El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XX)

 

La semana pasada, el capítulo 7 del Viaje Inacabado del Maestro Yehudi Menuhin, “Interludio en el Edén”, llegaba a su fin. Comenzamos esta semana con el primer fragmento del capítulo 8 del libro, titulado “Guerra y paz”.

Yehudi Menuhin relata un momento significativo de su vida en el que se encuentra en Londres en 1938, durante una gira europea. Después de un encuentro fortuito con los hermanos australianos Nola y Lindsay Nicholas, su vida da un giro importante. Yehudi Menuhin describe cómo, al sentirse atraído por Nola, decide proponerle matrimonio de forma repentina, a pesar de apenas conocerse. Este acto de juventud impulsiva refleja su deseo de independencia y la transición hacia la madurez, alejándose de la tutela y protección familiar.

A través de su relato, también menciona cómo este compromiso desencadena una serie de compromisos dentro de su círculo familiar: su hermana Hephzibah se compromete con Lindsay, y su otra hermana Yaltah con William Stix. La aprobación de los padres, especialmente la de su madre, que siempre había apoyado el matrimonio como parte del proceso de madurez, otorga una bendición a este nuevo capítulo en sus vidas. La narración también subraya la importancia del entorno familiar y la forma en que Nola se integra a esta dinámica, siendo recibida como una nueva hija por su madre. Este capítulo refleja no solamente la evolución personal de Yehudi Menuhin, sino también la fortaleza y el amor de la familia.

 

Os dejamos aquí este primer fragmento del nuevo capítulo:

 

GUERRA Y PAZ

 

Había más que un aire californiano en Nola y Lindsay Nicholas: sólo una tierra nueva y joven bañada por el sol podría haber dotado a aquellos apuestos hermanos de la despreocupada exuberancia y del vigor físico de quienes viven con frecuencia al aire libre. De hecho, eran australianos, y en virtud de ello sentían una inclinación muy poco californiana por la cultura y las tradiciones de la Madre Inglaterra. Fuimos presentados entre bastidores en el Royal Albert Hall de Londres por el director de la Orquesta Sinfónica de Melbourne, Sir Bernard Heinze, al final de un concierto una tarde de marzo de 1938, encontrándose ellos en la moderna versión australiana del gran viaje por Europa y yo de vuelta a mi tranquila rutina tras mi año sabático.

A primera vista podía parecer que poco había de nuevo en mi vida exceptuando que mi residencia habitual, si es que contaba con alguna, era Los Gatos. Se había restablecido ya la tónica de gira europea invernal y descanso veraniego, y esta visita a Europa -durante la cual celebraría yo mi vigésimo segundo cumpleaños – era más que en ninguna otra ocasión un asunto de familia en el que estaban involucradas mi madre y mis hermanas, además de mi padre. Haciendo caso omiso de las apariencias, me imaginé que había traspasado la frontera invisible que separa a los chicos de los hombres; ya no tenía un profesor con el que pasar los veranos, había superado la fase de tutela continua, estaba preparado para enamorarme. Y eso hice.

Podríamos haber conocido a Nola y Lindsay tres años antes en Melbourne, ya que habían asistido allí a mis conciertos y Lindsay era un aficionado a la música bien informado que leía partituras por placer y que había acumulado una notable colección de discos; pero por azar nuestro encuentro se retrasó hasta aquella hermosa primavera londinense cuando yo tenía ya edad para considerarlo como una oferta del destino para dejarme llevar en brazos de la independencia y mi estado de ánimo no me daba ni fuerzas para resistirme ni deseo de hacerlo. Nola, que contaba entonces con diecinueve años, era una atractiva chica de cabello castaño rojizo increíblemente activa que nadaba, jugaba al tenis y conducía su Jaguar blanco con seguridad y estilo. Lindsay, tan atlético como su hermana, era un alto, guapo, franco y agradable joven, y si algo hiciera falta para aumentar sus poderes de atracción individuales, lo proporcionaba su cariño hacia el otro. Hephzibah y yo vimos, admiramos y sucumbimos. Los cuatro salíamos juntos con frecuencia hasta que mis compromisos como concertista me llevaron a Holanda.

En nuestra primera noche allí me encerré en mi habitación para pedir una conferencia con Londres, amortiguando mi voz lo mejor que pude bajo la almohada, y tan pronto como Nola respondió, le hice una proposición de matrimonio. Ella, interrumpida en medio de una cena tardía con su hermano, se mostró comprensiblemente sobresaltada; apenas nos conocemos, protestó. De acuerdo, pero ¿acaso “conocía” yo a Persinger y a Enesco antes de elegirlos? ¿o aprendí el violín antes de ponerme a tocarlo? Su prudente objeción estaba completamente fuera de lugar. Mi propuesta era absolutamente seria, la deseaba con la urgencia de la juventud y no concebía otra satisfacción de mis deseos que no fueran los votos eternos. La fuerza de mi convicción la convenció a su vez. En el instante en que volvimos a Londres ya me había hecho perfectamente a la idea: había obtenido el consentimiento de Nola e igualmente el apoyo de mis padres; faltaba solamente aguardar la llegada de George Nicholas, el padre de Nola y Lindsay, el cual, aunque desconcertado por este repentino giro de los acontecimientos, se vio pronto empujado a añadir su aprobación a la armonía general. Hephzibah anunció inmediatamente a continuación su compromiso con Lindsay y Yaltah a su vez el suyo con William Stix, un joven de Saint Louis a quien habíamos conocido varias giras anuales antes. Nuestros padres nos dieron una bendición masiva.

No me habría imaginado otra cosa. Habiendo animado continuamente a los jóvenes a casarse, mi madre no podía mostrarse desfavorable ante una empresa que, al igual que yo mismo, veía como la meta lógica al hacerse adulto, el final feliz de la historia. La idea de enviar a Hephzibah a la Australia profunda y a Yaltah a San Luis debió de entristecerla, pero siendo como era ella, no mostró emoción alguna ni sugirió que pudiera tener algún derecho sobre nuestras vidas. Por el contrario, recibió a Nola como a una nueva hija. Joven, encantadora, llena de buenas intenciones y de deseo de agradar, era una novia con muchas cualidades que hablaban en su favor, siendo una de ellas la tragedia de haber perdido a su madre de niña. Por su parte, imagino que encontró en nuestra estrecha unidad familiar un acogedor calor. Cuando mis compromisos finalizaron al comienzo de mayo, todos nosotros, incluidos Nola y Lindsay, pasamos dos semanas con los Hambourg en Sorrento y luego volvimos a Londres y a los preparativos de la boda. Habían transcurrido dos meses escasos desde nuestro primer encuentro.