
El “Viaje Inacabado” que escribiera el Maestro Yehudi Menuhin nos acompaña una semana más para adentrarnos en los pensamientos, certezas y filosofía de este humanista que nos legó un mensaje de creencia en que la música podía ser la mejor herramienta para concienciar a la humanidad de la necesidad de paz y convivencia:
LA CASA POR EL TEJADO
Durante la tarde anterior al segundo concierto en Nueva Cork, Hephzibah, Yaltah y yo nos dirigimos a tomar nuestro habitual descanso post almuerzo a nuestra habitación del Hotel Colonial de la calle ochenta y uno. Generalmente éramos muy respetuosos con el silencio de la siesta, pero ese día en concreto estaba demasiado nervioso para cumplir con las normas y la solidaridad de mis hermanas era demasiado absoluta como para tentar su protesta. No me preocupaba el próximo concierto, sabía que había tenido éxito la noche anterior y que tocaría probablemente igual de bien una segunda vez. Dado que esta circunstancia no me daba sueño, decidí pasar la hora de descanso discurseando sobre una serie de tópicos a mi receptivo público. Lo primero que entonces me preocupó – es curioso que pueda fecharlo tan exactamente – fue que no pudiese sentir el peso de mis miembros. Quizás es lo que la gente llama dolores de crecimiento: el cuerpo, que hasta ese momento se da por supuesto, parece escapar del propio control de modo que los músculos se agarrotan involuntariamente y pierden el tranquillo de relajarse. Me tumbé en la cama y estiré mis piernas y brazos pero no logré sensación de inercia de ese modo, algo que resulta poco sorprendente considerando lo que me había puesto a hacer. Pasarían más de veinte años antes de que comenzase a entender el funcionamiento de articulaciones y músculos, o su importancia a la hora de tocar el violín; se ha ido produciendo durante todo este periodo un progreso constante al extremo de que hoy en día puedo sentir el peso de un solo dedo y notar en los músculos del hombro el más mínimo movimiento de un brazo. Pero aunque me haya llevado una vida entera resolver el puzzle, aquella misma tarde de Noviembre ya supe que había un puzzle a resolver.
Del mismo modo supe, y desde mucho antes, que mi vida estaba de alguna forma llena de incógnitas. Una característica de la carrera de un violinista es la de irrumpir de modo brusco en escena. Desde su propio punto de vista obviamente no hay nada brusco en una presentación que es el resultado de años de trabajo, pero mientras que la mayoría de escritores y pintores, de arquitectos y compositores, se dan a conocer de forma gradual, siguiendo las leyes humanas del crecimiento, la personalidad del escenario se ve reflejada de repente en la atenta mirada del público, como Afrodita, nacida de la espuma en las costas de Chipre, bellamente completa, sólo que yo además era más joven que ella. La plenitud, sin embargo, reside en los ojos de quien la contempla.
La música nos es dada junto con la existencia. Un bebé llora, grita o habla con su propia voz pero va un paso más allá cuando canta. Por encima de otras artes, se puede poseer la música sin necesidad de conocerla. Siendo en gran parte una expresión del subconsciente, toma sus fuentes directamente de todo lo que hay en nuestras tripas, mentes y almas, sin necesidad de desviarse por las aulas. Yo conocí esa ruta directa gracias a Dios. Aprendí a amar la música antes de aprender a expresarme. Recibí la materia prima cuando todavía apenas podía leer o escribir. Pronto sentí el milagro de poder tomar un violín y hacerlo hablar, comunicar con otros, expresar los pensamientos y los sentimientos de grandes compositores. No hay duda alguna de que mi gran aptitud me permitía incluso aventajar a mis profesores en determinadas interpretaciones, sin embargo, este fenómeno se suele considerar más misterioso de lo que en realidad es. Un violín en la mano, un joven talentoso con música en su corazón, un maestro capaz de inspirarte y la capacidad para tocar por sentimiento e imitación, todo ello puede evitar obstáculos aparentemente insuperables en la mente de un adulto, que tiende a levantar barreras con todo tipo de requisitos a superar antes de ganarse el derecho de autoexpresión. Sin títulos, sin antecedentes o experiencia, sin el anhelo, la excitación y la desilusión adolescentes, a los siete u ocho años podía tocar casi tan bien como cualquier otro, y mejor que la mayoría, la Symhonie Espagnole. Fue una suma bendición rodearme de grandes músicos en quienes inspirarme. Una mala enseñanza arruina a muchos jóvenes, pero no fue mi destino recibir una mala enseñanza o cualquier tipo de enseñanza en el sentido literal de la palabra. Seguro que si me hubiesen puesto a estudiar con un maestro de primera clase, con Carl Flash o Dounis, habría resultado ser una experiencia mutuamente desalentadora – para él porque yo habría sido capaz de tocar adecuadamente sin su enseñanza y para mí porque sus métodos me habrían privado de la música. Sin embargo, mis profesores fueron ante todo espléndidos músicos, además de magníficos violinistas, de modo que conocí desde el principio el sonido y sentimiento de una estrofa o una interpretación, absorbiendo su ejemplo por intuición, por reconocimiento, sin el inconveniente de analizar significado y mecanismos. Debo el éxito de mi concierto de Beethoven en Nueva York a la experiencia de Enesco.
