Volvemos otra semana a recorrer el “Viaje Inacabado” del Maestro Yehudi Menuhin. Hoy, Yehudi Menuhin rememora y comparte su experiencia como músico itinerante y los profundos sentimientos de separación que las giras le generaban. Aunque era un joven hogareño, el viajar se convirtió en un hábito que, aunque cargado de dolor, le brindó una riqueza personal invaluable.
En el extracto de hoy recuerda sus primeros años de giras, unas giras que le ofrecieron una mirada única a los paisajes y culturas de Estados Unidos. Desde la vibrante ciudad de Nueva Orleans, con sus balcones de hierro forjado, hasta el descubrimiento del jazz en los barrios marginales, cada viaje aportó una nueva perspectiva. Menuhin describe cómo, a través de sus giras, pudo experimentar la diversidad de su tierra natal y profundizar en la variedad que caracteriza a su propio país, como en la primera vez que visitó Palm Beach, tras un acto de persuasión con sus padres, quienes inicialmente dudaban sobre el lugar debido a su origen judío.
Además, el violinista destaca la importancia de sus acompañantes musicales, como Louis Persinger y, más tarde, Marcel Gazelle, quienes jugaron un papel fundamental en su vida profesional y personal:
VIAJES DE INVIERNO
Durante el transcurso de setenta años he debido vivir más despedidas angustiosas que casi cualquier otro ser humano. Creo que éste es un aspecto de la vida de los que estamos en gira que no se entiende suficientemente bien. Conozco algunos artistas itinerantes que se toman a la ligera las despedidas, que están impacientes cuando deberían encontrarse tranquilos. Yo era por el contrario una persona hogareña, un chico familiar al que siempre le ha gustado estar en casa. No pretendo sugerir que el constante viajar que ha caracterizado mi vida no haya sido otra cosa que una terminal de carga con pena interior y fortaleza exterior, por el contrario, viajar fue un hábito que adquirí muy pronto y que me ha recompensado con creces aunque a cambio ha demandado el agudo dolor de la despedida. Durante los primeros años de gira Aba y yo nos despedíamos de mi madre y mis hermanas y de Europa para pasar tres meses en los Estados Unidos. Una de las despedidas durante ese periodo fue especialmente angustiosa, la que sucedió en Nápoles el 7 de enero, el día del cumpleaños de Mammina que pasamos completamente por alto con toda la agitación del viaje. Mi madre fue demasiado orgullosa como para recordárselo a Aba, demasiado humana para no dar importancia a su olvido. Mi padre, mientras tanto, en las más absolutas tinieblas, atribuyó su ánimo a la inminente despedida hasta que apenas una hora antes de la partida del barco se desataron atrozmente en él la luz y la memoria. Incluso cuando no tenían lugar calamidades de este tipo, las separaciones de la familia eran siempre muy conmovedoras y el anhelo del reencuentro oscurecía siempre los placeres de la aventura.
A pesar de todo, anhelaba el camino abierto. El olor a otoño y a motores de vapor se mezclaban en mis fosas nasales con el mismísimo aliento de la vida nómada que comenzando en octubre duraba seis meses del año. Lo podía oler como un potro olfateando los verdes prados. Desde entonces y durante todos estos años, las giras han sido casi una rutina en mi vida, como lo es ir diariamente a la oficina para muchos hombres. Cada nueva estación, nuevo hotel o nueva sala de conciertos tiene una notable similitud a los anteriores. Quizás sea consecuencia de que la curiosidad y la satisfacción por viajar se hayan debilitado. En mi juventud cada viaje era un viaje lleno de descubrimientos, incluso aunque ya lo hubiese hecho anteriormente.
El Maestro Yehudi Menuhin con su Majestad, la reina Dª. Sofía
Me emocionaba viajar del interior a un puerto de mar. El tren que me llevaba al puerto era de hecho distinto al resto de los trenes rodando por aquellos cortos recorridos pero con el glamour del mar como destino. Si el puerto era, por ejemplo, Le Havre, la conexión entre el tren y el barco era sencilla, a pie a lo largo de un muelle cubierto. En otras ocasiones nos dirigíamos a los Estados Unidos en un trasatlántico británico desde Cherbourg, en donde un trasbordador conectaba el barco y la orilla. Generalmente la embarcación, de noche y con fuerte vendaval, se balanceaba en el canal, cargada de pasajeros y equipajes, se elevaba por encima de las olas, se abría camino entre el viento salpicada de espuma y lluvia. Sumidos en esta fría congoja, sin embargo, nos íbamos acercando al allí anclado gran palacio iluminado, divisábamos a los marineros dispuestos ya para sujetar la pasarela y finalmente subíamos a bordo de aquella maravillosa liberación de luz y cordialidad, ¡qué placeres tan embriagadores, cuánto se ha perdido el mundo con su ausencia!
