
En un mundo cada vez más interconectado, hablar de competencias digitales no puede limitarse al uso técnico de herramientas o al dominio de plataformas. También implica aprender a desconectar para conectar, una idea que impregnó las sesiones nocturnas del encuentro CODI-Arte celebrado en Alcalá de Henares entre el 23 y el 25 de mayo de 2025. Por ello fuimos trabajando todas las competencias en la vertiente digital y en la personal y humana, algo en lo que incidió la propuesta de Natalia Molina —especialista en artes plásticas y visuales, y coordinadora del encuentro— no se centró en pantallas ni en teclados, sino en algo aún más esencial: recordar que antes de ser usuarios, somos personas.
Aunque fue cubriendo los espacios informales, también fueron sesiones, no eran un descanso del programa, sino parte activa del mismo. Con el entorno natural del albergue como punto de partida, Natalia propuso un ejercicio colectivo para volver al cuerpo, al grupo y al entorno. La idea no era renunciar a la tecnología, sino tomarse una pausa consciente para observar cómo la usamos, cómo nos atraviesa y cómo nos condiciona. Bajo el cielo de La Esgaravita, se abrió un espacio de reflexión sobre la vida conectada y sus ritmos, muchas veces automáticos y acelerados.
El programa CODI, en su estructura por áreas temáticas, contempla el pensamiento crítico, la alfabetización mediática, la gestión de la identidad digital y la seguridad en el entorno online. Pero para que estas competencias sean realmente útiles, necesitan una base emocional y relacional sólida. Por eso, Natalia planteó preguntas aparentemente sencillas pero de fondo profundo: ¿cuánto tiempo real dedicamos a estar con otros sin pantallas de por medio?, ¿cómo cambia nuestra forma de comunicarnos cuando hay presencia física?, ¿qué lugar ocupa el silencio en un mundo sobrecargado de notificaciones?
A través de dinámicas de observación y caminatas lentas bajo la luz tenue, los participantes experimentaron una suerte de descompresión digital. Mirar el cielo, escuchar el silencio interrumpido por grillos o sentir el frescor de la noche se convirtieron, por unas horas, en “notificaciones analógicas”. Estas experiencias, lejos de ser evasivas, fortalecieron la conciencia sobre el uso de la tecnología como herramienta y no como fin, alineándose con uno de los retos del Programa CODI: formar usuarios críticos, conscientes y capaces de poner límites saludables a su vida digital.
La reflexión no fue teórica, sino vivencial. En grupos pequeños, se compartieron ideas sobre el modo en que la tecnología afecta las relaciones, la atención y el descanso. Se habló del miedo a desconectar, de la ansiedad por estar disponibles siempre, y de lo que significa, en este contexto, volver a estar con uno mismo y con los demás sin mediaciones.
Al cierre, se reforzó una idea: el progreso digital no puede medirse solo en velocidad, conexión o automatización. También debe medirse en capacidad para detenerse, observar, y elegir conscientemente cuándo, cómo y para qué estar conectados. En definitiva, Natalia propuso una enseñanza tan digital como humana: saber pausar no es perder el ritmo, es recuperarlo.
Proyecto acogido al Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia; financiado por la Unión Europea – Fondos Next Generation EU con el objetivo de formar en competencias digitales a niños y jóvenes de la Comunidad de Madrid, Programa de Competencias Digitales para la Infancia (CODI)