
En este fragmento del capítulo Guerra y paz, Yehudi Menuhin relata su prolongado enfrentamiento con la Federación Americana de Músicos y con su presidente, James Petrillo. Aunque la organización intentó atraerlo mediante invitaciones, oportunidades profesionales y distintas formas de presión, Menuhin se resistió durante años a afiliarse, al considerar que sus normas no respondían a sus circunstancias ni garantizaban una verdadera libertad individual.
A través de una correspondencia marcada por la ironía, las evasivas y la tensión creciente, el violinista describe cómo trató de conservar su independencia hasta que la amenaza de que las principales orquestas dejaran de actuar con él terminó obligándolo a ceder. Su ingreso en el sindicato coincidió, además, con el inicio de una huelga que afectó a la industria discográfica estadounidense.
El relato se convierte después en una reflexión crítica sobre el poder de las grandes organizaciones, la burocracia y la aplicación rígida de normas iguales para realidades profesionales muy distintas. Menuhin cuestiona un igualitarismo que, en su opinión, podía limitar tanto la autonomía de los músicos y las músicas como el desarrollo de nuevos proyectos orquestales.
Os invitamos a leer el fragmento completo y descubrir estas letras del Maestro y de su obra del Viaje Inacabado. Sus palabras plantean un debate todavía vigente sobre la libertad individual, la protección colectiva y los límites del poder institucional:
GUERRA Y PAZ
No demasiado perjudicada ante mi negativa, la AGMA prosperó hasta el momento en que empezó a sumar a sus filas a las orquestas profesionales, ganándose por consiguiente la enemistad de una federación enormemente más poderosa. La AFM estaba dirigida entonces por un trompetista llamado Petrillo, con el que yo me carteaba desde hacía mucho tiempo aunque nunca nos habíamos conocido en persona. No tengo ninguna razón para no considerarlo el hombre más amable del mundo, y un excelente trompetista sin duda, pese a su preocupante atracción por los coches con cristales antibalas. A priori Petrillo me dio su aprobación por resistirme a los cantos de sirena de la AGMA y además me veía con una estima no buscada por mi parte por ser de los pocos músicos, sino el único, que no pertenecía a ningún sindicato. Se empeñó en reclutarme, en parte para darle en las narices a la AGMA, en parte para avanzar en su estrategia contra las compañías de discos americanas: planeaba un golpe que un solo violinista descarriado dispuesto a entrar en un estudio podía hacer tambalear. Comparado con Petrillo, yo no disponía de muchos ases en la manga. Sabía que si la AFM boicoteaba mi nombre en todas las orquestas controladas por ella –y eso significaba todas las orquestas importantes- tendría que sucumbir; pero decidí retrasar mi rendición lo máximo posible, y me las arreglé para esquivar nuestro cuerpo a cuerpo durante dos años o más.
El primer golpe fue amistoso. Me iban a recibir con los brazos abiertos en el sindicato: ¿sería tan amable de considerar la posibilidad de afiliarme? En mi respuesta me mostré agradecido por la amable invitación pero no consideraba que la AFM se adaptara a mis necesidades. Todos los veranos Petrillo organizaba conciertos al aire libre en un estadio de Chicago; su siguiente comunicado fue una invitación para dejarme ver en uno de los de entrada más cara, con el incentivo extra de presentarme a “la gente más importante” de Chicago, con cuyos personajes más turbios la asociación aparentaba entenderse a la perfección. Todo lo que me pedía a cambio, como era previsible, es que me afiliara primero al sindicato. En mi telegrama de respuesta expuse cuánto apreciaba su propuesta, pero sugerí que apuntarme ante tales muestras de favoritismo podría entenderse o bien como un soborno o bien como coacción y que, si me afiliaba, prefería hacerlo siguiendo mi libre albedrío. De esa forma conseguí ganar algunos meses de tiempo.
