El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XV)

 

Esta semana nos adentramos en un nuevo capítulo del “Viaje Inacabado” del Maestro Yehudi Menuhin. California, un lugar que marcó en gran medida su infancia y toda su vida, cautivó a Yehudi Menuhin. La visión que tenía del mundo fue moldeada por el entorno rural que le rodeaba desde joven. Desde que era un niño se mostró preocupado por el impacto del ser humano sobre la naturaleza, porque observaba cómo se desmoronaba la belleza de los paisajes con el avance de la civilización.

En este fragmento concretamente del “Viaje inacabado”, Yehudi Menuhin reflexiona sobre el proceso interpretativo de la música, se divide en tres etapas: exageración, reducción y asimilación de las desviaciones justificables del patrón estructural. Yehudi Menuhin aborda cómo la variación en la interpretación debe respetar la forma inherente de la pieza, y cómo, al hacerlo, puede crear una dinámica que refleja el ascenso de fuerzas opuestas. A través de estas reflexiones, también explora su propio crecimiento personal y su búsqueda de un significado más profundo en la música y en su vida.

Hoy os invitamos a descubrir todo pequeño detalle en el siguiente extracto:

 

INTERLUDIO EN EL EDÉN

 

Llegué a la conclusión de que había tres etapas en una interpretación: la exageración, la reducción y la asimilación de todas las desviaciones justificables del patrón estructural. Idealmente se debería tocar un pasaje de modo que suene uniforme, conserve una parte importante de la distorsión original para que se reconozca su elemento vital, acomodando lo que podría denominarse la part de Dieu, el matiz o giro que dictamina inconscientemente cada actuación. Es válida cualquier variación interpretativa que no desprecie su forma inherente, que no se justifique por sí misma al margen de la relación de las notas.

Por tanto, sabiendo que en el primer compás de Solo, las notas Do sostenido y Mi no cuentan con tanta importancia como las notas La y Sol, intentaría evitar las primeras para que puedan predominar las notas intermedias. Si se sostiene La, se aceleran las notas Do sostenido y Mi, se hace hincapié en Sol (en otras palabras, se tocan con menos fuerza las dos notas intermedias, generando así un crescendo en Sol) y se confrontan continuamente estas distorsiones con el pulso básico esencial, entonces podría reproducir una imagen dinámica: un ascenso no tan solemne como para perder el sentido de la expectación y no tan precipitado como para perder la dignidad impuesta por ese primer compás de timbales, la propia uniformidad de un ascenso que vive para ser la resolución de fuerzas opuestas.

¿Obvio? Al exponer lo obvio me siento menos contingente. Estaba vislumbrando una forma a partir de sus más ínfimos elementos constituyentes y me vi reflejado en un espejo, di un primer paso consciente a la edad adulta, al análisis y la síntesis, a la consciencia y la claridad de ideas. Hace unos años, muchos fotógrafos del Lower East Side de Nueva York, cuya clientela era la comunidad inmigrante judía, tenían a mano un par de gafas con cristales de escaparate para los retratos de confirmación de niños sin miopía. Mientras que los gentile (no judíos) construyen su ecuación a base de fuerza física, constitución atlética, destreza gladiatoria y virilidad, asociando lo intelectual con lo decadente, los judíos asocian conocimiento a madurez. Los jóvenes iniciados debían por tanto vestir sus caras de inteligencia. Mis instintivos tours de force, el reconocimiento que me era concedido o la fantasía de una ascendencia matrilineal a partir de una figura marcial no se confirmaban tajantemente como un pequeño triunfo de la razón, como una muy significativa percepción desasistida. Todavía tenía que descubrir su coeficiente humano, la forma de mi propia historia individual, el significado implícito en los acontecimientos, aquellos motivos del corazón que hacían que mis relaciones con algunas pocas personas estuviesen tan necesariamente predestinadas como las relaciones entre las notas. Había encontrado un significado interno en la música y me sentía importante. Me había adentrado conscientemente en lo que hasta ese momento me parecía opaco y dado, y ya no me veía a mí mismo como un capricho de la naturaleza. Había comprendido algo y eso me ayudó durante los años difíciles que me esperaban (cuando la vida perdió su milagrosa coherencia y cuando mi propio violín se convirtió en algo enigmático) a tener la seguridad de que sabría resolver mis propios enigmas.