25 años compartiendo: El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XI)

 

Una semana más, continuamos con un pasaje del libro de Yehudi  Menuhin, “Viaje Inacabado”, donde seguimos conociendo a la persona que, incansable creyente de la bondad humana, creó esta Fundación para trabajar desde el arte por la convivencia entre los seres humanos.  Una bondad que nos retrata en este pasaje donde nos presenta a uno de sus primeros grandes mecenas y su estancia en el Berlín y la Alemania de entreguerras, cuando aún no se podía prever las atrocidades que acaecerían unos años después en la Europa que tanto amaba:

 

LA CASA POR EL TEJADO

 

Aba y yo estuvimos en Nueva York con el Dr. y la Sra. Garbat y sus hijos y sólo nos trasladamos al Hotel Colonial cuando se nos unieron mi madre y mis hermanas en Año Nuevo, de camino a Europa. Este cambio no sólo se debió a la cantidad (cinco personas eran un tanto agobiantes en una casa privada) sino también al amor de Imma por la libertad y la independencia familiar. Sin embargo, y antes de que se reuniese toda la familia, las semanas que pasamos con los Garbat fueron testigo de uno de los acontecimientos más generosos que he vivido.

En aquella época poseía dos violines excelentes y utilizaba un tercer violín extraordinario. El tío Sydney, además de darme su propio Guadagnini, permitió que mis padres comprasen en París un encantador Grancino que habíamos visto en Tournier, el fabricante de violines de Rue de Rome, en 1927, con el que había hecho mi debut en Nueva York. Durante la gira no estaba usando ninguno de estos dos, sino un Guarnerius prestado por Lyon & Healy de Chicago. Ahora que ya era un profesional, era deseable que poseyese un instrumento de ese calibre. Entre los pacientes del Dr. Garbat se encontraba el Sr. Henry Goldman, un hombre muy rico que amaba la música y era conocido por su generosidad. Asistió a un concierto en el Carnegie Hall en Enero de 1929 en el que toqué el Concerto de Tchaikovsky, aunque mucho antes de ese día ya conocía de mi existencia a través del Dr. Garbat e incluso me había oído tocar, creo. El Dr. Garbat le hizo saber entonces que estaba tocando con un violín prestado y poco tiempo después nos entregó una invitación para conocer al Sr. Goldman y su esposa, Babette.

Los Goldman vivían en un piso de la Quinta Avenida, con vistas a Central Park y al Museo Metroplitano, el más lujoso de todos los pisos que hasta entonces había visto, con sus paredes recubiertas por Grandes Maestros. Aunque por entonces ya era ciego, el Sr. Goldman te podía mostrar su colección e indicar los detalles más insignificantes y maravillosos de cada cuadro, así de bien los conocía. Fue toda una enseñanza, y también una experiencia de inolvidable intensidad, la de aquel hombre mostrándonos tales riquezas, cuyo esplendor sólo podía ver con los ojos de su mente. Había demasiado a retener en una única visita pero recuerdo que me impresionó un tintero de bronce de Cellini, un retrato de un caballero de apariencia muy holandesa, al lado de la chimenea, de Van Dyck, y una colección de miniaturas de Holbein. Naturalmente, ni Aba ni yo hablamos de violines, aunque se sobreentendiese el motivo de nuestra visita, y después de una media hora, fue cuando el Sr. Goldman (o tío Henry, como llegué a llamarle) dijo: “es hora de que elijas el violín que quieras, independientemente del precio, elige uno, será tuyo”.

Como es fácil de imaginar, Aba y yo bajamos la Quinta Avenida eufóricos. Persinger, al que inmediatamente hicimos partícipe del secreto, contactó con el vendedor de violines Emil Herrman. Daba la casualidad de que Herrman había estado en San Francisco el año anterior y había llevado a Steiner Street un espacioso estuche lleno de preciosos violines, incluído aquel que finalmente acabaría eligiendo. Ya entonces me había enamorado de él pero me las había ingeniado para olvidar algo que ni remotamente nos podíamos permitir. Fue otra epifanía, como la de Enesco, y como en aquella, se hizo realidad un sueño. En Nueva York, después de pedir consejo a Persinger y Efrem Zimbalist, rechacé varios instrumentos magníficos, incluido un Betts Stradivarius, entonces valorado en $110.000 y en la actualidad en la biblioteca del Congreso, a cambio de mi primer amor, el príncipe Khevenhüller. Amplio y redondo, barnizado en un rojo profundo e intenso, sus grandes proporciones combinaban con un sonido a la vez potente, maduro y dulce. Llevaba el nombre de su primer propietario, un noble austro-húngaro. Stradivari se lo hizo cuando ya tenía noventa años en 1733.

