
Una nueva semana y un nuevo capítulo del libro del Maestro Yehudi Menuhin: “Viaje Inacabado”. Hoy hablaremos de un nuevo fragmento del capítulo 7 titulado «Interludio en el Edén». En este capítulo veremos que el Maestro Yehudi Menuhin relata un periodo de descanso y libertad en California. Su madre, con gran determinación, encuentra una casa en Los Gatos, un lugar idílico con vistas al Valle de Santa Clara. La familia se instala en un entorno tranquilo, con un hogar espacioso y la hospitalidad del Padre Dunn, quien les permite usar las instalaciones del noviciado cercano. Este año sabático se convierte en una etapa de descubrimiento personal. Menuhin adquiere su primer coche, un Cadillac V-12 descapotable, que le permite recorrer sin rumbo fijo las carreteras solitarias de California, desde Monterrey hasta el monte Hamilton. Disfruta de la conducción como un símbolo de independencia y aventura.
También es un tiempo de amistad y encuentros. Entre los visitantes destaca Daniel Fleg, un joven francés de carácter melancólico que disfruta de la hospitalidad de la familia. Su estancia coincide con el estallido de la Guerra Civil española, lo que despierta su deseo de participar en el conflicto. Años después, al no ser aceptado como piloto en la Segunda Guerra Mundial, la desesperación lo lleva al suicidio. Así, el capítulo oscila entre la despreocupación del momento y la sombra de los conflictos futuros.
Os dejamos el fragmento, en el que refleja este nuevo periodo en de su vida:
INTERLUDIO EN EL EDÉN
Mammina fue capaz de salvar aquella situación. Sin perder un instante de tiempo o emoción, nos alojó en un hotel en Los Gatos y recorrió toda la campiña en busca de propiedades en venta. Le llevó como mucho tres o cuatro días encontrar una que se ajustase a su gusto, en una colina sobre la ciudad, una encantadora vivienda familiar que se expandía en todas las direcciones, con parterres y césped circundando un roble antiguo y una casa de huéspedes, en cuyo salón principal podíamos interpretar nuestras obras al disponer de un escenario, construido por su anterior dueño. Desde nuestra terraza se divisaba el Valle de Santa Clara y a bastante distancia la Bahía de San Francisco. Detrás de nosotros y en dirección hasta la misma cima de la montaña estaban los huertos que cuidaban los padres y hermanos del Noviciado del Sagrado Corazón. El Padre Dunn se había presentado antes casi de convertirnos en vecinos y nos invitó a utilizar las pistas y canchas de tenis del noviciado siempre que quisiésemos. Era increíblemente oportuno que el resultado de nuestro esfuerzo fuese poner un pie en el paraíso, cumpliéndose así el sueño caucásico de Mammina de hacer de nosotros novicios para toda la vida.
Después de tan desfavorable comienzo, aquel año sabático se repuso y llegó a ser tan feliz y despreocupado como habíamos previsto. En mi caso, tuve mi primer coche y le saqué el máximo provecho. No creo que exista otro ser humano que haya disfrutado tanto un coche como yo aquel. Lo compré en Nueva York, de camino a California, un Cadillac V-12 descapotable y pedí que se enviase al muelle de Oakland. En cuanto que lo recogí, se le pincharon tres ruedas como consecuencia de haber estado tanto tiempo parado en el almacén, pero este contratiempo se convirtió en una buena oportunidad ya que pude ponerle unos espléndidos neumáticos blancos (tenía cierto estilo en lo referente a coches). Elegantemente equipado, lo conduje triunfante a Los Gatos. Mi coche amplió bastante mis posibilidades. Eran días para conducir placenteramente, en carreteras poco transitadas, podías perderte durante horas y no te cruzabas con ningún alma. Hacía excursiones al mar en Monterrey, al observatorio del monte Hamilton al otro lado del valle o simplemente a las cercanas colinas y siempre elegía las carreteras menos transitadas y más románticas. Pocos conductores han conducido marcha atrás más caminos de sentido único o luchado por atravesar senderos infranqueables de los que yo conduje con mi Cadillac. Recuerdo una aventura memorable. Había invitado a mi madre a la ópera de San Francisco. El viaje fue a lo grande: las mejores entradas, habitaciones de hotel para la noche, trajes de noche. Tuvimos un aventurero viaje de retorno a través de una niebla tan sólida que apenas se podía ver la línea de la carretera.
Aba quizás llamase a este interludio “el año de la madre”, pero realmente fue el año de mis hermanas y más en concreto mi año, ya que todo aquello que mis padres planificaron, fue con vistas a nosotros. Fue el tiempo para nuestras aventuras amorosas, nuestro momento de libertad, de despreocupación, de ausencia de obligaciones, de excursiones veraniegas con los jóvenes amigos que nos visitaban. Uno de ellos fue Daniel Fleg. Vino gracias a una invitación de mi madre pero respondiendo al deseo de todos nosotros. No nos gustaba renunciar a nada y desde California añorábamos un trocito de la Francia que habíamos amado. Daniel era un chico inteligente y melancólico, con cara de erudito, alguien lleno de deseos, un soñador cuyas ambiciones iban más allá de su capacidad física. Vino para que lo cuidásemos y engordásemos y de hecho regresó a Francia con bastantes kilos más de los que tenía cuando salió de allí, gracias a los cuidados de Mammina. Durante su estancia con nosotros estalló la Guerra Civil en España y nos costó toda nuestra capacidad persuasiva evitar que se alistase a la causa republicana. Ni los caballos más salvajes habrían evitado sujetarle cuando su país entró en guerra en 1939. No le aceptaron como piloto por motivos de salud y desesperado por lo que consideraba su inutilidad, se suicidó. Su hermano Maurice había muerto durante los primeros días de la guerra.