El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXII)

 

Hoy retomamos los fragmentos del libro del Maestro Yehudi Menuhin. En el capítulo ocho de Viaje Inacabado, titulado Guerra y paz, Yehudi Menuhin nos conduce por una etapa de contrastes profundos: el nacimiento de su hija Zamira y de su hijo Krov, la vida en familia, los compromisos musicales y el impacto de la guerra.

A través de sus recuerdos, asistimos al retrato de una vida cotidiana que transcurre entre conciertos, viajes y momentos íntimos. La llegada de Zamira en 1939 y de Krov en 1940 está rodeada de detalles entrañables: desde la elección cuidadosa de un cochecito inglés como símbolo de elegancia, hasta la decisión del nombre de su hijo, reflejo de su búsqueda simbólica y sonora. La estancia prolongada en Australia, en la granja familiar, se describe como un paréntesis luminoso, en el que la naturaleza, los animales y la convivencia permiten una conexión vital con el entorno.

Os dejamos a continuación este fragmento del capítulo:

 

GUERRA Y PAZ

 

Zamira, mi única hija, nació en 1939. Encargué de Inglaterra a tiempo para su llegada un cochecito de bebé grande y elegante del estilo de los que atestaban Kensington Gardens en tiempos más corteses. Sigo considerando todavía una excelente idea estos majestuosos carritos, mucho más sanos que las sillas bajas de hoy que exponen completamente a los bebés a las emanaciones de los tubos de escape de los coches; pero en cierto sentido el cochecito inglés de Zamira sublimó un deseo mío: intuyendo que nunca poseería un Rolls-Royce, me aseguré de hacerme con su equivalente en vehículos para bebés. Entre otras ventajas tenía espacio suficiente para Krov, una vez nacido, además de para Zamira.

En 1940 nuestro modo de vida se vio alterado por una visita a Australia, constituida por varios viajes que nos llevaron con su ritmo ocioso de la primavera al otoño (¡que inimaginable resulta ahora tener medio año sin ningún compromiso!). Debíamos parecer un clan emigrante más que una familia de vacaciones: con la granja de ovejas de Hephzibah y Lindsay como destino, Yaltah se sumó en el viaje a Nola, Zamira, la niñera de ésta, mi acompañante y yo, y en el trayecto de vuelta Krob, nacido en agosto, aumentó el número de viajeros. Esta fue mi segunda experiencia australiana, pero la primera en la que este país penetró en mi ser, por decirlo de alguna manera. Nunca antes ni después he pasado tanto tiempo en compañía de seres de cuatro patas como entonces, en las 8500 hectáreas de de granja ovejera pertenecientes a mi cuñado y en los establos de su padre. Era una vida al aire libre cuyos componentes eran el sol, el mar y el aliento acre, vigorizante y con aroma de eucalipto del interior. Hephzibah y yo nos reencontramos con los conciertos en Sydney y Melbourne. Hubo muchos recitales; nuestros días activos y soleados hacían de distante telón de fondo a los acontecimientos en Europa, donde la Luftwaffe perdía la batalla de Inglaterra y yo tocaba para cualquier causa que se pusiera a tiro: los británicos, los judíos, la Francia libre … Fue un paréntesis en mi vida que al mirar hacia atrás parece un periodo en el que esperábamos la llegada de una tormenta inevitable.

Krov nació en Melbourne en un hospital gestionado por las Hermanas de la Caridad, quienes me dieron una habitación para el tiempo que durase el parto de Nora, me traían el desayuno todas las mañanas, no pusieron objeción a mis creencias y en líneas generales me trataron con la mayor consideración. Las horas anteriores al nacimiento de Krov se mantienen curiosamente vivas en mi memoria; un acaudalado comerciante de Melbourne me había prestado su colección de violines, y recuerdo estar probándolos en el hospital y a continuación trasladarme a pie hasta el ayuntamiento para un ensayo del Concierto de Brahms, sin saber quién llegaría primero, si el niño o Brahms. Llamamos a nuestro hijo Krov Nicholas: Nicholas por la familia de Nola, naturalmente, y Krov por razones mías particulares. Al igual que mi madre, evité los Tom, Dick, Harry y también los nombres que se repiten de generación en generación en favor de opciones más individuales y exóticas, y habiendo elegido Zamira para mi hija, no fue hasta más tarde cuando descubrí por mi padre que la palabra significaba “pájaro cantor” en hebreo. Como Za mir quiere decir también “por la paz” en ruso, el nombre de nuestra hija era satisfactorio por partida doble. El de nuestro hijo varón requirió de no menos ingenuidad. Yo quería que fuera corto y que incluyera una erre. Fui fiel a la letra erre, o más bien a su sonido, pensando que sugería coraje, valor, fuerza, agresividad, poder -como se puede apreciar, palabras todas ellas provistas de erre- y veía a los nombres de mi familia débiles en cierto sentido al carecer de ella. Mi madre, Marutha, tenía el único nombre bendecido con la erre de todos los Menuhin hasta que se puso nombre a Zamira, y la familia de Nola se encontraba idénticamente desposeída de tal privilegio. Sin duda mi lucha inicial para llegar a dominar la erre inglesa, revivida años más tarde con la francesa y con la alemana, aumentaba su valor para mis oídos. En cualquier caso, ambos requisitos confluían en el nombre inventado Krov, que contaba con un tercer atractivo en su origen ruso: remarcando la letra final significa “sangre” y haciéndola más suave -aproximadamente “krovie”- significa “tejado” o “refugio”. Bendecido con esta gracia, el pobre niño debió desear muchas veces mientras crecía tener menos explicaciones que dar acerca de este asunto, pero de la extraordinaria forma en la que las personas se funden con sus nombres, el de Krov, debido a toda la premeditación que llevó consigo, acabó significando Krov.

Era un niño delicado, pero creció y se volvió activo y fuerte y ahora de adulto es un espléndido ejemplo de entereza. De niño siempre era extraordinariamente agradable, con un carácter más directo y menos complejo que el de su hermana. Cuando se portaba mal o era simplemente atolondrado, enseguida estaba dispuesto a admitir sus errores y a enmendarlos, sin albergar nunca rencores contra nadie ni contra sí mismo. El incidente desafortunado se olvidaba y comenzaba con alegría una nueva fase. En su infancia y la de Zamira, las constantes giras me impedían verlos con frecuencia salvo en el verano, y mi papel en su educación podría haber parecido esporádico y teórico. Les daba sesos crudos para comer, leche de una de las vacas del vecindario para beber, y me los llevaba a hombros en largas y arduas excursiones por las colinas.

Hubo muchos momentos tiernos, pero no podían aliviar ni ocultar las tensiones que atenazaban cada vez más nuestro hogar. Aunque le enseñara a Nola la inocencia del Edén, ella me conducía de vuelta al mundo real. A veces se iba de gira conmigo; se sentaba en lo alto entre el público con entradas de dos dólares, esperando por medio de este recurso hacerme tocar para la galería, o reservaba plaza para cenar en pubs (durante mis viajes los restaurantes no dejaron de ser establecimientos algo extraños para mí) en los cuales los licores y la música suave creaban un Lete gentil que me llenaba de preocupación existencial. Pronto la guerra nos iría separando progresivamente, llevándome por todo el mundo libre, dejándola más y más sola con los niños; y ella, siendo muy joven, espontánea e indómita, se iba cansando de hacer de Penélope y buscando otras formas de canalizar sus afectos.