Al otro lado del Atlántico estaban los Estados Unidos esperando ser explorados, una tarea tan vasta que necesitó de varios años de giras para poder más o menos ser conseguida. Aba y yo íbamos sentados en el tren panorámico mientras cruzábamos las praderas o el Gran Lago Salado, oliendo a ruedas de hierro sobre raíles de hierro, escuchando el claqueteo, llenándonos de polvo y arena antes de volver a pasar al interior del tren. Así vimos por primera vez Texas, la primaveral abundancia de cornejos y azaleas en los estados sureños y los Everglades de Florida. Viajamos a Nueva Orleans en el Crescent Limited, un tren tan magnífico que sólo disponía de habitaciones privadas y en el que todo el servicio era blanco (es difícil entender que tal snobismo se daba por hecho desde hace relativamente poco tiempo) y una vez llegados allí comimos deliciosos cangrejos y nos maravillaron los balcones de hierro forjado de sus casas. Las giras implicaban ratos de ocio ya que solíamos permanecer unos pocos días en cada destino, teníamos tiempo suficiente para visitar lugares y paisajes de interés y en general para apreciar la tremenda variedad de mi tierra natal. La primera vez que estuve en Palm Beach fue acompañado de toda la familia y después de haber tenido que utilizar grandes dotes de persuasión con mis padres. Jack Salter, mi agente, nos informó de una oferta de cinco mil dólares por un concierto en el Everglades Club, el elegante local de una elegante ciudad, detalles que precisamente no traían consigo la entusiasta aprobación de mi padre o mi madre. De hecho sugirieron que aquel club muy probablemente no admitiría judíos. El Sr. Salter dijo, contrariamente a lo que pensaban, que el contrato había sido redactado por el Sr. Seligman. Con esta garantía, mis padres admitieron aquel primer acto en sociedad y todos nos fuimos a Florida para descubrir que el Sr. Seligman era el único judío en el local. Fue interesante poder conocer desde dentro la vida de la alta sociedad, verles jugar al polo, que me parece entre todos los deportes el más divertido de ver, bañarnos en las maravillosas playas y maravillarnos de la extraña vegetación de los Everglades. Es más, en Palm Beach escuché por primera vez en mi vida grass-roots jazz. En los arrabales de la ciudad un grupo de chicos negros se divertían tocando con tablas de lavar y otros instrumentos. Me quedé profundamente impresionado.
Después de uno o dos años de separaciones familiares como consecuencia de los trimestres americanos, mis padres decidieron que sería más positivo para todos nosotros que Mammina y mis hermanas estableciesen una base en Nueva York donde nos reuniríamos a la vuelta de conciertos en Boston, Nueva Orleans o donde fuese. El trabajo de viajar seguía concentrado en Aba y en mí. Un flujo constante de cartas, telegramas y, con el tiempo, llamadas telefónicas tendían el puente sobre nuestra separación, eran arterias que permitían que la sangre familiar estuviese caliente y en circulación.
Mi padre y yo éramos más o menos compinches durante nuestros viajes. Nunca le consideré un mentor o un profesor, mucho menos un policía, aunque naturalmente se preocupaba por mi bienestar. Era un hombre solícito. Si bien Mammina le tomaba el pelo con su “pl-pl-pl-planes”, el slogan impenitente de mi padre era “comprueba y vuelve a comprobar”. Uno de los objetos principales de su doble verificación era todos los cambios bruscos de temperatura y pare evitar los posibles riesgos nos obligaba a toda la familia a dormir con calcetines y zapatillas a mano, nuestras defensas contra el maligno diseño de los fríos suelos matutinos. A menudo reprendía a mi madre por poner su vida en manos de sus pies, ya que le importaban un pito ese tipo de peligros; aquello no era para mí una carga, yo sí estaba conforme. Resulta curioso que no solía cambiarme de camisa después de actuar hasta que un día, después de un concierto en Leipzig, Bruno Walter me dio una botella de linimento con fragancia de pino y me recomendó que siempre me diese unas friegas y me hiciese después un cambio de ropa. Aba, siempre rigurosamente fiel a las reglas que adoptaba, nunca descuidó esa tarea mientras estuve a su cargo.
