhin se detiene también en las diferencias entre su padre y su madre, desde sus caracteres hasta sus respectivas formas de relacionarse con sus orígenes y con el mundo.
Pero estos recuerdos van más allá de la historia familiar. Menuhin reconoce en su madre el origen de su propia fascinación por Oriente, presente desde sus primeras lecturas y posteriormente en la música y en sus viajes. Así, al reconstruir la infancia de Marutha, encuentra también una de las líneas que acabarían definiendo su propio recorrido vital.
Os invitamos a continuar con nosotros la lectura de «Días de oro» y a conocer más de cerca las raíces maternas de Yehudi Menuhin. En ellas encontraremos algunas de las influencias que acompañaron al Maestro desde su infancia y a lo largo de su vida:
DÍAS DE ORO
El hecho de nacer americano añadió otro importante elemento al patrón. Si bien una mente ordenada en busca de simetrías podría considerar que esta segunda línea es la que marcó mi futuro, creo – y probablemente no por primera vez – que la insistencia en la simetría, o en el orden, fue un elemento distorsionador de los hechos. De las muchas cosas que América significa para mí, la emoción que genera el futuro no es una de las más importantes. Sin duda alguna, la primera y más duradera es su belleza natural. Mi ciudad natal no fue la que me manifestó esta revelación.
Llegados sucesivamente de Palestina, los dos jóvenes no esperaban encontrarse en Nueva York. La organización de su encuentro se fraguó sin que el destino mediase con una ingeniosa manipulación. Nueva York, a pesar de su tamaño y variedad, estaba compuesta por parches étnicos, de modo que ofrecía a los recién llegados un entorno inmediato aunque superficial. Habría sido más complicado prevenir su encuentro que provocarlo. Es fácil de entender que su amor mutuo madurase rápidamente y modificase la intención inicial de Marutha de retornar de vuelta a casa con su madre. Al margen del atractivo propio de su juventud y belleza, ambos se aportaban mutuamente el consuelo de lo conocido en un mundo alienígena. Sin una familia que demandase obligaciones y entregase afecto, sin apenas amigos, debían sentirse tan solitarios como si estuviesen en una isla desierta – circunstancia que a los jóvenes y optimistas debería sugerir de un modo más persuasivo el Jardín del Edén que la soledad y el aislamiento. Años más tarde, la broma familiar consistía en descartar cualquier idea de romance en aquel joven matrimonio y cambiarla por un mero asunto contable: dos, después de todo, podían vivir al precio de uno.
Durante más o menos un año vivieron del modo más económico que pudieron en una pensión y encontraron el uno en el otro la única diversión que podían costearse. Su Edén se encontraba, de hecho, en el Bronx Park por donde solían pasear cantando canciones en hebreo, como si fuesen Adán y Eva y su idioma los nombres de todos los depredadores y aves. El final de su autosuficiencia lo marcó el anuncio de mi llegada. Obligados a encontrar un apartamento, buscaron por todo el vecindario y después de muchas desilusiones eligieron uno alejado del parque por apenas un paseo. Mientras les acompañaba a la puerta después de verlo, la dueña les dijo, con toda su intención de agradar a los nuevos inquilinos y mientras cerraba el trato: “y seguro que se alegrarán de saber que no admito judíos”. La historia, al menos en Nueva York, ha podido silenciar aquella voz, aunque entiendo lo amarga que tuvo que sonar en los oídos de mis padres aquella hostilidad, ¡que a pesar de haberles propulsado hasta las orillas del Nuevo Mundo, había podido seguirles hasta allí! Percatada de su error, la propietaria antisemita escuchó su renuncia y pudieron encontrar otro apartamento en el que con el tiempo encontrarían un grupo de amigos, compañeros de estudios y jóvenes, tan pobres y alegres como ellos mismos, creando un feliz refugio contra el prejuicio. Sin embargo, la metedura de pata de la dueña dejó su marca. Una vez que llegaron a la calle mi madre se hizo una promesa: el hijo que estaba esperando proclamaría al mundo entero su raza. Se llamaría “el judío”.
En esas circunstancias Yehudi se podría considerar una elección curiosa. Si el único motivo de mi madre hubiese sido evitar cualquier ambigüedad, me podría haber puesto el nombre de cualquier patriarca (excepto Moisés, claro, ya que la tradición judía prohíbe que el hijo lleve el nombre del padre). Pero ¿cómo iba a traducirlo un inocente gentil del hebreo? En el Antiguo Testamento no figura ningún Yehudi que pueda facilitar su comprensión a un forastero. Era muy profundamente característico de mi madre que tomase impulsivamente decisiones y se atuviese a las mismas y previsible que un insulto a su raza generase como inmediato reflejo una afirmación orgullosa. Creo, sin embargo, que hubo otro elemento en su aparentemente repentina resolución. Los símbolos representaban una lengua muy próxima a mi madre. Un Abraham, un Isaac ó un Jacob forma parte de la historia, ya ha sido engendrado y sucesivamente seguirá engendrando. “El judío” es cualquiera, no evoca un modelo ni continúa una línea. Como espero poder demostrar, mi madre quería por todos los medios que ninguna carga del pasado, incluidas las referencias a relaciones familiares o a la propia tradición judía, resultasen un estorbo para sus hijos. Mi nombre debía ser la primera anotación en una hoja limpia. Lo que sí es cierto es que nací el 22 de Abril de 1916.
Mi madre tenía 20 años y mi padre veintitrés cuando comenzaron a subordinar, desde mi llegada, sus propios intereses a los de sus hijos, un régimen que no terminaría hasta 1938 con mi boda y la de mis hermanas. Mi padre tuvo que abandonar en dos ocasiones su profesión por mi causa – en 1917 cuando abandonó sus estudios universitarios para ganarse la vida dando clases de hebreo, y de nuevo diez años después cuando cambió su educación por la gestión de mis conciertos. No será una pequeña sorpresa si digo que siento mucho agradecimiento y bastante culpa por el coste que en otros ha tenido mi propia realización, aunque esta reflexión pertenece a la preocupación e incidencia de la retrospección adulta. En aquellos momentos no era consciente de que sus vidas estaban condicionadas por la mía. De hecho, soy una de esas privilegiadas personas para las que sus primeros años son en retrospectiva el reflejo de un tiempo de inmaculada felicidad. El archivo de mis recuerdos comienza con toda seguridad en San Francisco a donde llegamos poco antes de mi segundo cumpleaños. La impresión del absoluto amor que me tenían mis padres es sin embargo muy anterior, parte de los primeros meses en Nueva York y los posteriores en Nueva Jersey.