
En este nuevo fragmento del primer capítulo de Viaje Inacabado, «Días de oro», Yehudi Menuhin dirige su mirada hacia la historia y la personalidad de su madre, Marutha Sher, y hacia las raíces familiares que dejaron una profunda huella en él.
El Maestro recuerda su infancia en Crimea, su posterior traslado a Jaffa y los numerosos viajes que realizó desde muy joven. A través de estos recuerdos construye el retrato de una mujer marcada por la independencia, la disciplina, la tradición y una identidad en la que confluían
distintas herencias culturales. Menuhin se detiene también en las diferencias entre su padre y su madre, desde sus caracteres hasta sus respectivas formas de relacionarse con sus orígenes y con el mundo.
Pero estos recuerdos van más allá de la historia familiar. Menuhin reconoce en su madre el origen de su propia fascinación por Oriente, presente desde sus primeras lecturas y posteriormente en la música y en sus viajes. Así, al reconstruir la infancia de Marutha, encuentra también una de las líneas que acabarían definiendo su propio recorrido vital.
Os invitamos a continuar con nosotros la lectura de «Días de oro» y a conocer más de cerca las raíces maternas de Yehudi Menuhin. En ellas encontraremos algunas de las influencias que acompañaron al Maestro desde su infancia y a lo largo de su vida:
DÍAS DE ORO
Mis hermanas y yo nunca preguntamos qué le había llevado a separarse de su marido. Baste con decir que el abuelo Sher había abandonado a su mujer y su hija en Crimea y emigrado a América, donde se ganó la vida como un funcionario menor en una sinagoga del Medio Oeste. Mis padres cumplieron con su deber para con él. Fue una última visita a él lo que trajo a mi madre a los Estados Unidos, aunque su matrimonio evitara el regreso. Su vejez fue aliviada por aportaciones del modesto salario de mi padre. Sin embargo, nunca formó parte del panteón familiar. Mi madre nunca más le volvería a visitar ni hablaría con él. Reservó su lealtad exclusivamente a su madre. Fue la única superviviente de siete hermanos, y vivió en Crimea hasta que cumplió los quince años, momento en el que madre e hija se fueron a Jaffa, gracias el empuje del antisemitismo combinado con la atracción gravitacional que ejercía la Tierra Prometida. Al igual que mi padre, mi madre nunca ha vuelto a Rusia, pero a diferencia de él mantiene sus recuerdos, habla su lengua con maestría nativa y honra sus virtudes a través de su propio temperamento. Si mi padre era más judío que ruso, mi madre indudablemente es más rusa que judía, tiene la crueldad rusa de servir a la causa, una naturaleza salvaje ferozmente trabajada y un desdén heroico por los valores recluidos en el ghetto. Cuando mi padre la conoció ya vestía la insignia de la distinción. En el recuerdo de mi padre perduró su “presencia” más allá de sus ojos azules y su pelo rubio como la miel. Absolutamente ecuánime, se mantenía esquiva, no como una judía más sino como si fuese la única descendiente de los “khan” tártaros. Posiblemente los altibajos de la historia hayan mezclado tanto las leyendas familiares de los tártaros y jázaros que sus hechos genealógicos estén aún pendientes de descubrir. Alguna mezcla de estas diversas sangres debía correr por las venas de mi madre. Descendía de los karaites que, parece ser, vivían apartados de los rusos y de los judíos ashkenazim y hablaban tártaro entre ellos. Su ideal, y admirado por mí durante mi infancia, era el guerrero cherkesiano (ó circasiano), el perfecto Galahad del honor, del coraje, del éxito y de la caballerosidad, más severo y pintoresco que el devoto caballero cristiano. Mientras que el judío sobrevivía por su astucia, sabiendo bajar la cabeza en los malos tiempos para después volver a mostrar distinción en los buenos, el cherkeso era indiferente a la simple supervivencia y exigía a la vida una afirmación más espléndida. Tuvimos uno de esos héroes en la familia: su abuelo había