25 años compartiendo: El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (VIII)

 

Continuamos, una semana más, con el “Viaje Inacabado” que escribiera el Maestro Yehudi Menuhin y en el que, repasando sus memorias nos adentramos en la visión humanista y filosófica que constituyen su legado. En el fragmento de hoy conoce al que sería uno de sus grandes maestros, Enesco :

HACIA EL ESTE DE VUELTA A CASA

Nuestra primera travesía transatlántica, a finales de 1926, se convirtió en unas auténticas vacaciones que aprovechamos al máximo ¡Qué vistas, sonidos y olores tan maravillosos ofrece el mundo! Había vivido a la orilla del océano toda mi vida y muchas veces había embarcado en los transbordadores que unían San Francisco con las ciudades vecinas, pero éste fue realmente el primer barco que viví, y la experiencia no pudo ser más maravillosa, ni aunque me hubiesen crecido aletas y agallas en conmemoración de la novedad. Abordo del barco de vapor francés De Grasse, después de una sensación inicial de náuseas – mi primer y último sometimiento al mal de mar – mis hermanas y yo vivimos en un estado de descubrimiento febril durante toda la anchura del Atlántico.

Si el barco había asegurado suficiente novedad como para llenar media vida, Le Havre – se hizo evidente cuando desembarcamos – no tuvo intención alguna de devolvernos a lo familiar. Confuso ante aquellas primeras impresiones, la gente se movía y hablaba tan vigorosamente que parecía que no hubiésemos viajado de un continente al otro sino de la tierra a cualquier otro planeta que girara en torno al sol cada doce horas o ejerciera apenas la suficiente gravedad como para mantener a sus habitantes atados a la superficie. Un porteador del tamaño de un pequeño gnomo se nos aproximó. Comparado con nuestras trece maletas, su pequeñez y delgadez sugerían una cómica oportunidad para un desafío imposible, pero la técnica lo es todo y más en aquellos días tan esforzados. Deslizó una cinta de cuero por las trece asas, se agachó, las levantó e inmediatamente desapareció debajo de los bultos. El movimiento que hacía en dirección al tren se parecía a esos almiares con pequeñas piernas humanas que se ven en los prados suizos, y en su mano libre llevaba unas o dos maletas más. Sólo habían pasado ocho años desde la Primera Guerra Mundial y todavía se veían por todas partes signos de sobreexplotación de la mano de obra y a mujeres realizar lo que en América eran trabajos de hombres. Después de subir nuestras maletas al tren me llamó la atención una sombría dama, vestida con una sotana negra, que perforó nuestros billetes y también (quizás como contraste simpático) los anticuados antimacasares de encaje de los asientos, con la insignia de la compañía de ferrocarriles zurcida. Llegamos a París entrada la noche, al Hotel Pas de Calais en la Rue St. Père en la Rive Gauche y nos fuimos a dormir. Aquella estrecha calle era a esas horas todavía muy ruidosa llena de taxis, cuyas bocinas ajustadas con bombillos de goma emitían, cuando se apretaban, un sonido casi animal y llenaban la noche de graznidos y boqueadas de distintos tonos e intensidades, como si un amistoso zoológico parlanchín hubiese sido soltado debajo de mi ventana. En aquella época estaba permitido tocar la bocina, incluso de noche. En el momento que aquellos graznidos orgánicos dejaron su lugar al insistente y agresivo estruendo de los cláxones electrónicos fue cuando los padres de la ciudad de París decidieron sublevarse y acabar con ellos. Estuve tumbado en la cama escuchando aquel alegre barullo, pensando lo distinta que era aquella noche de otras y preguntándome lleno de ansiedad si, después de dos semanas sin practicar, todavía podría tocar el violín.

A continuación vinieron días muy ajetreados. Encontramos un apartamento, lo que propició nuestro primer encuentro con aquella formidable dama concierge, pudimos desempacar las trece maletas, la familia se instaló, comenzaron de nuevo las prácticas, se pudo fijar el encuentro con Eugène Ysaÿe para la audición prevista y entonces una tarde Imma y yo nos separamos de Aba y las niñas y partimos hacia Bélgica en la última etapa de nuestro peregrinaje cuyo resultado podría o no justificar todo aquel largo viaje. Aunque nuestro encuentro con Ysaÿe estaba fijado por la mañana, nosotros pasamos la noche anterior en Bruselas.

A pesar de que había identificado a Enesco como mi maestro supremo, nuestra visita a Bruselas no se redujo a una obligación superficial. Había sido criado en la consideración de que Ysaÿe era un ser sobrehumano, un coloso caminando a grandes pasos por la tierra, y creía en lo que había escuchado. Desgraciadamente ni Persinger ni yo teníamos sus grabaciones (escuché algunas por primera vez hace unos treinta y cinco años, y de hecho las encontré abrumadoras), y a pesar de todo en mí estaba implantado, a través de los comentarios, el temor reverencial a su grandiosidad, poder, vigor y espíritu. Es verdad que la grandeza de Ysaÿe, que sólo conocía de oídas, fue una atracción menos potente que la de Enesco, a quien yo mismo había visto y escuchado; aún así, iba sentado en el taxi que nos llevaba a nuestro encuentro en un estado de incertidumbre respetuosa, al lado de Imma. ¡Qué pena! En vez del gigante de mis ensoñaciones infantiles me encontré un hombre demasiado humano en un entorno demasiado humano.