La experiencia de Enesco era, sin embargo, fruto de la vida, y la vida era precisamente algo que yo no había todavía acumulado por cuenta propia. Una cosa es tocar maravillosamente un pequeño repertorio y otra es haber vivido lo suficiente como para entender a Mozart o tocar todos los cuartetos de Beethoven o simplemente comenzar a saber algo del mundo. Mis fieles y prudentes padres se preocuparon por no limitarme a hacer aquello que me resultara fácil, me salvaron de la imbecilidad musical, si se puede aceptar la expresión, me dieron además libros, idiomas, naturaleza, vida familiar y más cosas; pero no hay nada como una biografía instantánea. La madurez, en la música y en la vida, se obtiene viviendo. En cierto modo, tuve que edificar mi madurez desde una perspectiva inusual, ya que había partido desde la cima.
Fue como si uno estuviese suspendido de un globo en un piso cincuenta sin poder apuntalar un andamiaje de paciencia al que sujetarme mientras se desinflaba. Referido a Beethoven, sabía que de algún modo había comprendido aquella visión, o al menos, la había percibido, antes de que se empezasen a llenar los espacios intermedios – espacios a rellenar por contacto con la vida tanto o más que por contacto con la música. La dificultad estribaba en bajar por los hilos del globo y subrepticiamente construir desde abajo hacia arriba sin haber vivido nunca allí abajo. Las lecciones que, siguiendo el curso ordinario de los acontecimientos, los niños aprenden en la escuela, mientras juegan, en las calles o en pandilla, debían aprenderse en etapas posteriores de la vida: esa competencia existe para conseguir poder, liderazgo, para satisfacer la avaricia, para lograr un objeto, una persona, una mujer. En mi juventud no hubo competencia, no hubo indicio de hacer daño intencionado al vecino en aras al propio ascenso. Por un lado mi talento me salvó: tan pronto como pude tocar profesionalmente, apoyos, compromisos y honorarios recayeron sobre mí, sin esfuerzo alguno. Por otro, la gente que conocí – creo que tuve mucha suerte al margen de que mis padres llevasen a cabo una selección escrupulosa – fue de una bondad extraordinaria. En tercer lugar, los principios familiares edificaron un mundo ideal en torno a mis hermanas y mí mismo. Es verdad que sería difícil y doloroso conciliar la fluidez de la vida real con la escarchada perfección de los valores que rigen la infancia; es verdad, también, que perdí seguramente algo de resistencia, agudeza, colorido y fascinación dada aquella inmóvil seguridad de mi educación. Mucho, mucho después, Sasha Schneider me contó que en la primavera de 1929, mientras hacía mi debut en Berlín, él – un niño y violinista como yo – tocaba para ganarse la vida en burdeles en una pequeña ciudad polaca. Me dijo que se había sentido muy celoso. Pues bien, si nos hubiésemos conocido entonces, estoy seguro que él habría mostrado la personalidad más brillante y yo la lengua más trabada. Sin embargo, no siento nostalgia por haberme perdido la dureza y los vuelcos de una infancia desprotegida. Incluso, sin estar siquiera preparado para admitir que la vida era menos que perfecta, fue maravilloso haber sentido tan pronto el concepto de lo ideal.
