
Hoy cerramos un capítulo, el capítulo 7 del Maestro Yehudi Menuhin: «Interludio en el Edén».
En este último fragmento del capítulo 7 del Viaje Inacabado, Yehudi Menuhin comparte una reflexión sobre su vida tras la partida de Rosalie. En su carta a su tía Willa, se desahoga acerca de la pena que siente, recibiendo de ella, en respuesta, una mezcla de compasión y humor. La tía le ofrece un consejo sobre el amor y el matrimonio, destacando la importancia de la honestidad y el apoyo mutuo en una relación, además de señalar que él probablemente se casaría con una mujer de carácter disciplinado, con una personalidad similar a la de su madre. Este consejo, como Yehudi reconoce más tarde, se volvería profético.
La narración también describe su tiempo explorando los alrededores del noviciado, disfrutando tanto de los días calurosos como de las frescas noches, cuando se deleitaba con los aromas y sonidos del campo. Las caminatas nocturnas, guiadas por la fragancia de la vegetación y el suave brillo de la luna, fueron una fuente de paz y reflexión para él. En este periodo de tranquilidad y alegría, Yehudi deja de tocar el violín por un tiempo, pero lo retoma con renovada pasión, participando en sesiones de música de cámara con amigos cercanos. La felicidad de esos días llega a su fin con un recital en San Francisco en octubre de 1937.
Disfrutad aquí del final del capítulo:
INTERLUDIO EN EL EDÉN
Cuando Rosalie se fue, escribí a mi confidente favorita, tía Willa, para hablarle de mi pérdida. Me contestó, con una sincera combinación, propia de mi tía, de compasión, apoyo moral y humor: “una pequeña pena del corazón es una buena compañera para un joven durante sus vacaciones”, para después aprovechar la oportunidad para darme algún consejo serio sobre cómo elegir una esposa, consejo que visto en retrospectiva resultó ser profético:
Creo que en una esposa necesitarás honestidad absoluta, más que cualquier otra cosa. Y entiendo por honestidad el conocimiento de que dos más dos son cuatro y nunca se podrá aspirar a soñar a que sean cinco. Y también el conocimiento de que el verdadero amor no es tanto el resultado de la admiración como del instinto por ayudar y facilitar la vida de la otra persona. Si el hombre tiene una carrera a sus espaldas, ella deberá caracterizarse por su buen juicio y aguante pero también por su encanto…. Dudo que te llegues a casar con una americana. Creo que necesitas una joven de naturaleza más disciplinada, poco probable entre nuestras jóvenes….
La fortuna siempre te ha acompañado, mi niño, y creo sospechar que esa chica destacará por ser: menuda, heroica, delicada, inconquistable (¿parece que estuviese describiendo a Marutha, verdad?) Bien, es muy probable que te acabes casando con alguien muy del estilo de tu madre.
Aprovechamos la generosa invitación del noviciado y exploramos cada rincón de la ladera, tanto de día, porque aunque hiciese mucho calor las vistas eran magníficas, como de noche, cuando la fresca brisa del aire era suave y estaba llena de los aromas de la vegetación. Aquellos paseos nocturnos fueron los más hermosos, a veces iluminados por la luna o por la poderosa luz de las estrellas en el campo. Incluso a ciegas podía encontrar el camino de vuelta sin vacilar, tan bien conocía las distintas fragancias de la maleza y senderos: a través de matas de laurel y madroño, el ambiente ligeramente húmedo por culpa de algún oculto manantial junto al que frecuentemente se solía levantar un santuario a la Virgen María; las zonas secas abiertas de viñedos donde se recogen las uvas olvidadas durante la vendimia, ligeramente marchitas y secas, pero más dulces que cualquier otra uva y jugosas si se saben elegir; la cima de la montaña coronada por cuatro o cinco susurrantes eucaliptos, el quebrado paisaje debajo de nosotros que se percibe sutilmente en el pálido brillo nocturno; y de nuevo a casa en un estado de exaltación y dispuestos a hacernos tortillas a horas intempestivas… No toqué el violín durante tres meses, eso sí, lo retomé con una pasión renovada y me uní a amigos como Nathan Firestone y John Paterson para sesiones de música de cámara.
Fue una época despreocupada, alegre, dorada, sin pensar en el mañana, que llegó a su fin con un recital en San Francisco en octubre de 1937.