El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXV)

 

Hoy viernes, os invitamos a detenernos y leer unas nuevas líneas de la obra del Maestro Yehudi Menuhin. En este fragmento del capítulo ocho de Viaje Inacabado con el título, Guerra y paz, Yehudi Menuhin recuerda sus viajes por el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial mientras ofrecía conciertos para las tropas. Entre actuaciones y desplazamientos por distintas islas, describe la experiencia de tocar para soldados en lugares remotos y las vivencias cotidianas que acompañaban esas giras.

El relato alterna momentos de calma —como las mañanas nadando en las playas de Honolulu o el encuentro con mujeres japonesas que recogían algas— con episodios marcados por las dificultades del viaje y la vida militar. También aparecen escenas cargadas de humor junto al pianista Adolph Baller, compañero habitual en esas giras, cuyas peripecias con el uniforme, las vacunas o los alojamientos improvisados reflejan el lado más humano de aquel periodo.

Entre vuelos en aviones militares, aterrizajes complicados y actuaciones improvisadas para los soldados, Menuhin retrata una etapa intensa en la que la música acompañaba a quienes vivían el conflicto desde la distancia o en primera línea. Un testimonio que mezcla aventura, camaradería y compromiso artístico en tiempos de guerra.

Os invitamos a descubrir este fragmento leyéndolo completo a continuación. En sus palabras encontraréis una mirada directa y personal sobre la música y la vida en tiempos de guerra:

 

GUERRA Y PAZ

 

Honolulu, la isla tropical por excelencia en los sueños de uno y en las postales, entonces todavía en una inocencia preturística, ofrecía a los sentidos todas las caricias que les negaban las agrestes Aleutianas. Al viajar de isla en isla, con frecuencia actuaba en tres shows al día, pero por muy ajetreadas que fueran las jornadas, las noches me hacían recuperarme. Me alojaba en una casita en la playa, amueblada de acuerdo al estándar americano de civilización pero con la paz que da el océano. Por muy temprano que comenzara el día, siempre iba a nadar en primer lugar; por muy tarde que terminara, iba a nadar antes de acostarme. Fue aquí una mañana temprano donde vi a mujeres japonesas recogiendo algas; a sus maridos se les había prohibido pescar, una prohibición que atacaba la dieta de los japoneses en su punto más vulnerable: las algas eran una necesidad en tiempo de guerra. Curioso por ver qué plantas elegían, me puse a caminar con las mujeres y me dieron como recuerdo botellas de algas para Alma. Esta pequeña aventura en cierto modo dejó su sello en el interludio en el Pacífico.

Durante todo este tiempo Baller estaba conmigo, resultando el habitante de las Aleutianas o del Pacífico sur, así como el participante en cualquier operación bélica, más sorprendente que se pueda imaginar. Por mucho que lo intentara, no conseguía encontrarse cómodo con la ropa suministrada por el ejército, y en Seattle, desde donde volamos en primer lugar a Anchorage, estuvo a punto de dar al traste con todo el proyecto antes que sufrir las interminables vacunas preventivas; no eran del gusto de nadie, pero para el pobre Usiu resultaban realmente odiosas. En Adak, que en ese momento transformaban a toda prisa en base aérea, los únicos que se permitían el lujo de tener cuarto de baño privado eran el comandante y el capellán. Tuve la suerte de alojarme con el comandante: su retrete se encontraba en el interior; pero Baller, enviado con el capellán, sólo disponía de un baño exterior, el cual, en un infortunio chaplinesco, fue arrastrado por el viento ártico. En otra ocasión, en Phoenix, Arizona, sugerí que alquiláramos un par de caballos, siguiendo el principio de donde fueres, haz lo que vieres. Sería difícil encontrar otros dos cowboys menos convincentes que Baller y yo, pero, sensatamente, los establos nos proporcionaron los ponis más dóciles y tranquilos de la historia. Nos suministraron también chaparreras, como creo que se llaman las tiras de cuero que protegen las piernas. “A ver”, decía Usiu, “¿esto va por debajo o por encima de los pantalones?”. No me pude resistir a aprovecharme de tanta inocencia: “ah”, dije, “¡tienes que quitarte los pantalones!”.

Incidentes de este tipo, los rigores del viaje, la naturalidad informal masculina, simbolizaban en buena medida mi alivio por estar al fin en guerra y participar en ella, aunque me encontrara un poco al margen. Si mis jornadas estaban demasiado repletas para sentirme cómodo, la culpa era mía y de nadie más: por muchos compromisos civiles que tuviera, me ofrecía además para un concierto en el campamento militar más próximo o para cualquier otra buena causa, una agenda que entre un bolo y otro me dejaba sólo el tiempo justo para viajar, desempaquetar mi violín y tocar sin ponerme puntilloso en cuanto a la práctica. De repente volar se convirtió en la forma de moverme de un punto a otro más habitual; al principio era bastante incómodo, en los asientos de metal de los aviones militares. Como era de imaginar, estas tempranas experiencias aéreas ofrecían de vez en cuando aventuras, como la vez que nuestro piloto nos llevó prácticamente a ras del mar bajo un manto de niebla entre una isla aleutiana y otra y luego se elevó con vertiginosa brusquedad al toparnos de frente con nuestro destino; o la ocasión en que nuestra avioneta, amenazando con salirse fuera de una pista arenosa, se detuvo tan de golpe que se inclinó sobre el morro; o el día que el piloto perdió de vista la isla a la que nos dirigíamos y se adentró en territorio enemigo … En esta isla en concreto, Shemya, una simple línea de arena que albergaba una o dos chozas y una base para aviones de caza de la línea del frente, enormes llamas de petróleo ardiendo formaban un extravagante círculo que rodeaba la pista. Mientras volvíamos a toda velocidad desde el lado japonés del océano, nos sentimos aliviados al ver brillar las llamas a través de la niebla, pero en mi caso también al dejar atrás aquella base tan aislada y tan tensa. El único accidente aéreo que sufrí fue una simple nadería. Ocurrió en Puerto Rico; al intentar despegar, el avión acabó entre las cañas de azúcar, pero afortunadamente no ardió. Una vez me permitieron manejar los controles de un bombardero con cuatro motores. En esos tiempos, antes de que se popularizara el piloto automático, se pilotaba mediante el sentido común y la palanca manual; inclinando siempre mi sentido común del lado de la prudencia, conduje la máquina con firmeza rumbo al cielo para esquivar con seguridad una montaña que se encontraba varios kilómetros por debajo. Este tipo de aventuras ocurrían en tiempo de guerra, cuando los incidentes eran muchos y había demasiadas decisiones que tomar para que fueran canalizadas por los procedimientos oficiales. Posteriormente tuve que pedir muchas veces favores al ejercito norteamericano y, que yo recuerde, nunca recibí un no por respuesta.