Después de muchos años de construir para poder llegar a mi globo, creo que han quedado unas pocas grietas peligrosas en mi construcción, aunque quizás no me corresponda a mí juzgar mi propia plenitud, ya que hay muchas cosas que no he llegado a experimentar.
Aunque la acogida en Nueva York había sido muy calurosa, tenía unas ganas enormes de volver a casa. San Francisco seguía siendo la estrella polar de mi brújula, y un año fuera parecía un periodo terriblemente largo. También anhelaba ver a Esther, aunque obviamente no se lo dijera a nadie. Sería equivocado decir que no encontré nada cambiado, ya que había varios cambios a absorber: un precioso Buick nuevo, regalo del tío Sydney aparcado delante de nuestra puerta cuando llegamos; mi conquista de la habitación que en su día estuvo alquilada a las damas rusas, con vistas a la calle y embellecida con una torrecilla; la vuelta de mi padre a San Francisco como persona ociosa y con obligaciones sólo para con su familia. Sin embargo, a pesar de los cambios, pasados o por venir, la vida retomó por un breve momento su confortable configuración. Hephzibah y Yaltah habían vuelto a dar clases de piano con su primer profesor, Lev Shorr (un hombre entrañable, un buen hombre y un experto profesor, que les enseñó excelentes fundamentos y fue siempre un amigo de la familia; se quedó ciego y aún así siguió participando en conciertos, atendido por su buena esposa, hasta su muerte en 1975). Sin embargo, compartían ahora su lección de francés con Mlle. Godchaux. Estudié, además, armonía con John Paterson, un violinista de la orquesta de San Francisco, y obviamente me volví a reunir con Persinger.
Persinger estuvo dando clases en Santa Bárbara, a cuatrocientas millas al sur, durante casi todo 1928, que era donde tenía la base su cuarteto. Una vez a la semana viajaba de noche a San Francisco, me daba la clase, se quedaba buena parte del día y hacía otra vez el viaje de vuelta. Fue un curioso periodo de creación musical. Enesco me había dejado hasta entonces concentrarme cada vez en una única obra y Persinger sabiamente decidió que había llegado el momento de conocer muchas otras. Cada semana me traía un precioso ejemplar de una nueva obra y cada semana la interpretaba lo mejor que podía, pero no había vuelta atrás, la hiciese bien o mal. De este modo, mi repertorio se amplió a gran ritmo incluyendo entre otras composiciones la Sonata en Re menor de Brahms, Kreutzer de Beethoven y numerosos conciertos de Vivaldi, Mozart, Vieuxtemps, Wienawski, Bruch y Glazunov. Mis constantes referencias adulatorias a Enesco fueron, dicho del mejor modo posible, imprudentes. “¡No quiero volver a escuchar otra vez ese nombre!”, me gritó finalmente Persinger; su devoción fue, sin embargo, superior a mi demostración de falta de tacto y fue con él con quien hice mis primeras grabaciones a principios de 1928 y fue con él con quien Aba y yo pusimos en marcha nuestra primera gira en otoño.
Me comprometí a la grabación de un diez-pulgadas del Allegro de Fiocco y La Capricciosa de Franz Ries y de un doce-pulgadas de Sierra Morena de De Monasterio y la Romanesca con arreglos de Joseph Akhron en el momento en que las grabaciones eléctricas estaba siendo la tendencia desde hacía no más de uno o dos años. Si esto no constituyese suficiente novedad, tuve la experiencia del premio de poder participar en la primera película sonora, “El cantante de Jazz” de Al Jolson, que se presentaba entonces en San Francisco y en un volumen de Robinson Crusoe (renombrado como Robinson Caruso en nuestra casa). He disfrutado durante casi setenta años de las grabaciones de discos, pero ninguna grabación posterior pudo borrar la emoción de aquella primera que se caracterizó, no sólo para mí, por su espíritu de aventura. Habían alquilado una iglesia en Oakland. Mientras Persinger, Aba y yo llegamos a ella desde San Francisco, dos ingenieros recorrían el continente desde la central de RCA en Camden, New Jersey. A su paso por Tejas un agujero de bala, que mostraban con orgullo, quedó como prueba en el parabrisas de su coche de su evidencia pionera. La gira nos llevó ese mismo año a Camden donde grabamos nuevos discos. El premio que recibimos allí fue mi primera invitación a un almuerzo de dirección – mis primeras ostras, monstruos de la bahía de Chesapike, demasiado grandes para tragarlos enteros y desafiándome a que los diseccionase. Recuerdo que las grabaciones que hicimos aquella mañana fueron impresas y procesadas durante la noche y estuvieron en nuestras manos al día siguiente, así de sencilla era la vida e incluso la tecnología en aquellos días lejanos.
