
La semana pasada dejamos los pasajes del libro de Yehudi Menuhin, “Viaje Inacabado”, en el momento en que recibía de su abuela el dinero para su primer violín. Hoy, retomamos ese capítulo del libro para enfocarnos en las primeras veces que se acercó al instrumento que marcaría su vida. Porque, como todo en la vida y Yehudi nos enseña también, los comienzos son complejos y requieren de mucha, mucha práctica y tesón:
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UN CHEVROLET Y UN VIOLÍN PEQUEÑO
Volvamos, sin embargo, al desembolso de la otra mitad del regalo de la abuela Sher: la respuesta natural de mi madre ante cualquier situación era el compromiso, y como era de esperar una vez bienvenido el violín a casa, mi aprendizaje se convirtió en un asunto serio y se me dieron todas las oportunidades para que hiciese todo lo posible, entre las que el jugueteo no estaba visto con buenos ojos. En cualquier caso, tuvieron que repetirse un par de salidas falsas antes de lanzarme en serio. Con mi recién adquirido instrumento debajo del brazo, primero fuimos a ver a un profesor del vecindario cuya reputación dependía de un cartel “clases de violín” que colgaba de la entrada de su destartalada casa. Imma y yo subimos aquellas oscuras escaleras únicamente para volver a bajarlas inmediatamente después, ante tanto polvo y decadencia, tras sufrir el aliento a vino del anciano y los efluvios a tabaco. No se si recibí una o dos elecciones antes de batirnos en retirada ya que no ha quedado huella alguna en mi memoria. Nuestro segundo intento fue con Louis Persinger, no tanto en reconocimiento a mi decisión original sino, habiendo visto lo peor, a la necesidad de Imma de buscar lo mejor. Cantor Rinder se había hecho eco de mis plegarias, pero Persinger, que había oído aquella canción cantada en todas sus variaciones por emocionados amigos y parejas, ya se había inmunizado a la misma. Los principiantes de cuatro años no le ofrecían ninguna satisfacción a su ya satisfecha y ocupada vida. Entre la mejor y peor opción, la solución fue el estudio del Svengali local, Sigmund Anker, quien, con las técnicas de un sargento taladrante, transformaba chicos y chicas en virtuosos, por tandas.
El negocio de Anker consistía en lograr que los jóvenes realizasen actuaciones brillantes de Sarasate y Tchaikovsky y, por lo que recuerda mi eclipsada memoria de aquellos lejanos días, carecía de cualquier capacidad y ambición para algo más útil. No sabía nada sobre estilo, los clásicos o música de cámara; y lo que es más importante, no sabía nada del proceso de interpretación del violín, y si lo sabía, carecía de la capacidad para traspasarnos su conocimiento. Y no era el único en aquel mundo de oscuridad, ya que la enseñanza del violín ya era entonces una cuestión de suerte, y en gran medida todavía sigue siéndolo. El método de Anker consistía en establecer un objetivo – una entonación correcta, un tono adecuado o cualquier otro objetivo – y amedrentar a sus alumnos a su consecución sin que existiese una explicación a esa orden. El resultado era que uno aprendía o no aprendía por sí mismo, del mismo modo que previamente se ha aprendido a andar o a hablar de forma autodidacta. La interpretación del violín es, sin embargo, un aprendizaje más complejo que el de estas habilidades humanas innatas. Cualquier luz, más allá de la suministrada por los propios nervios y músculos, era muy gratamente recibida.