Henry Goldman firmó un cheque de sesenta mil dólares a Emil Herrman. Su regalo había sido precedido por el descalabro de Wall Street en apenas una semana. Herrman, por su parte, incluyó en el precio de compra el arco Tourte que todavía uso.

El consejo de despedida de Enesco, que se produce en Sinaia en 1927, de que comenzase a trabajar con Adolf Busch, no había caído en el olvido aunque  por varios motivos no se llevó a la práctica hasta casi dos años después. Siempre he creído que Enesco consideraba a su gran colega alemán como una influencia correctiva; de ser ésa su creencia, la corrección de desequilibrios era sólo uno, entre otros, de los talentos de Busch. Adolf, hermano de Fritz Busch, era un hombre y músico de enormes valores, para el que la reverencia a su herencia formaba parte del contexto moral de toda su vida. Tocaba el violín limpia y deliciosamente si bien sin ninguna influencia rusa o gitana y su cuarteto de cuerda estaba entre los más respetados del momento. Era también compositor, como Enesco. La sabiduría de Enesco vio la necesidad de incluir en mi formación la influencia compensatoria de Alemania, ya que, después de todo, la más noble música que un violinista pudiese interpretar es alemana, y su conocimiento sólo sería útil desde el mismo corazón de la tradición. Busch sería para mí lo que Viena había sido para él.

Por tanto, cuando la familia se reunió en Nueva York, a principios de 1929, para iniciar el segundo viaje a Europa, nuestro destino fue el estudio de Busch en Basilea. Antes de llegar a Suiza, se tenían que tratar varios preliminares, incluyendo un concierto en Berlín que puede decirse que marcó el comienzo de mi carrera como adulto. Tuvo lugar el 12 de Abril de 1929, pocos días antes de cumplir trece años, fue dirigido por Bruno Walter y consistió en tres conciertos, de Bach, Beethoven y Brahms.

El concierto fue crucial ya que Berlín era entonces la capital musical del mundo “civilizado”, un prestigio basado en la música del pasado que todavía florecía en sus grandes orquestas y directores, sin olvidar su público, el más entendido. Desde la perspectiva musical, Alemania era un imperio en el que un solista podía ganarse el sustento, tal y como hizo Adolf Busch, sin necesidad de salir del país y Berlín era su centro. Ningún otro país europeo era musicalmente tan autosuficiente. En reconocimiento a esta supremacía, las carreras americanas requerían el sello “made in Germany” si se querían siquiera desarrollar. Se hacían reseñas a página completa en la prensa americana de los conciertos en Berlín y Dresde. La propia escena musical americana era en gran medida alemana, con ocasionales puestos de avanzada franceses, como por ejemplo, el gusto por la música francesa que el ruso Serge Koussevitsky trajo a Boston cuando asumió la dirección de su orquesta, cuyo éxito sería posteriormente superado por el francés Charles Munich. Toscanini también iniciaría la moda por lo italiano. Sin embargo, el rango y conjunto de directores en los Estados Unidos tendía a ser alemán, y no sólo en el medio oeste. Mi primer director de orquesta como público e intérprete había sido Alfred Hertz en San Francisco. Por eso, el simple hecho de actuar en Berlín, y especialmente con Bruno Walter que se encontraba entre los más grandes directores dentro y fuera de Alemania, fue una especie de apoteosis para la que mi gira americana había servido de obertura. Para mí fue un acontecimiento increíble.

