El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XVI)

 

Esta semana nos adentramos en un nuevo fragmento del capítulo 7 titulado «Interludio en el Edén» del libro “Viaje Inacabado” del Maestro Yehudi Menuhin. El autor nos lleva a un momento crucial de su vida, en el que, después de una exitosa carrera, decide retirarse momentáneamente de la vida pública y embarcarse en un periodo de introspección. En la primavera de 1936, junto a su hermana Hephzibah y el pianista Eisenberg, pasa unos días en París, una ciudad que, por última vez, sería el escenario de un adiós a Europa antes de embarcarse hacia su refugio en California. En este contexto, Yehudi reflexiona sobre su evolución como intérprete y músico, particularmente en su relación con las piezas de Kreisler, un autor que le desafiaba a alcanzar una delicadeza técnica y emocional que aún no había logrado. Este pasaje también nos invita a conocer las inquietudes de su padre, quien, después de años de sacrificios en Europa, ansía regresar a California, anticipando la inestabilidad que se avecinaba en el continente. Entre la nostalgia y la incertidumbre del futuro, el fragmento nos muestra una etapa de transición, un interludio en el que se cierran ciclos y se preparan nuevas etapas de la vida y la música.

 

En el siguiente extracto podréis descubrir cada detalle que el Maestro Yehudi Menuhin nos deja reflejado en sus palabras:

 

INTERLUDIO EN EL EDÉN

 

Antes de retirarnos a nuestra fortaleza del Pacífico, pasamos unos pocos días en París, en la primavera de 1936, para despedirnos de Europa y de Enesco, cuya ópera Oedipe se ensayaba entonces para su estreno en París, y de paso cumplir con nuestros últimos compromisos. Grabé con Hephzibah y Eisenberg el Trío de Tchaikovsky y, sobre todo, acepté finalmente grabar algunas piezas de Kreisler. Mi faceta romántica deseaba desde hacía mucho tiempo transmitir a las damas los sentimientos más sutiles y corteses, deseaba tocar en concreto “Schön Rosmarin” de una forma fluida e irresistible. Pero hasta ese momento no me había siquiera atrevido a intentarlo, ya que sabía que el grado de sofisticación, cosmopolitanismo y comodidad por una compañía elegante, tan característico de Viena y Kreisler, me era muy esquivo. Por fin se recompensaban mis esfuerzos, durante quince años, por captar los matices kreislerianos. Decidí, a modo de preparación, comprarme una grabación de “Schön Rosmarin” interpretada por el propio Kreisler, encerrarme en mi habitación del Hotel Majestic, escucharla, tocarla después de escucharla, tocarla mientras la escuchaba. Después de un duro trabajo de una semana supe que lo había conseguido. Posteriormente he escuchado aquella grabación de 1936 y no tengo motivos para acusarle por haber perdido la confianza en mí mismo: de acuerdo, aquello era Kreisler.

 

Una vez que conseguí cumplir con esa ambición, los días en París ya no dependían tanto de mí. Más allá de París, California nos llamaba, especialmente a mi padre. Mi padre llevaba sufriendo en Europa desde 1927. Había dejado su trabajo y su casa en Steiner Street por mí, sin embargo la finca que habíamos comprado aseguraba que el sacrificio sólo fuese temporal aunque también aumentaba cien veces su impaciencia por volver. Un ocasional comentario explosivo “¡aquella tumba!” expresado sotto voce en el Arco del Triunfo alivió sus sentimientos pero sólo parcialmente. No sólo anhelaba California, sino que además intuía la inminente caída de Europa y nos quería a todos lejos de allí. Y había una tercera razón para justificar su impaciencia por salir. 1936 se anunció como un año sin viajes, hoteles, conciertos, grabaciones, citas y compromisos, un año de descanso, de no movernos del sitio y disfrutar. Aunque entonces no lo sabía, romper con esta rutina supuso cerrar un capítulo de nuestra historia. Antes de volver a la vida pública, a finales de 1937, ya había cumplido veintiún años. Transcurridos otros doce meses más, Hephzibah, Yaltah y yo ya nos habíamos casado, casi los tres a la vez. Mis padres de repente se vieron privados del propósito que había configurado la mitad de sus vidas. El año sabático en la guarida favorita de la familia resultó ser la última celebración familiar. Aba lo llamaba “el año de la madre”.

Comenzó de forma desastrosa. Algunos meses antes, a la mitad de la gira, habíamos recibido los planos del arquitecto de Villa Cherkess y su presupuesto final. Aba se echó para atrás, ante la perspectiva, real en ese instante, de gastar sesenta mil dólares de los ahorros familiares en algo que le resultaba tan querido para él. La pequeña asignación de despreocupación que se permitía se esfumó antes de materializarse la inmensidad de su sueño. Paralizó la construcción antes de que comenzase el trabajo principal. Aunque abandonó la casa, no abandonó su sueño, ya que los sueños se mantienen intactos mientras son soñados. Nos llevó, por tanto, a casa con corazón palpitante, y se encontró con que el hogar era una casita de campo pequeña, calurosa, polvorienta y frágil, prevista en principio para que rebosase de invitados, sin el suficiente encanto ni espacio, situada entre tierra excavada en un lateral de la carretera, sin espacio para el jardín, sin árboles o flores que suavizasen aquella cruel desnudez, a millas de cualquier tienda. Por supuesto que se le rompía el corazón cada vez que iba allí y literalmente se echaba a llorar.