Al principio el simple hecho de coger el violín ya era un problema: la correcta longitud del brazo, bien apretado, para que no se cayese (o retrocediese). ¿Dónde se podía encontrar un segundo par de brazos para tocarlo? Me invitaba a volar y mi respuesta era aferrarme a esta amada vida. Mientras que la mano izquierda, en posición ”golden mean”, debía dibujar espirales en torno al cuello del instrumento (del mismo modo que la mano derecha las dibuja en torno al arco), la mía quedaba maniatada entre el pulgar y la base de mi primer dedo. Mientras que los dedos debían arquearse suavemente sobre el diapasón del violín, todos ellos muscularmente independientes, los míos – sin duda los más pequeños y caídos hacia atrás – se aferraban los unos a los otros como si fuesen tres poneys de desfile, moviéndose en masse de un nivel posicional al otro, a lo largo de la escalera cromática, como si encontrasen su seguridad en los números. Mientras que el violín debía descansar en la clavícula, asegurado allí por el peso natural aunque delicado de la cabeza, yo tenía que sujetarlo con grapas. Mientras que la mano derecha (y por extensión la muñeca, el codo, el brazo y el omóplato) y el arco funcionan más bien como las ruedas y el eje de un giroscopio, el eje rotando de modo que la rueda pueda seguir su verdadero camino, yo aserraba en línea recta y, en cada recorrido descendente, viraba o “torcía la esquina” (y para empeorarlo todavía más, el arco era demasiado largo para mí). En los momentos cruciales en que el sonido debía vibrar libremente, sonaba desesperadamente encallado. Todas estas atrocidades eran tantos síntomas de mi ignorancia sobre la naturaleza del violín, una ignorancia que obviamente no podrían corregir las explicaciones de una tercera persona sino únicamente la propia exploración. Debía aprender sus rotaciones, sus oscilaciones pendulares, las ondulaciones que requería un instrumento que por sí mismo formaba una curva continua, y pude aprenderlo con más facilidad de la prevista quizás porque ya vivía en mi propio espacio absoluto, porque carecía de la perspectiva lineal que relaciona a unas personas con otras, porque sentía en círculos.
El progreso que había logrado pasados seis meses era mínimo. El Sr. Anker presagiaba lo peor habiendo esperado lo mejor, Imma daba cuenta de sus devaluadas esperanzas, Aba permanecía en silencio y yo me sentía como un caso terminal en manos de futuros portadores de féretros. De repente, sin un motivo que pueda explicarse, el violín comenzó a hacerse menos extraño, mi agarre se relajó, mi cuerpo descubrió la libertad de perderse en sí mismo y pude disfrutar de lo que hacía. Por fin me había iniciado. Desde la distancia que me separa, mis recuerdos más nítidos están en mi conquista del vibrato. Anker enseñaba el vibrato al grito de “¡vibrad!, ¡vibrad!”, sin darnos la más mínima pista de cómo hacerlo. De hecho le habría obedecido si hubiese podido hacerlo. Deseaba conseguir el vibrato ya que me preguntaba para qué le podía servir un violín a un chico de origen ruso-judío si no era capaz de traer a este vibrante mundo una nota. Del mismo modo que había sucedido mientras me esforzaba por enrollar la ”r”, el problema no estribaba tanto en imaginar el sonido como en reproducirlo; el vibrato sacó a la luz una habilidad mía aún más escurridiza. Ya no estaba bajo la tutela de Anker y tenía quizás seis o siete años cuando, quién me lo iba a decir, mis músculos resolvieron el dilema en un día resplandeciente. La mayoría de los violinistas han aprendido este arte gracias a estas pinceladas de iluminación, en las que la solución a los problemas se muestra tan misteriosa como los mismos problemas, lo que le deja a uno tan ciego como estaba antes (todavía tardaría muchos años en encontrar el vibrato perfecto; cuando ya actuaba de manera regular en público, siendo todavía un niño, mi vibrato nunca fue muy rápido, y siguió sin serlo hasta el día en que, ya como adulto, emprendí la misión de desarmar los mecanismos de la operación para volver a juntarlos, lo que realmente me satisfizo).
Una vez al año en el hotel Fairmont, los virtuosos en ciernes de Anker daban un concierto, a medio camino entre una exhibición y una competición, para sus amigos y familias. Mi turno llegó en noviembre de 1921. Toqué una pequeña pieza llamada “Remembrance” y quedé en segunda posición para mi leve pesar. No tengo la mejor de las memorias para los nombres, pero recuerdo el de mi exitoso rival de aquel día, una niña de 12 años llamada Sarah Kreindler, cuya interpretación de “Aires Gitanos” de Sarasate mereció justamente la primera posición. Mi primer adalid, Reuben Rinder, se encontraba entre el público y me regaló un libro, un premio quizás por haberlo hecho bien, aunque probablemente fuese un premio de consolación por no haberlo hecho mejor. Mi primera actuación en público fue un hito por más de un motivo: supuso el final de la era de Sigmund Anker. Ya fuera porque había llegado a la conclusión de que no tenía nada más que enseñarme, o muy probablemente por no haber sido capaz de interpretar mejor que Sarah Kreindler, Imma volvió a contactar con Louis Persinger. No tengo ni idea de las medidas de persuasión adicionales que utilizó, pero esta vez sí aceptó tutelarme.
