El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXIX)

 

En este fragmento del capítulo “Guerra y paz”, Yehudi Menuhin recuerda el encuentro que transformó para siempre su relación con la música de Béla Bartók. Gracias al director Antal Doráti, descubre la obra del compositor húngaro y queda profundamente impresionado por un lenguaje musical que une la tradición popular con una extraordinaria fuerza expresiva y una dimensión universal.

El relato nos acerca también al contexto en el que vivía Bartók durante su exilio en Estados Unidos y a la admiración que despertaba entre quienes conocían de cerca su legado. Menuhin comparte cómo decidió incorporar algunas de sus obras a su repertorio y culmina el episodio con un momento inolvidable: su primer encuentro personal con el compositor y la interpretación de su Sonata para violín y piano ante el propio Bartók, quien le dedicó unas palabras de reconocimiento que el Maestro nunca olvidaría.

Os invitamos a leer este fragmento de su obra Viaje Inacabado, y descubrir uno de los encuentros más significativos de la trayectoria de Yehudi Menuhin. En estas páginas encontraréis el testimonio de cómo el diálogo entre compositor e intérprete puede convertirse en una experiencia artística y humana irrepetible:

 

GUERRA Y PAZ

 

Fue Antal Doráti quien desempeñó el papel de providencia. En esa época Bartók era sólo otro refugiado más, arrastrado a las orillas americanas por la marea de la guerra, que vivía en un modesto apartamento en Nueva York; enfermo, pobre, y conocido por muy pocos fuera de Hungría, entre los cuales figuraba por supuesto Doráti. Él se encontraba también en Nueva York en 1942, antes de su compromiso en Dallas, y él y yo entablamos una íntima amistad. Músico extraordinariamente dotado, Doráti se había beneficiado también de la inapreciable ocasión de formarse en Budapest en la época en que Bartók, Kodály, Leo Weiner y otros habían establecido un nivel musical tal vez sin parangón en ningún otro lugar del mundo. Como cabría esperarse, los profesionales florecían en el terreno abonado por un amplio público, que también sembró una cosecha de literalmente cientos de cuartetos amateur de cuerda. Por poner solamente un ejemplo, la propia madre de Doráti sabía cantar de memoria cualquier parte de cualquier cuarteto de Beethoven,  y cuando los nazis la hacinaron junto con otros judíos mantuvo la cordura repitiendo insistentemente este repertorio completo en su cabeza.  Doráti era un buen hijo de su madre y de su ciudad, un músico demasiado completo para ser etiquetado simplemente como director o como compositor o como pianista, a la vez que un hombre demasiado completo para ser etiquetado simplemente como músico; también dibujaba muy bien. Como muchos grandes directores – Ansermet y Monteux entre ellos – había comenzado dirigiendo ballet y ganándose una temible reputación entre los bailarines por lo explosivo de su temperamento. Por suerte nunca vi lo peor de éste en todo su esplendor, pero encontré una frescura infantil en su sensibilidad. Como un niño, era pícaro y travieso cuando las cosas le salían bien y hacía pucheros cuando le salían mal.

Un día Doráti invitó a varios amigos, yo entre ellos, a su casa para una velada de música de cámara que duró lo suficiente para provocar protestas por parte de los airados vecinos. Antes de que nos interrumpieran habló de Bartók, me insistió para que descubriera por mí mismo su música, y tocó extractos de varias obras al piano. Como todas las revelaciones importantes, parecía clara, obvia, incluso sonaba familiar, una vez producida. Viniendo del este, la música de Bartók no podía más que atraerme, pero en su grandeza la herencia local se había absorbido, interpretado y refundido en un mensaje universal dirigido a nuestra época y cultura y a todas las demás. Así como dotaba a la música popular de universalidad, también otorgaba dimensión de nobleza a las emociones humanas. Fuerte, con esa fuerza primitiva y ancestral de sus raíces, su música también posee el vigor cultivado de la disciplina férrea que no se concede a sí misma ninguna indulgencia. Aquí, en este siglo XX, ha habido un compositor capaz de aguantar las comparaciones con los gigantes del pasado.

Así pues, empujado por Doráti, acabé amando por encima de cualquier obra contemporánea las composiciones de Bartók, y en particular el Segundo concierto de violín y la Primera sonata para piano y violín (el instrumento propio de Bartók era el piano, pero como todos los húngaros, manejaba el violín perfectamente). Decidí incluir las dos obras en la temporada de 1943, tocando el Concierto en Minneapolis con Mitropoulos – dirigió no sólo el recital, sino también los ensayos,  de memoria, una hazaña increíble que repetía semana tras semana con un programa distinto cada vez – y la Sonata con Baller unos días más tarde en el Carnegie Hall. Entre ambos conciertos, en noviembre de 1943, conocí a Bartók. Antes de mi primera interpretación de la Sonata deseaba la opinión de Bartók acerca de mi forma de tocarla, y le escribí para preguntarle si me escucharía. Mi vieja amiga, “tía Kitty” Perera – violinista también y amiga de Toscanini, una mujer encantadora, cálida con muchas buenas obras y mucho entusiasmo por vivir en su haber – accedió de buena gana a que Bartók, Baller y yo nos encontráramos en su piso de Park Avenue. Cuando Baller y yo llegamos, hacia el final de una tarde invernal, Bartók ya estaba allí, sentado en una silla directamente frente al piano, con la partitura abierta ante él y un lápiz en la mano: una actitud al mismo tiempo gélida y, según mi experiencia, típicamente húngara; Bartók, al igual que Kodály, era despiadadamente severo con sus alumnos. No hubo muestras de cortesía. Baller se dirigió al piano, yo encontré una mesa de poca altura, coloqué sobre ella la funda del violín, lo saqué, lo afiné. Empezamos a tocar. Al final del primer movimiento Bartók se levantó – alterando por primera vez su rígida concentración- y dijo, “no pensaba que la música se pudiera tocar de esa manera hasta mucho después de la muerte del compositor”. Si yo fuera realmente modesto, no mencionaría este cumplido; lo hago porque es una experiencia inolvidable saber que has penetrado hasta el corazón de un compositor a través de tu música, y que este, en vida, tras haberlo dado todo, sabe que ha sido comprendido. Esto rompió completamente el hielo, como es natural; nos presentamos sin lisonjas. Baller y yo tocamos los movimientos restantes.