Como estaba inicialmente planeado, Fritz Busch debía dirigir mi debut en Berlín, aunque en el último momento tuvo que acudir a Dresde, debido al fallecimiento de su padre. Me dejó en buenas manos. Desde la Gran Guerra hasta la plaga de Hitler, la vida musical de Berlín estaba dirigida por Louisa Wolff, socia de la más destacada agencia de conciertos, Wolff & Sachs, y fue ella quien pidió a Bruno Walter que sustituyese a Busch. Posiblemente no encontrase las palabras para negarse, ya que era difícil que la reina de la música alemana recibiese un “no” por respuesta, pero en todo caso el acuerdo al que llegaron trajo consigo una relación de entendimiento generoso por su parte y agradecida admiración por la mía, que duró hasta su muerte. No creo que otra eminencia hubiese cancelado un compromiso con la ópera, tal y como hizo él, para dirigir a un violinista itinerante de doce años que conocía sólo por referencias. Ésta no fue la única razón por la cual fue siempre mi director favorito de todos los grandes que conocí en mi juventud. Me maravillaron su apoyo y adaptabilidad durante los ensayos de los tres conciertos, parecía que siempre estaba allí, hiciese lo que hiciese, absolutamente conmigo, un acompañante como nunca había tenido, que me dejó sin sensación de estar empujando o de estar tirando (en aquel momento todavía no había actuado con Enesco, que fue también otro extraordinario músico y extraordinario acompañante).

Bruno Walter basaba siempre sus comentarios en la voz humana. En la actualidad, se tiene la impresión de que la música sale originalmente de un teclado o una máquina de escribir, como si el intervalo entre la A y la Z no fuese más complicado de abarcar que el intervalo entre la A y la B. Sin embargo, la voz no es un teclado mecánico, y Walter, quien sentía, en el más básico significado de la palabra, compasión por las personas,  conocía de antemano el grado de flexibilidad que requería el tiempo. Recuerdo cuando me lo comentó. Varios años después de nuestro primer encuentro, y habiendo tocado juntos bastantes veces entre tanto, nos encontramos un día en la casa del autor Emil Ludwig en Saint Moritz. Walter nos dijo que un cantante necesitaba un tiempo para ajustarse si la línea melódica se desviaba en una octava o más; y yo consideré aquel comentario no sólo como una verdad musical sino como una que le resumía a él mismo. No era persona que defendiese su posición con saña, no era autoritario. Respecto a la música o respecto a los músicos (no creo que separase a una de los otros), éstos eran seres humanos con vida, pulso y sentimientos sobre los que no se podía dejar caer adecuadamente la estructura dogmática. Su adaptabilidad no implicaba carencia de principio. Siempre le estaré agradecido porque cuando fui atacado por muchos de mis colegas por defender a Furtwängler, acusado de nazismo después de la guerra, Bruno Walter, a pesar de ser judío y principal rival de Furtwängler, rechazó firmar cualquier escrito dirigido tanto contra Furtwängler como contra mí.

Nuestra primera aparición conjunta en Berlín se conoce en la jerga familiar como el concierto “Mayflower” ya que el público que asistió resultó ser  impresionantemente numeroso con el paso de los años, al modo de los descendientes de los primeros colonos ingleses de Massachussets. Puede ser que el aforo excediese la capacidad de la Philharmonie o bien que haya conocido desde entonces a todos los que estuvieron allí. Seguro que esta última interpretación es la auténtica, sin duda se trata de la más amable, ya que la audiencia resultó ser judía en más de la mitad y posteriormente se dispersó a todos los rincones de la tierra; es más, estaba plagada de músicos: Ossip Gabrilowitsch, Fritz Kreisler, Bronislav Gimpel, Carl Flesch, Sam Franko, el gran crítico Stuckenschmidt, y muchos otros. Es gratificante reflejar que mis oyentes tenían sólidas dotes críticas, lo que da aún más valor a su entusiasta respuesta. La gerencia de la Philharmonie tuvo que recurrir a la policía para restablecer el orden temiendo que los demostraciones de entusiasmo se les fuesen de las manos, aunque lo que mejor recuerdo de las secuelas del concierto, desde el refugio que me daba el camerino, es la llegada de Albert Einstein directamente desde el escenario, que ni se preocupó en bordearlo debidamente, y su abrazo, acompañado del siguiente comentario de inmensidad astronómicamente desproporcionada: “¡Ahora sé que hay un Dios en el cielo!”.