Volvamos, sin embargo, al desembolso de la otra mitad del regalo de la abuela Sher: la respuesta natural de mi madre ante cualquier situación era el compromiso, y como era de esperar una vez bienvenido el violín a casa, mi aprendizaje se convirtió en un asunto serio y se me dieron todas las oportunidades para que hiciese todo lo posible, entre las que el jugueteo no estaba visto con buenos ojos. En cualquier caso, tuvieron que repetirse un par de salidas falsas antes de lanzarme en serio. Con mi recién adquirido instrumento debajo del brazo, primero fuimos a ver a un profesor del vecindario cuya reputación dependía de un cartel “clases de violín” que colgaba de la entrada de su destartalada casa. Imma y yo subimos aquellas oscuras escaleras únicamente para volver a bajarlas inmediatamente después, ante tanto polvo y decadencia, tras sufrir el aliento a vino del anciano y los efluvios a tabaco. No se si recibí una o dos elecciones antes de batirnos en retirada ya que no ha quedado huella alguna en mi memoria. Nuestro segundo intento fue con Louis Persinger, no tanto en reconocimiento a mi decisión original sino, habiendo visto lo peor, a la necesidad de Imma de buscar lo mejor. Cantor Rinder se había hecho eco de mis plegarias, pero Persinger, que había oído aquella canción cantada en todas sus variaciones por emocionados amigos y parejas, ya se había inmunizado a la misma. Los principiantes de cuatro años no le ofrecían ninguna satisfacción a su ya satisfecha y ocupada vida. Entre la mejor y peor opción, la solución fue el estudio del Svengali local, Sigmund Anker, quien, con las técnicas de un sargento taladrante, transformaba chicos y chicas en virtuosos, por tandas.
El progreso que había logrado pasados seis meses era mínimo. El Sr. Anker presagiaba lo peor habiendo esperado lo mejor, Imma daba cuenta de sus devaluadas esperanzas, Aba permanecía en silencio y yo me sentía como un caso terminal en manos de futuros portadores de féretros. De repente, sin un motivo que pueda explicarse, el violín comenzó a hacerse menos extraño, mi agarre se relajó, mi cuerpo descubrió la libertad de perderse en sí mismo y pude disfrutar de lo que hacía. Por fin me había iniciado. Desde la distancia que me separa, mis recuerdos más nítidos están en mi conquista del vibrato. Anker enseñaba el vibrato al grito de “¡vibrad!, ¡vibrad!”, sin darnos la más mínima pista de cómo hacerlo. De hecho le habría obedecido si hubiese podido hacerlo. Deseaba conseguir el vibrato ya que me preguntaba para qué le podía servir un violín a un chico de origen ruso-judío si no era capaz de traer a este vibrante mundo una nota. Del mismo modo que había sucedido mientras me esforzaba por enrollar la ”r”, el problema no estribaba tanto en imaginar el sonido como en reproducirlo; el vibrato sacó a la luz una habilidad mía aún más escurridiza. Ya no estaba bajo la tutela de Anker y tenía quizás seis o siete años cuando, quién me lo iba a decir, mis músculos resolvieron el dilema en un día resplandeciente. La mayoría de los violinistas han aprendido este arte gracias a estas pinceladas de iluminación, en las que la solución a los problemas se muestra tan misteriosa como los mismos problemas, lo que le deja a uno tan ciego como estaba antes (todavía tardaría muchos años en encontrar el vibrato perfecto; cuando ya actuaba de manera regular en público, siendo todavía un niño, mi vibrato nunca fue muy rápido, y siguió sin serlo hasta el día en que, ya como adulto, emprendí la misión de desarmar los mecanismos de la operación para volver a juntarlos, lo que realmente me satisfizo).