La primera gira fue un experimento. Recuerdo las inquietantes deliberaciones previas a la aprobación del plan y recuerdo a mis padres finalmente superando la preocupación de asumir que los constantes viajes y actuaciones eran otros elementos más de mi carrera. A esas alturas mi familia se preocupaba también por lo que devengaban los conciertos, aunque ésta fuese una de sus menores preocupaciones. En los años veinte no se necesitaban muchos conciertos para vivir desahogadamente y ellos tampoco me habrían jamás explotado. Finalmente se decidió que tocase una vez a la semana durante esa primera gira, durante más o menos quince semanas, comenzando en San Francisco y en dirección Este finalizando en Nueva York. Aunque desde entonces he recorrido muchas veces esas tierras, recuerdo con bastante nitidez las ciudades que visitamos: Los Angeles y el inmenso Shriner’s Auditorium; Chicago, cuyo auditorio pasó a ser un pabellón deportivo para posteriormente convertirse en sede de Naciones Unidas antes de volver a ser rehabilitado para la música; Pittsburg, donde por primera vez interpreté el Concerto de Brahms; Minneapolis, donde el director Henri Verbrughen me invitó a su casa, una vez terminado el concierto, a tocar música de cámara (afortunadamente sabía tocar bien a primera lectura y no hice el ridículo); Cleveland, donde el director fue Nikolai Sokoloff , a quien había conocido en casa de la Sra. Casserly donde a su vez conocí a Adam Geismer, un chico de mi edad, que tenía un espléndido tren eléctrico que cubría todo el suelo del ático familiar. En Cleveland se estaba construyendo una nueva estación de tren que suponía horas de retraso a los pasajeros. Mientras esperábamos para atravesar la ciudad, jugaba al ajedrez con Persinger. Sólo un profesor especial prescinde de sus compromisos durante tres o cuatro meses y decide pasarlos con un alumno. Creo que en cualquier caso Persinger disfrutó la gira. Mi padre, él y yo conformábamos un trío alegre. Persinger me acompañaba a los recitales, estaba presente en los conciertos con orquesta, trabajaba conmigo cada mañana y en los tiempos muertos jugábamos al ajedrez y hacía turismo con nosotros. Y di todo aquello por sentado, mientras vivía en mi globo.
Durante la tarde anterior al segundo concierto en Nueva Cork, Hephzibah, Yaltah y yo nos dirigimos a tomar nuestro habitual descanso post almuerzo a nuestra habitación del Hotel Colonial de la calle ochenta y uno. Generalmente éramos muy respetuosos con el silencio de la siesta, pero ese día en concreto estaba demasiado nervioso para cumplir con las normas y la solidaridad de mis hermanas era demasiado absoluta como para tentar su protesta. No me preocupaba el próximo concierto, sabía que había tenido éxito la noche anterior y que tocaría probablemente igual de bien una segunda vez. Dado que esta circunstancia no me daba sueño, decidí pasar la hora de descanso discurseando sobre una serie de tópicos a mi receptivo público. Lo primero que entonces me preocupó – es curioso que pueda fecharlo tan exactamente – fue que no pudiese sentir el peso de mis miembros. Quizás es lo que la gente llama dolores de crecimiento: el cuerpo, que hasta ese momento se da por supuesto, parece escapar del propio control de modo que los músculos se agarrotan involuntariamente y pierden el tranquillo de relajarse. Me tumbé en la cama y estiré mis piernas y brazos pero no logré sensación de inercia de ese modo, algo que resulta poco sorprendente considerando lo que me había puesto a hacer. Pasarían más de veinte años antes de que comenzase a entender el funcionamiento de articulaciones y músculos, o su importancia a la hora de tocar el violín; se ha ido produciendo durante todo este periodo un progreso constante al extremo de que hoy en día puedo sentir el peso de un solo dedo y notar en los músculos del hombro el más mínimo movimiento de un brazo. Pero aunque me haya llevado una vida entera resolver el puzzle, aquella misma tarde de Noviembre ya supe que había un puzzle a resolver.
