
Seguimos recuperando algunas de las experiencias que han formado parte del trabajo de voluntariado de la FYME y, en esta ocasión, volvemos a 2022 para recordar una propuesta desarrollada dentro de VoluntariArte. El programa comenzó aquel mismo año en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid con una idea clara: ofrecer a ciudadanos y ciudadanas interesados e interesadas en el voluntariado herramientas que les permitieran intervenir activamente en la sociedad.
El arte ocupaba un lugar central en ese planteamiento. A través de la metodología MUS-E, VoluntariArte trabajaba la formación de las personas voluntarias y el desarrollo de recursos vinculados a la inteligencia emocional para que pudieran trasladarlos posteriormente a su trabajo con niños y niñas en centros educativos desde una perspectiva artística. La propuesta partía, por tanto, de la necesidad de capacitar a quienes querían implicarse en acciones de voluntariado y de acompañar esa voluntad de colaborar con herramientas que ayudaran a llevarla a la práctica.
Pero aquella sesión planteaba también una reflexión más personal. ¿Qué podemos aportar cada uno y cada una a la sociedad? La noticia publicada entonces recordaba que cada persona posee unas capacidades y una singularidad diferentes y que encontrar nuestro lugar puede ayudarnos también a comprender de qué manera podemos contribuir a construir algo junto a los demás. Desde esa mirada, el voluntariado aparecía como una posibilidad para poner capacidades, motivaciones e intereses al servicio de una acción compartida.
No todas las personas tienen que encontrar su lugar en el mismo tipo de voluntariado. La propuesta invitaba precisamente a reflexionar sobre los valores, las preferencias y las motivaciones de cada uno y cada una, poniendo el foco también en la importancia de afrontar la acción voluntaria desde una actitud constructiva, positiva y proactiva. Esa reflexión fue el punto de partida para pasar de las palabras a una creación artística colectiva.
La pregunta elegida para hacerlo fue sencilla: ¿somos capaces de crear juntos?
Para buscar una respuesta, las personas voluntarias elaboraron un puzle mediante cartones, sombras y siluetas. Cada pieza representaba a una persona y, de manera individual, ninguna permitía completar la imagen. Solo al reunirlas podía verse el resultado final. La actividad trasladaba así al lenguaje artístico una idea directamente relacionada con el voluntariado: cada aportación ocupa un lugar dentro de un proyecto compartido y la colaboración entre personas diferentes permite construir algo que no podría realizarse de la misma manera de forma individual.
Cada voluntario y cada voluntaria aportó su pieza hasta completar conjuntamente la composición. La creación permitió trabajar de manera visual conceptos como la colaboración y el trabajo en equipo, pero también plantear qué lugar ocupa cada persona dentro de una acción colectiva. El arte se convertía nuevamente en la herramienta utilizada para pasar de una idea —la necesidad de colaborar— a una experiencia que podía verse, construirse y compartirse.