
Seguimos, una semana más, disfrutando de las palabras que el Maestro Yehudi Menuhin nos deja como legado en un nuevo fragmento del capítulo 7: «Interludio en el Edén». Yehudi Menuhin nos abre la puerta a un periodo de su vida marcado por la convivencia, la amistad y una atmósfera de libertad creativa y afectiva. A través de un relato que mezcla tanto lo cotidiano como lo sensible, comparte una etapa donde el cuidado de su amigo Daniel, cuya recuperación física incluía un intenso trabajo manual, se convierte en símbolo de compromiso y acompañamiento colectivo. Este fragmento del capítulo ofrece una mirada entrañable a la vida familiar de los Menuhin durante ese tiempo. Yehudi recuerda con detalle celebraciones como el cumpleaños de su hermana Yaltah, donde los disfraces y el humor compartido revelan el espíritu lúdico que impregnaba su entorno. Tampoco faltan las escenas teatrales, los bailes improvisados ni los animales con nombres evocadores, que convivían como parte del universo simbólico y afectivo de la familia. Entre los recuerdos aparece también Rosalie Leventritt, una joven neoyorquina cuya presencia dejó huella. Yehudi describe su carisma y su fobia a los gatos, en contraste con la fauna que les rodeaba. Años más tarde, Rosalie desempeñaría una importante labor de divulgación musical en Estados Unidos, aunque entonces, en Los Gatos, aún no se vislumbraba ese futuro.
Un fragmento que combina memoria, ternura y la fuerza del arte compartido del que podéis disfrutar a continuación:
INTERLUDIO EN EL EDÉN
Parte de la cura de Daniel se basaba en el duro trabajo manual. Nos ayudó a construir la piscina, descargando carretillas de cemento para los obreros que asumieron por tanto su responsabilidad en la campaña de fortalecer a Daniel. Mis hermanas y yo solíamos acompañarle cuando estaba trabajando. Era un buen compañero, listo, se expresa en inglés tan bien como en francés, siempre dispuesto a proponer una excursión o pasatiempos. Dimos una fiesta sorpresa para el decimoquinto cumpleaños de Yaltah a la que todos asistimos disfrazados: Aba de coolie (obrero asiático no cualificado), el pianista Beveridge Webster, un amigo especial de Hephzibah, de indio americano, yo de beduino, Daniel de gitano rumano. Pero además tuvieron lugar otras actividades divertidas. Durante el aniversario de bodas de mis padres interpretamos el tercer acto de Cyrano de Bergerac, yo hice el papel de Cyrano, Hephzibah el de Roxana y Yaltah fue de Guiche y después el monje. El Sr. Keath, un elegante caballero de San Francisco, nos enseñó a bailar el tango de “Jealousy”.
Mi invitada especial fue Rosalie Leventritt, de Nueva York, una chica muy vital, interesante y bella, con un maravillosamente arcaico rostro judío: finos rasgos móviles, grandes y profundos ojos, la marcada nariz de su padre, el pelo oscuro. Rosalie tenía un punto flaco, su ingobernable miedo a los gatos. Resultó una pequeña incomodidad ya que, pudiendo estar en el mismo sitio durante muchos meses, habíamos decidido comprar una reserva completa de animales, que incluía un par de gatos callejeros, Gemila y Pasha, un pastor alemán, Alupka y la cabra Feodosya. No quiero olvidarme de un pato salvaje que confundió nuestra piscina con algún otro lugar pero recuperó el sentido y partió antes de recibir uno de aquellos nombres que transformaban a las bestias de Menuhin, al igual que a los hijos de Menuhin, en emblemas heráldicos (Alupka y Feodosya son ciudades de Crimea, la última en concreto centro de la cultura karaítica). Durante su etapa adulta, Rosalie desarrolló una notable labor musical en los Estados Unidos, ayudando a organizar decenas de miles de conciertos interpretados por jóvenes para jóvenes en las escuelas, a quienes se explicaba tanto las composiciones como los instrumentos. En Los Gatos, por supuesto, no sabía que se ganaría sus galones de esta manera. No hacía, sin embargo, falta que mostrase su entusiasmo, musical o de cualquier otro tipo, para alimentar el afecto que sentía por ella.