La casa de Ysaÿe estaba situada en el barrio rico de la ciudad en una avenida flanqueada de árboles. Llamamos al timbre, el tiempo pasó, finalmente apareció una joven mujer, la segunda esposa de Ysaÿe, vestida con una bata casera. Aunque su atuendo, válgame Dios, era perfectamente apropiado a las nueve o diez de la mañana, lo consideré demasiado libertino, ya que nunca había puesto mis ojos en una mujer que no estuviese ya vestida y trabajando. Nos acompañó al piso de arriba hasta una pequeña habitación atiborrada de muebles en la que, entre partituras diseminadas por todas partes, Ysaÿe nos dio la bienvenida desde una butaca. Todavía era un ser imponente, pero viejo, afligido, deteriorado y encadenado a sus sillas debido a (como aprendería más tarde) un pie gangrenoso por culpa de la diabetes. El Guarnerius yacía en una mesa a mi lado. Después de que Imma me quitase el abrigo, toqué por petición suya el primer movimiento en la Symphonie Espagnole (ésta había sido la primera pieza que Persinger le había oído tocar). Él, a su vez, tocaba un pizzicato de acordes con tanta destreza que creaba la ilusión de un acompañamiento orquestal, descansando sólo para mirar mis manos con más detalle. “Me has hecho feliz, pequeño, de verdad, muy feliz”, me dijo. ¡Debería haberme despedido en ese momento! Para mí no había sido tanto una prueba como un homenaje ofrecido a un rey venerable de obesidad atemorizante, distante, lleno de años y honor. Había tocado brillantemente el pasaje y recibí su bendición. Había sido fiel a Persinger y por tanto ya me podía ir impune. Imaginen entonces mi sorpresa cuando le oí que me pedía que tocase ¡un arpegio de La Mayor en cuatro octavas! Anduve a ciegas por todo el diapasón como si fuese un ratón ciego. “Yehudi, harías bien en practicar escalas y arpegios”, me dijo lacónicamente.

Nos fuimos como nos habíamos ido hacía seis años de la casa de aquel señor mayor que tenía en su puerta principal un letrero con un violín: bajando las oscuras escaleras y huyendo de una segura dilapidación. Esta vez también huía de algún consejo profético, pero no podía hacer otra cosa.

La culpa de que sintiese que no podía aceptar los consejos de Ysaÿe, ni su ofrecimiento a instruirme, quizás descansaba en mis estrellas, o en cualquier caso en el temperamento con el que había nacido. Quizás habría podido añadir método a mi jornada laboral (sin duda entre otras muchas cosas) y por tanto acortar la larga búsqueda de asimilación que solía necesitar, pero no creo que el aprendizaje de un método impuesto estuviese en mi naturaleza. Era, y sigo siéndolo, muy confiado en mi trato con las personas. En mi trato con las ideas, opiniones, tradiciones y técnicas, nunca he dado nada por sentado y he reservado mi opinión hasta comprobar cualquier asunto. La música es para mí algo con vida, un medio esencial de expresión, y sospecho que si hubiese dedicado interminables horas de trabajo a un material monótono, habría terminado haciendo interpretaciones romas en vez de lustrosas. Y no creo que sea el único que piensa así. Desde entonces he visto cómo una enseñanza demasiado estricta de la música, como la metodizada en Rusia, puede apisonar la expresividad individual en brillantez anónima. Sólo sobreviven en el camino los más irrefrenables, aquellos cuya personalidad y calidad quedan intactas. Por supuesto que no quiero insinuar que Ysaÿe hubiese tratado sin miramientos mis más delicados sentimientos, sino que yo no habría sido capaz de absorber aquello que me hubiese podido dar. Mi desarrollo como violinista, aunque poco ortodoxo, era a fin de cuentas válido. El mío era un método infuso, enseñado por profesores inspirados, sin dominio de escalas y arpegios; era mi reconocimiento y respuesta a la grandeza.

Volvimos a París. Muy poco tiempo después Enesco daría un concierto, al que desde luego acudimos, y en el que además pude satisfacer mi tan esperada oportunidad de poder conocerle. Esta vez Imma me dijo que el futuro dependería de mí mismo. Sin el apoyo de padres y hermanas, aquel niño enormemente asustado decidió apostarse en su camerino después del concierto hasta que la compacta multitud por encima de su cabeza se diluyó hasta convertirse en media docena de adultos. ¡Pobre Enesco! Si pensó que con siete autógrafos más liquidaba la cuenta de aquella noche es que no hizo las cuentas bien. Sólo seis personas desaparecieron después del ringorrango – el séptimo permaneció inmóvil. Después de todo, no había venido a buscar su recuerdo, sino su alma. “Quiero estudiar con usted”, le dije sin el menor ruido. Nuestra conversación transcurrió más o menos en los siguientes términos:

“Debe de haber algún error. No doy clases particulares”.

“Pero es que tengo que estudiar con usted – por favor, ¡déjeme tocar para usted!”

“Eso es imposible, pequeño. Me iré de París mañana por la mañana”, me explicó, mientras miraba a Gerard Hekking, el cello, que mantenía a raya a los buscadores de autógrafos, como si buscase su apoyo.

Entre ambas frases su plan de acción se había transformado en un alegato de inconveniencia, y un alegato de inconveniencia invita a la inconveniencia. De modo que mi propuesta de tocar mientras hacía sus maletas no le dejo otra alternativa que volver al plan de acción o abdicar completamente del mismo. Algo debió desarmarle, no sé si  mi vulnerabilidad o mi urgencia o su fracaso para pensar en alguna razón que justificase qué hacía yo allí.  En cuanto se rindió sentí con certeza que me aceptaría desde ese mismo momento en su custodia. Aba y yo llegamos a las seis la mañana siguiente a su apartamento de la Rue Clichy para, en lo que a mí concierne, mi primera lección. Así fue.