25 años compartiendo: El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (I)

 

Con motivo del 25 aniversario de la FYME y en homenaje a su  fundador, el Maestro Yehudi Menuhin, iniciamos una serie de entradas dedicadas a la difusión de sus propias palabras.

Vamos a recoger algunos fragmentos de su libro “Viaje inacabado” , y compartirlos  sin duda algo que nos ayudara a reflexionar, sobre las múltiples realidad actuales, y alimentarnos del pensamiento de un gran hombre, un seductor en favor de la defensa de los derechos humanos y los valores, desde el lenguaje de las artes.

«Viaje inacabado» es donde comparte sus reflexiones y vivencias personales y profesionales. En el libro, Menuhin narra su recorrido desde niño prodigio hasta convertirse en un defensor de la música como medio para la paz y el entendimiento entre culturas. Su filosofía se centra en el poder transformador del arte y la búsqueda constante de armonía, no solo en la música, sino también en la vida. En esta obra el Maestro irradia un profundo humanismo y compromiso con causas sociales y culturales a lo largo de la obra.

Hoy compartimos un pasaje del comienzo del libro en el que recuerda su infancia. Porque los adultos que somos, le debemos todo a los niños que fuimos y que nos han configurado:

 

  1. DÍAS DE ORO

 

Si echo la mirada atrás a los ochenta años que he vivido, me asombro sobre todo de la franqueza del patrón. Todo lo que soy, o hago, casi todo lo que me ha sucedido, parece remitirse a mis orígenes con la simple transparencia de una prueba geométrica. Es una sensación curiosa, incluso ligeramente desconcertante, la de estar cumpliendo lo que parece ser un destino. Me quejo de que la iniciativa no sea una ilusión, de que incluso uno pueda tener influencia sobre algunos acontecimientos, pero estas quejas son, seguramente, inaceptables. El compositor siente trabajosamente su camino a través de las notas de su sinfonía, hasta el último y triunfante compás, sólo para terminar descubriendo que la elección y secuencia de las mismas no era otra que ir inevitablemente una detrás de la otra. La inevitabilidad no le priva del logro, ya que una visión retrospectiva descartaría cualquier otra nota. Sin embargo es el compositor, y sólo él, quién puede engendrarlas. Y lo mismo ha sucedido con mi vida. Una vez que he hecho el camino, la carretera me parece despejada, pero la presciencia no dejaba adivinarla, de modo que me siento al menos responsable de los giros que ha dado.

No puedo, obviamente, ser el único responsable del transcurso mi vida. Por un lado, un “leitmotiv” de la historia de mi vida ha sido la feliz casualidad, que me pide que la obediencia sea mi más enérgica fuerza de voluntad (a pesar de que la obediencia generalmente me ha supuesto un considerable gasto de energía). Por otro lado, me veo a mí mismo como el vástago del pasado. La mayor parte de mi designio vital ya había sido diseñado antes de mi nacimiento, y a veces siento que he llevado a su consumación no sólo mis propios anhelos sino también aquellos de mis padres, incluso a costa de ellos.

Pensando en el bien de sus hijos, el destino no podría haber juntado a dos seres humanos más diferentes que mi padre y mi madre. Se puede explicar rápidamente qué tenían en común: los dos habían nacido en Rusia, eran judíos, habían emigrado a Palestina de jóvenes y viajado desde allí a los Estados Unidos. Físicamente, los dos eran menudos, rubios y atractivos. Además, ambos eran, y mi madre todavía lo es a día de hoy, metódicos, románticos, apasionados, personas de principios, sacrificados y enérgicos.

Sin embargo, en cada uno de los elementos de esta letanía mis padres encontraron un lugar para la antítesis. El método de mi padre le hizo ser un matemático, una persona que mantenía sus archivos metódicamente ordenados, que respondía las cartas con celeridad, que liquidaba sus cuentas. El método materno se basaba en el largo plazo, se fijaba un objetivo y progresaba inexorablemente hacia él, demoliendo los obstáculos a medida que iban apareciendo y dejando atrás los detalles más monótonos. Era y aún es una romántica en su abandono a la acción, tal como él lo era a los sueños. La emoción de mi padre era espontánea y exuberante, un peligro constante para la pulcritud de sus archivos y categorías. La de mi madre está bajo un control severo, mostrándose sólo cuando ella lo decide, pero suficientemente intensa como para inmolarse en una caldera ardiente si lo requiriese un amigo o un principio. Allí donde mi padre era cauto, mi madre es temeraria. Allí donde él precisaba avivar su entusiasmo con un impulso externo, ya fuese de aprobación o condena, de héroe o villano, ella saca las fuerzas de sí misma o de sus orígenes, lo que viene a ser lo mismo para mi madre. Los principios de mi padre estaban abundantemente envueltos en humanidad y también en preocupación por el futuro. Los de ella ignoran la multitud anónima y colman de amor a la persona individual además de honrar el pasado. Ella se identifica de buena gana con nómadas cautivos o con cualquiera cuyo destino solitario le conduzca al martirio o a la grandeza más allá de las confortables normas de la sociedad. Si podemos decir que mi padre idolatraba en su juventud a Eugene Debs, dudo que mi madre fuese tan pródiga en su admiración por alguien que no fuese un Tamerlane o Savonarola, una Judith o una Catalina de Rusia. Superficialmente, él no podía haber sido más gregario, y ella menos; ambos se encontraron en los extremos a los que les habían transportado sus naturalezas.

Las circunstancias de sus tempranas vidas ayudan a explicar las diferencias entre ambos, o al menos a ponerlas de relieve.