Entonces llegó una carta más perentoria; lo lamentaban pero no veían ninguna alternativa a mi afiliación y, si yo era tan amable, encontraría adjunto en el sobre mi carnet de miembro. Sobre el hueco para la firma del portador el carnet prometía en nombre de éste observar todas las leyes, estatutos y reglamentos internos de la AFM; agarrándome a ese clavo ardiendo, contesté pidiendo ver esas regulaciones antes de comprometerme a cumplirlas, y de esa forma prolongué mi libertad durante un año más aproximadamente. El librito rojo –así resultó ser, menos famoso que otros libros rojos que han dejado huella en el mundo, pero casi igual de taxativo- alimentó una tediosa correspondencia con los burócratas de la AFM, en primer lugar acerca de su escasa adecuación a mis circunstancias personales, y luego acerca de los privilegios concedidos a los delegados del sindicato. El primer párrafo me lo reservé para mi último asalto; decía así: “El presidente tiene el derecho y el deber … (a) de vigilar el cumplimiento de las leyes y estatutos de la Federación Americana de Músicos, (b) de derogar todas las leyes y estatutos de la Federación Americana de Músicos….”. Tras airear este absurdo más propio de Alicia en el país de las maravillas, se me habían agotado todas las excusas y posibilidades de dar largas; de hecho, mi petición de que me fuera aclarado este punto no tuvo respuesta. Cuando la Orquesta de Philadelphia amenazó con no tocar conmigo, tiré la toalla. Mi último acto de independencia fue elegir la localidad que me apeteciera: escogí San Francisco. Unos días más tarde Petrillo convocó su huelga, que empezaría a la medianoche. Baller y yo estuvimos grabando hasta pocos minutos antes de la hora límite en una antigua sala neoyorquina, así que me libré por un pelo de empezar mi carrera en el sindicato siendo un esquirol.
Tal vez debería haberme enfrentado más tiempo a Petrillo o haber hecho el asunto público. La cara más turbia de la AFM –los vehículos antibalas, los tipos duros de Chicago, los poderes totalitarios del presidente- merecían recibir mayor publicidad de la que yo les di. Es cierto que estos escándalos se enderezaron con el paso del tiempo, pero incluso cuando actúa con la mayor honradez y transparencia, el poder del sindicato no me parece bueno en general; dado que existe una tendencia, y no sólo en las organizaciones sindicales, a tratar a las personas como objetos reemplazables, las organizaciones tan burocratizadas intentan limar las diferencias entre los grupos. Es ridículo exigir los mismos derechos e imponer las mismas restricciones a lo largo y ancho de un país del tamaño de Estados Unidos a un colectivo tan heterogéneo como los afiliados a la AFM, que van desde quienes tocan en nightclubs a los miembros de las orquestas de todos los tamaños. Y de hecho se dan este tipo de situaciones ridículas: creo que ese fue uno de los factores que provocaron la decadencia de la Orquesta Sinfónica Americana. El núcleo de la Sinfónica era la orquesta compuesta por Toscanini para la NBC y disuelta cuando su prestigio se vio superado por su gasto, viéndose despedido su fundador (un inmerecido pago a un hombre cuyos inestimables servicios merecían, por pura justicia, que se le permitiera acabar sus días en paz; con el antiguo público de la radio rendido ante la seducción de la televisión, Toscanini se vio condenado ante el primer pretexto que se encontró a mano). Leopold Stokowski mantuvo a algunos de los componentes de la NBC y añadió a otros nuevos directamente salidos de Juilliard y otras escuelas para formar su nueva orquesta, la American Symphony. Los veteranos aportaban experiencia y autoridad; los jóvenes entusiasmo, dedicación y disposición para trabajar. Trabajar como es debido, sin embargo, era precisamente lo que las normas del sindicato prohibían. Los ensayos no se podían prolongar por encima de las dos horas y media estipuladas por día, una condición razonable para orquestas consolidadas de gran virtuosismo, sobre todo si preparan trabajos ya incluidos en el repertorio, pero un escollo fatídico para una nueva empresa. Podría pensarse que las normas resultarían lo suficientemente flexibles para adaptarse a una orquesta en período de formación; pero no; el igualitarismo es ciego a las necesidades y los derechos del individuo.
Algunos años más tarde, al no tener ya razones para negar mi solidaridad a mis compañeros solistas, me afilié también a la AGMA.