25 años compartiendo: El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (II)

 

Con motivo del 25 aniversario de la FYME y en homenaje a su  fundador, el Maestro Yehudi Menuhin, iniciamos una serie de entradas dedicadas a la difusión de sus propias palabras.

La semana pasada comenzamos compartiendo pasajes del comienzo de su libro “Viaje inacabado” en el que hace un repaso a su vida, sus experiencias y aquello que conformó su pensamiento y obra que se plasmó, en última instancia, en la creación de la Fundación que lleva su nombre y de la que FYME forma parte.

Continuamos esta semana con pasajes de la infancia del Maestro Menuhin, en este caso, rememorando la figura de su padre:

 

  1. DÍAS DE ORO

 

Los Mnuchin – así es como mi padre transcribió su apellido ruso a su llegada a Nueva York – se habían establecido en Gomel, una pequeña ciudad equidistante en unos mil seiscientos kilómetros de los mares Báltico y Negro, en el mismo centro del asentamiento de Pale* (región occidental fronteriza de la Rusia Imperial, en la que se permitía el asentamiento permanente de judíos). La familia de mi madre, los Sher, vivía en la periferia del sur de Rusia, no lejos de la ciudad costeña de Yalta, en la península de Crimea. Para que Moshe Mnuchin hubiese conocido a Marutha Sher en Rusia, el destino (o la providencia) habría tenido que intervenir con extraña firmeza, llevando al joven por barco a lo largo del Dnieper e instándole a recorrer la llanura de Prichepomorsk. Resultó más sencillo que les llevase por separado a Palestina, donde se conocieron, y facilitarles motivos distintos para ir a Nueva York donde además de reencontrarse se casaron. Si fue así, el resultado de dicha providencia no sólo fue afable ya que tras estos viajes estaban los pogromos* (ataques que sufrían los judíos durante el zarismo). Me dieron la vida en el mismo momento en que se privaba de ella a otros tantos amigos judíos.

Mi padre era descendiente de rabinos hasídicos, titulares de un oficio hereditario, que dirigían una especie de tribunal en Lubavitch, cerca de Gomel, una típica pequeña comunidad ruso-judía en la que el prestigio espiritual del rabino también le daba autoridad temporal, lo que le hacía ser por partida doble el centro de una sociedad que crecía hacia dentro, rechazada por la sociedad mayor a la que pertenecía, pero con el suficiente sustento para sobrevivir y el sueño de Jerusalén como futuro. Los hasídicos, cuyo movimiento se origina a finales del siglo XVIII, fueron en su momento rebeldes entre la Gente del Libro, que glorificaban la comunión extática más que la comunidad legal, premiaban la mística entre los alumnos y rechazaban la religión puramente cerebral en favor de las danzas y la música, para mayor gloria de Dios. Un enfoque tan animado sobre la piedad se habría amoldado admirablemente bien a mi padre si no hubiese sido porque la espontaneidad hasídica ya se había institucionalizado en su época, obligándole a rebelarse nuevamente. En 1904, un año antes de las atrocidades antisemíticas de 1905 con el estallido de un pogromo en Gomel, la viuda de Moshe Mnuchin y madre casada en segundas nupcias decidió llevarse a su hijo de once años a Odessa y le embarcó en un barco de vapor, el Kornilov, con destino a Palestina, a la casa de sus abuelos paternos. Creció en Zion, nunca volvió a Rusia y aceptó, feliz, que su lengua y recuerdos se desvanecieran. Mantuvo, eso sí, un recuerdo conmovedor: era un niño cuando su padre murió y recordaba cómo correteaba con su triciclo alrededor del cuerpo que yacía en el suelo. Hasta el final de sus días no se perdonó la falta de respeto provocada por su infantil falta de comprensión.

Uno no forma parte impunemente de la tradición ortodoxa. En Jerusalén y bajo la protección de su devoto abuelo, estaba obligado a leer la Biblia, a estudiarla, recitarla y balancearse al ritmo de los rezos durante toda la noche, orando sordo y ciego al mundo que le rodeaba. Vestido con el pesado manto negro, diseñado para climas del norte y utilizado para la angustia de su mente y su cuerpo, dada la temperatura en el Medio Este, con sus tirabuzones y sus pies dentro de toscos zapatos, seguramente parecía el arquetipo del pobre estudiante judío. Sin embargo, su deseo de libertad le fue sacando constantemente del entorno en el que su familia quería que viviera, lo que supuso no sólo que su mentor se escandalizase sino que además se metiese en problemas. En una ocasión voló una cometa con unos amigos árabes y fue reprendido; tomó una o dos lecciones de violín y afligió el corazón de su abuelo. ¿Cómo podía distraer un judío su mente con esas frivolidades cuando el Templo todavía no había sido reconstruido? De las muchas anécdotas que contó mi padre, hay una de ellas que ha contado en muchas ocasiones, ya que ilustra su disposición a ver el mundo en blanco y negro, reservando ciertas sombras de gris para algunas víctimas anónimas de la sociedad. Trata sobre los dos privilegiados objetos de preocupación bíblica: los ojos y los dientes. Uno de los dientes de la boca de mi padre había crecido siguiendo un extraño ángulo, sobresaliendo lo suficiente como para sentirlo constantemente, y lo que es más doloroso, para ser constantemente visto. Lo que hizo que una pequeña se transformara en gran molestia fue la advertencia de su abuela de que, al ser aquel diente irregular uno de los caninos, sus ojos se le “caerían” si se lo extraía. Como prefería ser feo a ser ciego vivió durante años buscándole las mangas al chaleco hasta que un día, en Jaffa, la placa de un dentista provocó una decisión, sin duda ya tomada en su subconsciente. Al cabo de una hora salió más pobre por culpa de aquel afrentoso diente pero todavía capaz de ver el camino de vuelta a casa. El dentista casualmente era un árabe, a partir de entonces símbolo de la virtud árabe, que de manera involuntaria le suministró un granito más de sustancia de la ya creciente desilusión de mi padre por el sionismo. Sin embargo, creo que lo que le llevó a su definitivo rechazo fue la exasperación que le produjo su limitada ortodoxia religiosa.