A pesar de todos sus cuidados, nunca me pudo proteger del desgaste natural al que me sometían las giras. En Boston me sucedió una vez un hecho que a todas luces era inevitable y que, de no haberme puesto entonces sobre aviso, lo habría acabado haciendo más tarde: me dormí en medio de una actuación. Durante el segundo tutti del concierto de Beethoven perdí la noción de lo que estaba sucediendo y me relajé tan placenteramente que me quedé en blanco, como un caballo durmiendo alzado en un campo. Como dos compases antes de que tuviese que entrar, me di cuenta de que estaba en escena, con una orquesta detrás de mí, el público delante, Serge Koussevitsky intentaba llamar mi atención y parecía esperar alguna reacción mía durante los siguientes cinco segundos, demasiada eficacia para un reflejo condicionado. Aunque me quedé contento por haber superado aquella situación, siempre he lamentado que mi sueño no hubiese sido lo suficientemente profundo como para haberme portado más allá de mi entrada y haber así probado la veracidad de mi relato.
Una de las responsabilidades de mi padre era la de protegerme de los periodistas, tarea que desempeñó de forma muy efectiva. Dio algunas entrevistas a lo largo de los años, mi madre sólo dio una y yo ninguna hasta que crecí. De vez en cuando teníamos una sesión fotográfica, durante la cual unos pocos periodistas, reunidos con las voluminosas cámaras que entonces usaban, llenaban aquellas pequeñas bandejas de polvos, activaban después los flashes y nos abrumaban a todos los presentes con un humo asqueroso. Aquellos breves encuentros fueron toda mi experiencia con el mundo periodístico.
No me cabe la menor duda de que Aba se preocupaba mucho más por mí que por sí mismo. Durante los primeros años de gira sufrió cólicos biliares intermitentes, muy dolorosos, que crecieron poco a poco en intensidad y de los que finalmente sería operado en Nueva York. Su operación coincidió con mis compromisos americanos, de modo que Mammina tomó su lugar. De repente sentí que ya no era un niño, me hizo sentir de manera muy inteligente y delicada (como ya había hecho en ocasiones anteriores) que era ella quien estaba a mi cargo, confiado le enseñaba los sitios, le daba consejos sobre lo que se podía desayunar, le indicaba aspectos de interés, como si se tratase de un experto tratando con condescendencia a un principiante.
Además de mi padre o mi madre, siempre me acompañaba una tercera persona, mi acompañista. A diferencia del pianista, el violinista no se presenta sin apoyo, ya que existe un número muy limitado de obras en las que actúa como solista. Louis Persinger me acompañó durante mi primera gira en 1928, aunque luego para Europa tuviésemos que contratar a alguien. No era un trabajo que pudiese asumir cualquier candidato ya que no sólo debía tocar el piano adecuadamente, debía también amoldarse a nuestro círculo familiar. Louis Kentner fue el elegido durante un breve periodo para este difícil papel, pero su talento y personalidad le hacían ser demasiado bueno para el puesto, habría tenido que superar la presión familiar. Por un agradable capricho del destino acabaríamos compartiendo juntos escenario al mismo nivel y también llegaríamos a ser cuñados. Muchos fueron los acompañistas durante tantos años y algunos fueron amigos para toda la vida. Hubert Giesen fue el primero, recomendado a tiempo por Adolf Busch para la temporada 1929-1930. Era un buen músico, persona de fiar y firme defensor de la tradición alemana, algo inflexible. Respetaba a mi madre y sus normas mientras que yo confiaba en su interpretación y en general disfrutaba de su compañía. Después de dos temporadas con “Hoopsie”, que es como le llamábamos, el americano Sam Franko, violinista, profesor y compositor, que se había jubilado e ido a vivir a Berlín, nos propuso a Arthur Balsam.
