Desde sus inicios, el cine ha estado profundamente ligado a la magia. No solo porque, como los ilusionistas clásicos, los pioneros del séptimo arte —como Georges Méliès— creaban ilusiones ópticas para sorprender al público, sino porque toda película es, en esencia, una gran coreografía de trucos visuales que nos hacen creer que lo irreal es posible. Fundidos, cortes, efectos especiales, ralentizaciones o animaciones no son más que herramientas para fabricar una realidad alternativa que apela directamente a nuestra emoción y nuestra imaginación.