El concierto “Mayflower” fue el episodio central de una sucesión de emociones que ratifican que Berlín es una ciudad única en el mundo. Durante la mañana del concierto hubo una öffentliche Hauptprobe, ensayo de puertas abiertas, al que asistieron estudiantes, seguido de un suntuoso almuerzo alemán de tres horas de duración, ofrecido por Louisa Wolff antes y después del cual todos se saludaban entre sí con la expresión formal de “Mahlzeit” (buen provecho). También nos citamos con Louisa Wolff y visitamos la casa en las afueras de su socio, Emil Sachs, de cuyas paredes colgaban sables, lanzas, armas de fuego y armaduras (cuando Fritz Busch no me pudo dirigir, Wolff y Sachs me sacaron de apuros convirtiéndose en mis agentes alemanes, y de hecho me organizaron las cuatro giras que hice por Alemania antes de la llegada de Hitler al poder; no se supo más de los dos durante el holocausto). Al margen de mi actuación, aquellos días fueron muy fructíferos, con conciertos y recitales dados por artistas de renombre. Escuché a Misha Elman tocar el Concerto de Mendelssohn y deseé cambiar las tornas y tocar en su lugar, no porque él no actuase maravillosamente sino porque, consecuencia de la fogosidad o quizás ignorancia de un joven, creía que lo podía hacer aún mejor que él. También actuó Fritz Kreisler en concierto y recuerdo cómo le pedían un bis y otro bis mientras él consultaba a su mujer Harriet, que se encontraba entre bastidores, cómo poner fin a aquello. Aquella fue la primera vez que nos vimos, aunque nos hicimos muy amigos con el paso del tiempo. También conocí por fin a Adolf Busch.

Mi familia y yo asistimos a un concierto que dio el cuarteto de Busch en la Singakademie, un auditorio de las dimensiones del auditorio del Conservatorio de París, pero en este caso rectangular. Me impresionó la integridad de la actuación del cuarteto y me llamó especialmente la atención la música de Max Reger, a quien escuchaba por primera vez, el típico compositor que existe en cada cultura, imposible de exportar, cuya música resulta incomprensible en cualquier otro lugar ya que concentra en exceso el carácter distintivo del país. Si es muy estimulante el contacto con la periferia de los extranjeros, la inmersión en su núcleo le deja a uno completamente desorientado. Sólo se puede ser justo con Reger cuando te has familiarizado con su trabajo y has aprendido a apreciar el peso y densidad de su obra y su enorme poder organizativo. Reger probablemente posee la mejor técnica musical en la construcción de fugas desde Bach. Resultaba más sencillo admirar su música que amarla. Se podría comparar con entrar en una biblioteca repleta de las obras de Kant y Hegel y llegar a la conclusión que para ser verdaderamente civilizado hay que previamente leerse todos los volúmenes y preparar una tesis. Del mismo modo que hay compositores que viajan con dificultad, también hay artistas que sólo se encuentran en determinados rincones del mundo, y uno de ellos sería Bronislaw Huberman, a quien escucharía por primera vez poco tiempo después de mi debut alemán. Muy querido en Berlín, Viena, Budapest y probablemente en Praga, nunca llegó a tener el mismo nivel de aceptación en otras ciudades. Estos artistas son generalmente el reflejo de una cultura, un temperamento, una mezcla de razas, y crecen con mucha más felicidad en terreno propio.

Después del programa, que incluía a Beethoven y al desconcertante Reger, me dirigí a bastidores  a conocer a mi nuevo maestro, sin las ideas preconcebidas que había llevado a mi primer encuentro con Enesco. Me encontré con una persona comprensiva, un hombre joven, rubio y bueno, con una expresión tan bondadosa que te hacía eliminar cualquier prejuicio, suponiendo que tuviese alguno. Y, como dejó de manifiesto su programa, un músico de gran altura, de absoluta honestidad y sin elementos llamativos de virtuosismo. El instinto de Enesco había acertado, ya que sin Busch no habría podido impregnarme del espíritu que me llevaría a lo más profundo de los grandes compositores alemanes. Me regaló la cultura alemana; en años posteriores otras personas y su literatura mejorarían el conocimiento que tengo de ella, pero le debo a él la introducción a la misma a través de la música, música expresada con una sensibilidad que combinaba erudición y pasión, de la que nunca quedaba sediento.