Arthur Balsam fue uno de los mejores músicos que haya conocido. De origen judío polaco, necesitaba la música como el oxígeno. Había ido a Berlín a respirar, a estudiar en la Hochschule, a no perderse un solo concierto, recital o ensayo público. Era la viva imagen de un joven estudiante amable, gentil y sensible, que en vez de pasar los días y las noches con el Talmud, los pasaba practicando y escuchando, inundando en cada minuto libre su cabeza con partituras de bolsillo. Del mismo modo que algunas mujeres hacen punto para aliviar sus nervios y concentrarse, él escribía música, creando cada nota con meticuloso cariño. Era muy entrañable, tímido lejos del piano pero lleno de vitalidad y autoridad frente a él. Por aquel entonces, Willa Cather me regaló los poemas de Heine y el Fausto de Goethe. Balsam, que hablaba un buen alemán, y yo leímos juntos estas piezas de poesía. Posteriormente fue durante muchos años pianista de la Filarmónica de Nueva York y llegó a ser un célebre solista y profesor. Cuando Balsam nos dejó para seguir su propia carrera, trajimos a la familia al excelente pianista belga Marcel Gazelle.
Marcel, al igual que mis hermanas, había estudiado piano con Ciampi, y de hecho fue una recomendación de Ciampi la que le trajo a nosotros en 1933. Estuvo con nosotros hasta que nos fuimos de Europa, hizo todas las giras de invierno, dio la vuelta al mundo con nosotros en 1935 y a partir de entonces nos perdió de vista pero sólo temporalmente. Espero que quede claro en los próximos capítulos que hubo pocas personas que jugasen un papel más importante en mi vida que el jugado por Marcel. Con él redescubrí Europa cuando la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin y con él fundé mi escuela, de la que fue su director musical durante sus últimos años de vida. Fue uno de mis más queridos y valorados amigos y colegas. Desde el principio encajó tan fácilmente en mi entorno familiar que fue como si de repente hubiese encontrado un hermano mayor.
Pequeño, ligero, ágil de mente y cuerpo, era el mejor compañero que uno pudiese desear, el más dulce y amable, se le podía tomar el pelo con facilidad, con un sentido del humor que ni siquiera pudo ser mancillado cuando en pleno mar de Tasmania Hephzibah, Yaltah y yo le dimos a comer una mezcla de arenques y crema de chocolate mientras se sujetaba completamente mareado a su cama. Todos le queríamos mucho. Prueba de ese reconocimiento es que todos tuviésemos la misma opinión sobre su persona, sin la más mínima reserva. Marcel, por su parte, nos entendía tan bien como la propia familia podía entenderse entre sí. Había crecido en una región horticultural de Bélgica y tenía por tanto una permanente predisposición al aire libre y quizás también la paciencia del jardinero que quiere que su hijo se desarrolle a un ritmo natural. Autosuficiente desde una temprana edad y dotado de una mentalidad franco-belga increíblemente práctica, nació ya como un solucionador de dificultades, despachando en los primeros tiempos con facilidad problemas de viajes, maletas, horarios, citas, posteriormente demostrando su capacidad organizativa primero en el departamento de piano del conservatorio de Gante y después en mi escuela Stoke d’Abernon. Era extraordinaria su capacidad para combinar sus dotes de dirección con su auto-sacrificada disposición de ayuda. Marcel se casó a finales de los años treinta con mi amiga de infancia y compañera violinista Jacqueline Salomons a la que llevó a Gante. Cuando, años después, le convencí para trabajar conmigo en Inglaterra, ella también se vino y colaboró como profesora de jóvenes violinistas en Stoke d’Abernon. Me encanta observar que se han conservado ciertos vínculos con el pasado y que en Surrey perduró algo de Enesco, no sólo a través mío sino también y hasta su muerte a través de Jacqueline.