perdido la vida por defender a un pobre judío al que una multitud intentaba linchar. La mejor confirmación de su propia herencia era, sin embargo, ella misma. A los dieciséis años ya había viajado, sola y en varias ocasiones, a visitar parientes en Kiev, Moscú, Londres, Manchester y los Estados Unidos. Aquellos viajes sin acompañante a través de medio mundo, que no eran frecuentes en la vida de una joven antes de la Primera Guerra Mundial, definieron la magnitud de su espíritu, libre, valiente y autosuficiente, hasta el punto de confundirse con arrogancia. Allí donde iba – el matrimonio y la maternidad prolongarían su viajar – se encontraba en casa, no por adaptación sino porque seguía siendo ella misma. Respeta la tradición y valora a aquellas personas que están a la altura de sus tradiciones y cumple magníficamente con lo que se espera de ella. Se comporta tal y como su madre previamente se había comportado. En todas las casas en las que vivimos, tan pronto como se podía pagar, se reproducía el harem, con su diván cargado de cojines frente a las ventanas y alfombras orientales. Para recibir a los amigos en casa solía vestirse con pantalones turcos de seda que sujetaba a su estrecha cintura con un cinturón de plata. Guardaba hasta un extremo notable la privacidad del harem para ella y mis hermanas – de hecho fueron contadas las fotografías de prensa de mi madre, incluso en los momentos más públicos de nuestras vidas. Al igual que sus antepasados, daba un mayor protagonismo al hombre que a la mujer, pero no había un componente de dependencia o sumisión en su naturaleza. El deber, la determinación y la autodisciplina reforzaban todo lo que hacía, tal y como sus perfectamente innecesarios corsés reforzaban su esbelta figura. Ni una sola vez he visto a mi madre sin estar perfectamente vestida y ceñida o en actitud de fatiga o lasitud. Siempre que la abrazaba en mis años de infancia, mis brazos rodeaban aquel rígido corsé.
Siguiendo el modelo de buscar las diferencias a sus parecidos, podría decir que mis padres eran sensuales, pero cada uno a su estilo. Mi padre tenía una tendencia a la gula; de hecho, de niño en Jerusalén, sufrió una vez un ataque de apendicitis por comerse, así me lo dijo, ¡catorce raciones de helado de una sentada! Mi madre no sufre de esa tentación a tener que resistirse y de hecho en toda su edad adulta no ha engordado una sola onza. Mientras que la juventud de mi padre se vistió del colorido austero de textos, becas, ambición intelectual y piedad, la de mi madre tenía la intensidad de una cultura más bárbara que admitía el cuerpo y los cinco sentidos, respetaba la destreza de los jinetes, músicos o bailarines al mismo tiempo que la indolencia del pachá recostado en su tienda al final del día. Los placeres sensuales de mi madre están bordados con tejidos suntuosos, cual arma minuciosamente estampada, y sobre todo elaborados con las formas y colores de Oriente, con sus sonidos, olores y artefactos. Estos hechos definen tanto su infancia como un fabuloso país cuyas bellezas no hay país alguno que pueda igualar; me ha legado su apasionado cariño.
Desde mis primeros recuerdos, mi madre representó inmediatamente la garantía de una normalidad familiar con un toque exótico, iluminado con cúpulas y templos de un estilo distinto a lo que hasta entonces había visto, enclavado en paisajes, más poderosos cuanto más desconocidos. La versión censurada de “Las mil y una noches” fue uno de mis primeros libros favoritos; era portador de su testimonio y alimentaba mi pasión por el Este. Y lo mismo sucedió con la música y también con los viajes, primero a Rumanía, luego a Rusia, y finalmente a la India, la fuente primaria, la madre patria de las peculiaridades que hacían sentirme en casa. Por tanto, una de las líneas rectas de mi vida se inició en la infancia de mi madre, si no muchas generaciones antes, y mi búsqueda de su rastro resultó ser un viaje al pasado.