Actué en Dresde con Fritz Busch, siguiendo nuestro calendario de conciertos, y regresé a Berlín para mi recital con Raucheisen. La ciudad de Dresde era una joya. Su destrucción sin sentido durante la guerra fue una tragedia y también un crimen. En París repetí los tres conciertos en la Ópera, dirigido por Philippe Gaubert. El tío Sydney y su familia estaban en Europa aquel año. Nos habíamos visto ya en Berlín y llegaron antes que nosotros a París, donde nos reunimos a cenar en un restaurante ruso. Después de tantos acontecimientos, tomamos unas vacaciones de dos semanas en Baden-Baden, invitados por el Sr. y la Sra. Goldman.

Henry Goldman tenía algunas rutinas agradables, como tomar Bénédictine después de la cena, los bombones o las estancias de verano en Baden-Baden. Fue mi primera vivencia en una pequeña ciudad alemana, llena de calma y carácter excesivamente coherente, y  forzosamente me tuvo que impresionar su vida ordenada, la cantidad de criadas alegres y eficientes, los edredones envueltos en níveas fundas de lino, la abundante y deliciosa comida, los paseos por los bosques cuyas colinas estaban todas ellas coronadas por un mirador y un restaurante en el que recuperarse a base de pasteles y cerveza, la banda tocando diariamente en la plaza, los conciertos de la tarde en el salón del Casino y Elena Gerhardt cantando canciones de Schubert… Lo encontraba demasiado encantador para ser real. Para alguien como yo que había crecido con la visión de Aba de un mundo en continua lucha, esta sociedad, que había dado la espalda firmemente al mundo exterior para concentrarse en sí misma, era un ejemplo de supervivencia de los tiempos pasados. Su extasiado placer por los verdes bosques y la buena música era un poquito forzado, una impresión que confirmaba el hecho de que Baden-Baden fuese centro de atracción de retirados y ancianos.

En cualquier caso, disfruté muchísimo. Los Goldman nos quisieron hospedar en su hotel, pero mis padres  alquilaron unas habitaciones en una pensión, ya que sabiamente consideraban que aquel entorno era demasiado mundano para nosotros. Aprovechamos lo que Baden-Baden ofrecía, y en mi caso lo que ofrecían las ópticas, ya que en una de ellas compré unos espléndidos prismáticos Zeiss, los más grandes que tenían en stock. Los llevaba conmigo lleno de orgullo cada vez que salíamos de la pensión y estoy seguro de que debía parecer una figura divertida, ya que no creo que fuese más grande que ellos, mientras oteaba el horizonte en busca de cualquier posible montículo.

Finalmente llegamos a Basilea donde pasamos tres semanas o un mes en el Hotel Drei Könige a orillas del Rin, mientras Imma encontraba y amueblaba una casa. El número 12 de la Gartenstrasse, en aquel tiempo en las afueras de la ciudad y hoy parte de la misma, era la casa central de tres casas, cubiertas por un único gran tejado que caía de forma brusca por los lados. Como la mayoría de las casas adosadas de Nueva York, la nuestra tenía la anchura de una habitación más una escalera, pero suplantaba la estrechez con muchas plantas. El balcón en el que servía el té era su rasgo arquitectónico que más me gustaba, aunque mi té consistiese preferentemente en arroz con leche. Cada jueves a la hora del té, y con la misma regularidad que nosotros, veíamos al Conde Zeppelin de Buenos Aires camino de Friederichshafen en el lago Bodensee con un silencioso, enorme y plateado puro brillando a la luz del sol.

