
En este recorrido que estamos realizando durante el Año Internacional de las Personas Voluntarias queremos volver sobre una noticia publicada en 2019 que colocaba el voluntariado en el centro de la reflexión. Dentro de la serie 20 años, 20 testimonios, tres personas vinculadas de formas diferentes a la acción voluntaria de la FYME explicaban qué significa implicarse, qué aporta el voluntariado y por qué no puede entenderse únicamente como una manera de ocupar el tiempo libre.
La primera voz era la de María José Domínguez, entonces responsable de Voluntariado de la FYME. Su reflexión partía de las desigualdades existentes en la sociedad y situaba la acción voluntaria como una forma de contribuir a transformarla. Pero planteaba además una cuestión fundamental para entender el enfoque de la Fundación: el voluntariado no debía relacionarse con la caridad, sino con la justicia social y con la necesidad de reclamar políticas y recursos que permitan responder a las situaciones de desigualdad.
La noticia explicaba también cómo se articulaba ese compromiso dentro de la FYME. Las personas llegaban al voluntariado por diferentes vías: por conocer el trabajo de la Fundación, a través de otras personas vinculadas a ella, desde el ámbito universitario, después de realizar prácticas o tras participar en actividades de formación y sensibilización. A partir de ahí comenzaba un proceso de acogida y formación relacionado con la figura de Yehudi Menuhin, los objetivos de la Fundación, su ideario y su metodología.
Porque querer colaborar es el comienzo, pero el voluntariado implica también asumir un compromiso. La publicación de 2019 insistía en la importancia de conocer las motivaciones, capacidades e intereses de cada persona para encontrar una forma de colaboración adecuada. La relación debía construirse en las dos direcciones: entre quien decide dedicar parte de su tiempo y la entidad con la que comienza a trabajar.
Ese acompañamiento resulta fundamental para que la voluntad de ayudar pueda traducirse en una acción sostenida. Como señalaba entonces María José Domínguez, se trataba de evitar los estereotipos que reducen el voluntariado a la caridad, al voluntarismo o simplemente a llenar el tiempo disponible. La acción voluntaria aporta algo diferente: genera vínculos, valores y experiencias cuyo valor difícilmente puede medirse únicamente en términos económicos.
La segunda voz de aquella noticia era la de María Pilar Guajardo, presentada entonces como la voluntaria más veterana de la FYME. Su experiencia permitía trasladar estas ideas a acciones concretas. Había colaborado especialmente con Arte en Escena, ayudando en el diseño y confección de vestuario para la Cabalgata de Reyes Magos desarrollada junto a la Comunidad de Madrid y en los trajes de los Microproyectos Solidarios. En estos últimos, los chicos y chicas preparaban espectáculos de circo y malabares que posteriormente representaban en centros de educación especial y residencias de personas mayores.
Su testimonio mostraba otra dimensión del voluntariado: no existe una única manera de colaborar. Diseñar, coser, acompañar o poner unos conocimientos concretos al servicio de una propuesta común también forman parte de la acción voluntaria. Cada tarea contribuye a que un proyecto pueda realizarse y llegar a otras personas.
La tercera mirada correspondía a Saïd Ramos Ponce, presentado como el voluntario más joven de la FYME. Frente a la experiencia acumulada de María Pilar, su testimonio permitía observar cómo el voluntariado puede transmitirse también entre generaciones. Explicaba que había crecido rodeado de los valores del respeto, la empatía y la tolerancia y defendía la posibilidad de que el arte estuviera al alcance de todos y todas, especialmente de los niños y niñas que disponen de menos oportunidades para acceder a él.
Tres edades, recorridos y maneras distintas de acercarse al voluntariado, pero una misma idea de fondo: ser voluntario o voluntaria significa implicarse. Supone dedicar tiempo, asumir responsabilidades, compartir capacidades y comprender que cada aportación puede encontrar un lugar dentro de un trabajo colectivo.