
En este fragmento del capítulo Guerra y paz, Yehudi Menuhin comparte uno de los momentos más difíciles de su vida: la ruptura de su primer matrimonio con Nola. Con una mirada serena y profundamente introspectiva, reflexiona sobre las ilusiones con las que ambos iniciaron su relación, las circunstancias que los fueron alejando y las lecciones personales que extrajo de aquella experiencia.
En paralelo a esta crisis personal, el Maestro describe cómo comenzó a cuestionarse también su propia técnica violinística. La presión acumulada durante los años de guerra le hizo comprender la necesidad de revisar los fundamentos de su interpretación, iniciando un proceso de aprendizaje y búsqueda que marcaría el resto de su trayectoria artística. Médicos, deportistas, pedagogos y grandes violinistas contribuyeron a una reflexión que transformó su forma de entender el violín.
El fragmento concluye con el anuncio de un encuentro decisivo: el descubrimiento de la música de Béla Bartók, una figura que tendría una influencia profunda y duradera en su vida.
Os invitamos a leer este pasaje del Viaje Inacabado, y descubrir una de las facetas más íntimas de Yehudi Menuhin. En estas palabras encontraréis el testimonio de cómo las crisis personales también pueden convertirse en el origen de una profunda transformación artística:
GUERRA Y PAZ
Antes de 1944 había quedado claro que había diferencias irreconciliables entre Nola y yo. Con frecuencia separados físicamente, nos habíamos alejado todavía más en lo emocional, pero de haber sido otras las circunstancias, el resultado habría sido el mismo –una realidad que ella estuvo dispuesta a asumir antes que yo: durante unas vacaciones, antes de que comenzaran los compromisos de la guerra, sugirió que no teníamos lo suficiente en común como para construir un matrimonio. Por mi parte, no me podía imaginar que una esposa fuera algo menos permanente en tu vida que unos padres o una hermana, o algo menos ideal. Cada uno de nosotros se había casado con una ilusión, ella tanto como yo, puesto que la vida que lleva un virtuoso puede parecer absolutamente glamurosa dependiendo del cristal con que se mire. Nuestra relación estuvo mal ubicada en el tiempo: de haber sido una unión más juvenil o más madura, no habría causado el mismo daño ni la misma angustia. Fue mitad sueño, mitad tristeza. Como mi padre al soñar con Villa Cherkess, yo me había construido una fantasía sobre una base poco sólida y había otorgado a lo que podría haber sido una aventura perfectamente legítima unas expectativas de permanencia que resultaron inalcanzables. En retrospectiva, mi primer matrimonio se presenta como una piedra en el camino, lo cual apenas se parece a lo que imaginaba entonces. Tal vez es una lección de humildad encontrarnos con que nos hemos malinterpretado a nosotros mismos; pero al mismo tiempo malinterpretarnos puede enseñarnos la necesidad de mantener la ilusión. Tal vez no deberíamos pasarnos la vida cuestionándonos la validez de los impulsos, sino vivir simplemente con intensidad y convicción al precio que sea. Este consuelo a posteriori no me sirvió de ayuda entonces, mientras mi matrimonio se derrumbaba. La confesión final de Nola de que estaba enamorada de otro me cogió de sorpresa, aunque no debería. Sabía que se había acabado, pero era demasiado inmaduro para adaptar mis perspectivas, demasiado tradicional para no acobardarme ante la ruptura, me encontraba demasiado desorientado para saber qué hacer. Ninguna experiencia en mi vida me había enseñado a asumir el fracaso, y entre mi indecisión y la larga negativa de ella a divorciarse, transcurrieron tres años muy dolorosos, los más turbulentos y a la deriva de mi vida.