Mis viajes me han enseñado algo a lo largo de mi vida: la música es un reflejo de la sociedad, los paisajes, incluso la variedad climática y geológica. Pongamos a Brahms por ejemplo: sus obras son el resultado de las tierras brumosas del norte de Alemania, llenas de búsquedas a tientas, lasitud e introspección. La niebla les da una sensación de infinito, puede que sólo tenga dos pies de profundidad pero igualmente cubre el mundo, no hay certeza. Y en esta incierta e insondable infinidad brumosa uno se vuelca en sí mismo en la búsqueda del alma. No es una casualidad que la gente de Hamburgo y Bremen comprendan a Brahms como nadie lo hace o que Toscanini, formado en la nítida y dura luz de Italia, no pudiese completar los espacios silenciosos de la música de Brahms. Todavía es muy pronto para poder decir si la música moderna, que ha perdido en gran parte sus raíces y está a merced de los cambiantes vientos culturales, podrá reflejar nuestra sociedad global de un modo tan satisfactorio como el que logró reflejar la música del pasado de aquellas sociedades más estables. Probablemente, un compositor no puede sobrevivir sin una base local, pero para un intérprete, haciendo así justicia a muchos compositores, sí es una ventaja tener muchas líneas de ascendencia. No soy muy consciente de las distintas influencias en mi interpretación de cada una de las mías, fusionadas hace mucho tiempo. Represento, en cualquier caso, a las partes francesa, alemana, italiana e inglesa de la fundación ruso-judío-americana, y entre todas ellas proporcionan una brújula con media docena de estrellas polares, cada una de ellas corrigiendo la lectura de la otra. Cada actuación tiene que ser suficientemente clásica para la parte alemana, suficientemente expresiva para la parte rusa, suficientemente brillante para la americana, suficientemente elegante para la francesa, suficientemente verdadera para la inglesa… Obviamente, la brújula no se maneja de forma consciente. Estas cualidades nacionales son importantes en tanto que forman parte de mí y me representan musicalmente como un ciudadano del mundo. Los fundamentos de mi ciudadanía ya se fijaron en mis viajes de adolescente que me llevaron no sólo por todos los Estados Unidos, sino también a lo ancho y largo de Europa y a través del Canal a las Islas Británicas.
Cuando llegamos a Gran Bretaña en 1929 sentí que incluso los muelles respiraban una atmósfera distinta de la que había vivido en los muelles americanos y franceses, una atmósfera de calma madura, que me convenció de que los siglos habían enseñado a aquella gente el saber de la moderación. Tengo dos claros recuerdos del Londres de hace más de sesenta años, uno de ellos es aquel caballero que se nos presentó, desmontando de su caballo, en Rotten Row al día siguiente de mi recital, nos enseñó algunos monumentos de la ciudad y posteriormente en su casa su colección de maderas de todas partes del planeta. Su nombre era Don Alexander L. Howard, un comerciante de maderas, con unos conocimientos del tema que iban más allá de lo que demandaba el comercio y llegaban al mismo disfrute. Fue el primer ejemplo que conocí de amateurismo, un elevado interés y placer por la vida y que considero una de las más admirables cualidades de los británicos.
El otro recuerdo es el de los almidonados e inmaculados mandiles de las camareras que venían a nuestra habitación del hotel a preparar o rellenar la chimenea con carbón de un cubo de latón. Las tradicionales chimeneas abiertas inglesas de carbón, reminiscencias de Charles Dickens, me gustaban mucho y me parecían muy pintorescas. Y si añadimos al cuadro aquellas tranquilas, alegres y serenas camareras que lo atendían, se obtiene una imagen acogedora, que no adusta, de Inglaterra.
Mi impresión primordial, en ésta y siguientes visitas a Inglaterra, era que mi padre se relajaba. Aba estaba generalmente feliz durante nuestras giras, disfrutaba tanto como yo de la mezcla de libertad y finalidad, pero en Inglaterra respiraba con tranquilidad y mostraba su confianza en el mundo y, por ejemplo, nunca cuestionaba la repetición de conciertos, lo que sí hacía en otros sitios. Incluso cuando estuvimos allí toda la familia, vivíamos a otro ritmo, como si estuviésemos apoyados por una sociedad que compartía con nosotros la visión de virtud en el trabajo, paciencia y disciplina y que no nos hacían sentir diferentes, incluso considerábamos como de buena educación que nos aclamasen tan extravagantemente.
Este país del decoro sorprendentemente abrigó una de mis primeras relaciones de sangre que llegué a conocer (hubo otras posteriores en Rusia e Israel). Incluso alguien como yo, rodeado diariamente por numerosos primos y tíos, habría valorado a la familia Miller. Para mí fueron todo un hallazgo. Familia lejana de mi madre, el tío Jack y la tía Edie vivían con sus hijos Jon y Sonia en una bella y gran casa antigua cerca de Richmond Park. El tío Jack, que era propietario de una cadena de tiendas de tabaco, era el tipo de persona cuya generosidad te deja indefenso. Admirar, por ejemplo, su reloj suponía arriesgarse a que inmediatamente te lo regalase, y a pesar de que aprendí a mantener esa peligrosa admiración para mí mismo, a lo largo de los años fui destinatario de innumerables objetos de gran valor sencillamente porque estaban allí y el tío jack había pensado que sería bonito que yo los tuviese.