Creo que los meses que pasamos en Basilea fueron tiempos felices para todos nosotros. Teníamos la seguridad de que mi carrera se había puesto en marcha adecuadamente, sin que nos amenazasen dificultades económicas. La decisión de mi padre estaba justificada. Además, después de haber vivido en apartamentos y hoteles, volvíamos a tener otra vez una casa propia, circunstancia que a nosotros, los niños, nos despertó la nostalgia por Steiner Street. Este sentimiento se apaciguó cuando Aba hizo que se trajesen de San Francisco algunos muebles queridos, que se unieron a las alfombras orientales y otras cosas bonitas que Imma había comprado en un anticuario local. En una de las visitas a esta tienda me dieron una figura, tallada en palo de rosa, de una dama china que me había llamado mucho la atención. Me doy cuenta de que realmente era un niño bastante mimado, ya que conseguía casi todo lo que quería. Disfrutamos otra vez de la libertad de ser independientes, con nuestra casa y nuestro coche, un Packard de segunda mano que nos desplazó por todos los lugares de Suiza, Francia e Italia en los años posteriores, que a veces se calaba en los pasos a nivel pero nunca cuando el tren se echaba encima de nosotros.

Como siempre, mi madre era capaz de fundar un hogar y una rutina en el periodo más corto de tiempo posible, independientemente de donde se encontrase. Nuestro ordenado programa de trabajo, descanso y juego se amoldaba fácilmente a los nuevos entornos, aunque variaba, como si se disipase suavemente, a medida que era adaptado al paso de los años. Los sábados solíamos ir al casino y nos sentábamos en las mesas exteriores, escuchábamos tocar a la Orquesta y mirábamos a las bailarinas. El ejercicio diario lo hacíamos en el parque de Gartenstrasse donde saltábamos a la comba, sólo a una manzana del zoo. Había conciertos en las tardes de fiesta y las clases se daban en una nueva lengua, en alemán. Mientras yo leía las obras de Schiller con el Sr. Gehrig, un hombre anciano que tenía una joven esposa y un hijo pequeño encantador, mis hermanas se enfrentaban al duro deber de llegar a dominar dos lenguas a la vez, italiano y alemán, con lecciones diarias de la primera de ellas con la Signorina Anna, una entrañable y buena maestra de Milán, voluminosa en todos los sentidos, por el tamaño de su corazón y por su redondez.

A medida que mi madre nos guiaba de una lengua a otra, su nombre cambiaba. Durante los primeros once o doce años de mi vida la llamé Imma, madre en hebreo. Cuando empezamos a estudiar francés, se pasó a llamar “Petite Mère”, y en alemán “Mütterchen”, siendo “Mammina” su última metamorfosis en italiano. Como se quedó como Mammina, independientemente del idioma que hablásemos, no estoy muy seguro pero sí bastante convencido de que ella se empezó a sentir emparentada con los latinos y adoraba en concreto Italia. Mi madre siempre buscó comunicarse con sus hijos del mejor modo que pudo, a través de lecciones. Por tanto, durante las comidas hablábamos la lengua que en ese momento estuviese bajo la vigilancia de Mammina, cuyo terreno ya había previamente pisado durante su infancia. Sin embargo, Aba siempre fue Aba en cualquiera de nuestras mutaciones lingüísticas.

Mi madre hacía la escritura gótica alemana más bella y fluida que pueda imaginarse. Tradicionalista, al menos respecto a las tradiciones que valoraba, nos insistió en que aprendiésemos la escritura alemana a su debido momento. Cuando empezamos a estudiar ruso algunos años más tarde, nos enseñó las terminaciones duras y blandas que no existían ya en la ortografía rusa moderna. Conseguía que mis clases fuesen menos complejas que las de mis hermanas en todos estos temas, incluso en técnicas lingüísticas más básicas, como declinaciones, verbos irregulares, etcétera. Hephzibah destacaba; se aprendía tan minuciosamente todas sus lecciones que se sabía cada regla, cada excepción a cada regla, en cualquier idioma. Le llamábamos Madame Larousse-Labode en reconocimiento a su infalibilidad, un juego de palabras  con Larousse, el diccionario francés, que también significa pelirrojo, ya que Hephzibah también era muy rubia.