Mucho después de su propio divorcio, Hephzibah escribió una carta en la que daba voz a nuestros sentimientos comunes:
“Tal vez lo peor fue aquella falta de contacto con la vida tal como la viven generalmente quienes no están completamente protegidos de los problemas cotidianos, como lo estábamos nosotros. Esto nos llevó a hacer el ridículo más absoluto al enfrentarnos por primera vez a esta situación. Eramos incapaces de comportarnos como seres de libre albedrío; mentalmente éramos conscientes de las dificultades, pero sólo como dilemas teóricos. Nos habíamos superado a nosotros mismos y nos habíamos adaptado a un innumerable número de problemas con anterioridad, pero nunca habíamos solucionado un problema. Nunca antes habían entrado en nuestras vidas personas que supusieran una competencia; se había establecido una fluidez en una vida construida en torno a alcanzar la maestría en un campo muy concreto. Sólo existía el trabajo, sagrado, incuestionable, realizado con un espíritu de entrega extrema, y lo demás no importaba. Tan pronto como nuestra rutina se vio invadida por los valores completamente diferentes de otras personas, nos vimos incapaces de enfrentarnos al conflicto que esto causaba entre lo que nos habían enseñado y lo que ahora estábamos aprendiendo …
Tras todo este tiempo, pienso que lo mejor de la vida está por llegar. Hemos derramado muchas lágrimas, puesto que pese a albergar la mejor intención del mundo, hemos hecho más daño a las personas que queremos del que nos habríamos creído capaces de ocasionar a quienes no queremos.”
Al igual que me había casado sin estar preparado para el matrimonio, también me había puesto a tocar el violín sin estar formado para ello, así que era inevitable que, al coincidir la tensión originada por la crisis en mi vida personal con las presiones sin precedente durante la guerra, mi falta de formación empezara a notarse. Teniendo en cuenta que yo tocaba sin pensar, sin analizar, sin pasar revisiones, como si dijéramos, sino manteniendo la máquina en marcha mientras resistiera, mi interpretación aguantaba el tipo bastante bien; pero había momentos en los que sabía que no podría llegar más lejos hasta que comprendiera la técnica y pudiera recuperar la facilidad que una vez había poseído sin ser consciente de ello y que ahora me estaba abandonando. Sabía además que había cogido malos hábitos. Esta doble señal de advertencia me llevó a una búsqueda de principios básicos que me llevaría años (y que, por supuesto, no ha terminado: cada día trae nuevos descubrimientos), cuyos detalles voy a aplazar para un capítulo posterior; y también a las películas educativas sobre pasos básicos para aprender a tocar el violín e interpretaciones de obras concretas. Por el momento basta con decir que desde el principio supe que la postura era la esencia del problema y, con la mente abierta, bebí de todas las fuentes que podían resultar útiles -médicos, atletas y gimnastas, además de violinistas. Leí los clásicos: Técnica del violín y La independencia de los dedos de Dunis, y El arte de tocar el violín de Carl Flesch. Discutí el asunto con colegas y amigos como Joseph Szigeti; en Nueva York me relacioné con dos profesores de violín, Theodore y Alice Pashkus, quienes -además de recordar a la pareja de italianos intrigantes de El caballero de la rosa– tenían algunas ideas útiles y otras que no lo eran en absoluto; y así, devanándome los sesos un día sí y otro también, fui avanzando poco a poco hacia la iluminación. De todo el mundo se podía aprender algo de provecho; entre mis amigos de Nueva York estaba Paul Draper, el bailarín de claqué, que solía invitar a su piso a combinaciones de personas de lo más diverso, insólito y fructífero. Una noche conocí allí al corredor americano Borrigan, le pregunté por su técnica para entrenar y me invitó a participar en una sesión en el Yankee Stadium al día siguiente. Tomé un taxi para el largo trayecto a través de Manhattan; al darle la dirección, el taxista miró en todas las direcciones alrededor del volante y me ofreció su consejo: “no hay nada en el estadio hoy”. “Vaya si hay algo”, dije yo. “Corre Borrigan, y lo que es más, ¡yo corro con él!”. Pocas veces la incredulidad ha adoptado una expresión más elocuente que la de aquel taxista.
En esta época de ansiedad profesional, problemas personales y saturación de trabajo, la vida me obsequió con un encuentro musical de profunda y duradera importancia. Primero a través de su música y más tarde en persona, llegué a conocer a Béla Bartók.