El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXI)

 

Esta semana seguimos profundizando en el capítulo ocho del libro Viaje inacabado de Yehudi Menuhin, titulado Guerra y paz. En las páginas que comentamos hoy, el Maestro narra un período decisivo en su vida personal: su matrimonio con Nola y el inicio de su camino hacia la independencia familiar.

La boda, celebrada en Londres en 1938 en un contexto marcado por la amenaza de guerra, se adelanta por un motivo muy singular: no perderse un concierto de Toscanini. A partir de este momento, Menuhin describe con sinceridad su dificultad para asumir una vida independiente, marcada por una fuerte vinculación con su entorno familiar y una transición que no fue inmediata. La lectura avanza hacia los primeros pasos en su nueva vida con Nola, la construcción de un hogar propio, y finalmente, el nacimiento de sus hijos e hijas. La experiencia de la paternidad es relatada como un acontecimiento transformador, lleno de preguntas, asombro y nuevas responsabilidades.

En este fragmento, Yehudi Menuhin comparte reflexiones íntimas sobre los vínculos familiares, los errores, el aprendizaje y los inicios de una etapa vital marcada por el crecimiento personal, en plena antesala de los años más convulsos del siglo XX.

Os dejamos aquí este fragmento del capítulo:

 

GUERRA Y PAZ

 

En la mañana del 26 de mayo de 1938 en Caxton Hall, en presencia de nuestros familiares más cercanos, un funcionario británico nos unió en matrimonio a Nola y a mí, leyendo imperturbable el oficio mientras unos carpinteros que estaban construyendo un refugio para ataques aéreos ejecutaban un obligado con el martillo. En principio la ceremonia iba a tener lugar al día siguiente; la adelanté veinticuatro horas para no perdernos una representación del Requiem de Verdi dirigida por Toscanini. Llevados al oeste por una fiebre conyugal hacia la boda de Yaltah en Nueva York en junio y la de Hephzibah en Los Gatos en julio, la última semana de reunión familiar transcurrió mar adentro; no obstante, la partida de mi hermana de la casa familiar no me movió a adelantar la mía.

Yo mismo era el único culpable de mi fracaso a la hora de abrazar la independencia sin reservas; era como si no me hubiera despojado completamente de mi ropa o de mi reencarnación anterior, y quedándome a medias sabía que no estaba haciendo feliz a Nola. Su padre también lo sabía; George Nicholas era una persona notable, de severos principios protestantes, astuto y de éxito en los negocios, con la fuerza del hombre hecho a sí mismo en una sociedad abierta. Vino a California para la boda de Hephzibah y Lindsay (celebrada bajo el roble de nuestro jardín), y antes de volver con ellos a Australia me cogió aparte y me dio un sermón acerca de la infelicidad de Nora. Hubo muchos aspectos de mi vida personal durante ese periodo que, de enfrentarme de nuevo con ellos, abordaría de otra forma; o eso pienso ahora, pero ¿puede uno estar seguro de que no se equivocaría de nuevo y precisamente de la misma manera?  Desde luego mis padres no iban a echarme a patadas de su casa, pero se las arreglaron no obstante para provocar mi partida. Un mes o dos después del rapapolvo de Mr. Nicholas, Aba nos regaló a Nola y a mí la casita de campo sin estrenar construida en 1935. Era lo suficientemente grande para dos, y cuando llegaron nuestros hijos la hice ampliar -gastando en la obra más de lo que habría costado Villa Cherkess de haber sido construida- llamándola Alma en honor de la estación de ferrocarril situada al final de nuestra propiedad. Llevé por primera vez a Nola a la casa tras una luna de miel tardía en Yosemite, escribiendo a mis padres que no iba a volver y esperando su respuesta con aprensión. ¡Qué poco los conocía, desde luego! Aceptaron el acontecimiento con serenidad, como si fuera perfectamente natural que un hijo casado dejara a sus padres. Desde ese momento empecé mi camino hacia la independencia.

Sin lugar a dudas el nacimiento de nuestros hijos supuso un importante avance en este camino. Embarcarme en la paternidad fue una aventura extraordinaria, una experiencia que no resulta menos milagrosa por haber ocurrido ya Dios sabe cuántos miles de millones de veces en la historia del mundo. Con seguridad todos los nuevos padres y madres comparten mi asombro, y efectivamente el que se repitan no priva a las maravillas de la naturaleza de su fascinación, puesto que cada vida es única. Seguí el embarazo de Nola con una atención al mismo tiempo médica y filosófica, interrogando al ginecólogo en busca de información, pero nada de lo que me contó me preparó para el sonido de una voz que nunca había sonado con anterioridad, o para el retorno a San Francisco con una persona más.