El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXIII)

 

En este nuevo fragmento del capítulo ocho de Viaje Inacabado, titulado Guerra y paz, Yehudi Menuhin rememora un periodo de contrastes en plena Segunda Guerra Mundial: entre la espera, la música y las relaciones personales que marcaron su vida.

Mientras los Estados Unidos aún no habían entrado en combate, los veranos se llenaban de una inquietud latente y una extraña sensación de ocio forzado. En ese contexto, la figura de Adolph Baller, pianista excepcional y compañero de giras, adquiere un papel fundamental. Menuhin destaca la fortaleza de Baller, que logró recuperar sus manos tras ser torturado por los nazis, y la calidez del entorno familiar que formó junto a su esposa Edith.

El capítulo también ofrece una profunda reflexión sobre la música de cámara, en especial el cuarteto de cuerda, que Menuhin describe como una de las formas musicales más exigentes y puras. Recuerda con afecto las sesiones semanales en Alma, su hogar, junto a músicos como Nathan Firestone, Henry Temianka y Willy Van den Burg. Las reuniones musicales no eran solamente ensayos, sino espacios de entrega, escucha y equilibrio colectivo.

Esta etapa, a pesar de la guerra, queda retratada como una época de descubrimiento musical, de vínculos humanos profundos y de compromiso con una sensibilidad artística que perdura.

 

En el siguiente extracto podréis descubrir cada detalle que, en tiempos complicados, el Maestro Yehudi Menuhin nos deja reflejado en sus palabras:

 

GUERRA Y PAZ

 

Los dos primeros años de la Segunda Guerra Mundial, no obstante, antes de que los Estados Unidos se unieran al combate, pasé los veranos en casa. Esta época estuvo para mí cubierta por una pátina de ocio e impaciencia entremezclados. Estaba ansioso por que fuéramos también nosotros a por Hitler, pero hasta que lo hicimos, a pesar de algunas giras por Sudamérica, los veranos parecían de un largo y un ocioso que nunca he conocido después. Una preocupación personal fue perder de vista durante un tiempo a Marcel Gazelle, al que cogió en Bélgica la invasión alemana de mayo de 1940, pero se las arregló para escabullirse en la retirada de Dunkirk y reaparecer en Londres para sumarse a las fuerzas de liberación belgas. Tampoco habría continuado tocando conmigo de no ser por la guerra, puesto que estaba por entonces en el conservatorio de Gante y se había casado con Jacqueline. Durante dos temporadas tras el descanso de Los Gatos trabajé con un pianista holandés, Hendrick Endt, cuya simpatía como persona compensaba una cierta deficiencia en cuanto a técnica. Era un joven de principios, un discípulo de Rudolf Steiner, y me regaló un libro de dichos de Lao-Tsé que a día de hoy sigue siendo mi compañero constante. Aún sintiendo devoción por él, fue un alivio sin embargo poder contar con el saber musical de Adolph Baller -Usiu, como lo llamábamos cariñosamente- al que conocí en Nueva York en 1939.

Judío original de Polonia (como Balsam antes que él), Baller se encontraba entre los mejores músicos que he conocido, genuino fruto de la cultura musical vienesa. Estudió piano con un discípulo de Leschetizky en Viena, donde fue capturado por los nazis tras el Anschluss. Tan pronto se enteraron de que era un pianista, le rompieron todos los huesos de los dedos y lo liberaron para que se enfrentara a un futuro sin esperanza. Con la ayuda de un brillante médico, logró que sus manos volvieran a funcionar y a continuación, junto con su esposa Edith, escapó a los Estados Unidos. Marido y mujer estaban empatados en cuanto a buena disposición. Los horrores que habían visto y sufrido no les empujaron a la venganza sino a apoyarse el uno en el otro y a proteger a su pequeña hija de las tretas que la vida le pudiera reservar. Cuando se hizo posible de nuevo viajar a Europa, le pedí a Usiu que viniera conmigo; siempre encontraba alguna excusa. Sin embargo participó en todas las giras durante la guerra: América del Sur, las islas del Pacífico, el archipiélago aleutiano, y más tarde visitó Australia con su trío (cuyos otros miembros eran Gabor Retjo, chelo, y Roman Totenberg, violín), llamado Alma Trio en honor a nuestra casa, donde por primera vez vio la luz del día. Solo el Viejo Mundo había perdido su atractivo para él.

Usiu y Edith construyeron su hogar en una finca de nuestra propiedad y vivieron allí durante varios años. Me animaron en un momento difícil; Usiu se sumaba a los paseos con los niños por los senderos de la montaña y, de vuelta a casa, ensayaba conmigo nueva música por las bibliotecas.

 

Esos veranos tranquilos estuvieron marcados para mí por la experiencia, muy rara en mi vida, de tocar en cuartetos de cuerda. Dos son compañía, tres son multitud, dicen, y uno ha visto situaciones en las que la regla se cumple; pero para los solistas de cuerda, cuatro parecer ser el número perfecto: aporta registros, contraste y la máxima independencia dentro de un grupo unido. Nadie lleva la voz cantante, todos son igualmente importantes, se pasan el testigo de uno a otro o se funden juntos en el límite de la intimidad, sin perseguir un clímax operístico ni sinfónico. Se trata de música que refina las emociones hasta su destilación más pura, que debe ser percibida, descubierta, más que tocada. Es música de músicos; el cuarteto que no se entrega no existe. Desde un punto de vista puramente técnico, el cuarteto al tocar proporciona una disciplina precisa. Al tocar con un pianista, el violinista debe siempre ajustar la entonación a los templados intervalos del piano, mientras que si se le deja a sus anchas y se le obliga a dominar ciertos pasajes de modulación  armónica muy difíciles de afinar, el cuarteto de cuerda desarrolla una entonación, y un oído, de una exactitud incomparablemente mayor. Las infinitas posibilidades de delicada inflexión y expresión, de balance y reciprocidad, de tomar y ceder el protagonismo, cultivan una sensibilidad hacia el sonido y hacia el lugar que uno ocupa en él que pocas veces se fomenta en la música occidental. Todos los intérpretes de cuerda deberían tener oportunidad de cultivarse en esta exigente escuela. Para mí el placer y el provecho llegaron a tiempo rescatados del deber; conociendo la suavidad y el equilibrio perfectos de los cuartetos que han convivido mucho tiempo, tendría mis dudas antes de intentar  igualarlos sin embarcarme antes en un riguroso aprendizaje.

Las actuaciones de nuestro cuarteto traían a Alma una vez a la semana, durante un día o más, a mi viejo amigo Nathan Firestone, junto con el violinista Henry Temianka y el chelista Willy Van den Burg. Conocía a Nathan, durante muchos años el único viola con el que tuve trato, casi desde hacía tanto tiempo como a Persinger. Tocaba la viola en el cuarteto de éste y, por ser el más veterano de nosotros, organizaba nuestras sesiones en Alma. Era de lo más amable y conmovedor; cuando murió en 1944 su mujer me trajo su viola Testori, que Nathan me había legado. La toqué en su funeral y se la dejé en préstamo a uno de los jóvenes violas de mi escuela. Temianka era la salsa de cualquier reunión, aportando profesionalidad como músico para el lado serio del negocio e innumerables anécdotas y ocurrencias para tenernos riendo el resto del tiempo. Se reveló como uno de esos músicos polifacéticos con talento en muchos terrenos: enseñando, dirigiendo una orquesta de cámara, creando un cuarteto de primera clase y, en sus momentos de ocio, escribiendo amenas crónicas de los desastres que les ocurren a los violinistas.