Fue como si uno estuviese suspendido de un globo en un piso cincuenta sin poder apuntalar un andamiaje de paciencia al que sujetarme mientras se desinflaba. Referido a Beethoven, sabía que de algún modo había comprendido aquella visión, o al menos, la había percibido, antes de que se empezasen a llenar los espacios intermedios – espacios a rellenar por contacto con la vida tanto o más que por contacto con la música. La dificultad estribaba en bajar por los hilos del globo y subrepticiamente construir desde abajo hacia arriba sin haber vivido nunca allí abajo. Las lecciones que, siguiendo el curso ordinario de los acontecimientos, los niños aprenden en la escuela, mientras juegan, en las calles o en pandilla, debían aprenderse en etapas posteriores de la vida: esa competencia existe para conseguir poder, liderazgo, para satisfacer la avaricia, para lograr un objeto, una persona, una mujer. En mi juventud no hubo competencia, no hubo indicio de hacer daño intencionado al vecino en aras al propio ascenso. Por un lado mi talento me salvó: tan pronto como pude tocar profesionalmente, apoyos, compromisos y honorarios recayeron sobre mí, sin esfuerzo alguno. Por otro, la gente que conocí – creo que tuve mucha suerte al margen de que mis padres llevasen a cabo una selección escrupulosa – fue de una bondad extraordinaria. En tercer lugar, los principios familiares edificaron un mundo ideal en torno a mis hermanas y mí mismo. Es verdad que sería difícil y doloroso conciliar la fluidez de la vida real con la escarchada perfección de los valores que rigen la infancia; es verdad, también, que perdí seguramente algo de resistencia, agudeza, colorido y fascinación dada aquella inmóvil seguridad de mi educación. Mucho, mucho después, Sasha Schneider me contó que en la primavera de 1929, mientras hacía mi debut en Berlín, él – un niño y violinista como yo – tocaba para ganarse la vida en burdeles en una pequeña ciudad polaca. Me dijo que se había sentido muy celoso. Pues bien, si nos hubiésemos conocido entonces, estoy seguro que él habría mostrado la personalidad más brillante y yo la lengua más trabada. Sin embargo, no siento nostalgia por haberme perdido la dureza y los vuelcos de una infancia desprotegida. Incluso, sin estar siquiera preparado para admitir que la vida era menos que perfecta, fue maravilloso haber sentido tan pronto el concepto de lo ideal.
Me comprometí a la grabación de un diez-pulgadas del Allegro de Fiocco y La Capricciosa de Franz Ries y de un doce-pulgadas de Sierra Morena de De Monasterio y la Romanesca con arreglos de Joseph Akhron en el momento en que las grabaciones eléctricas estaba siendo la tendencia desde hacía no más de uno o dos años. Si esto no constituyese suficiente novedad, tuve la experiencia del premio de poder participar en la primera película sonora, “El cantante de Jazz” de Al Jolson, que se presentaba entonces en San Francisco y en un volumen de Robinson Crusoe (renombrado como Robinson Caruso en nuestra casa). He disfrutado durante casi setenta años de las grabaciones de discos, pero ninguna grabación posterior pudo borrar la emoción de aquella primera que se caracterizó, no sólo para mí, por su espíritu de aventura. Habían alquilado una iglesia en Oakland. Mientras Persinger, Aba y yo llegamos a ella desde San Francisco, dos ingenieros recorrían el continente desde la central de RCA en Camden, New Jersey. A su paso por Tejas un agujero de bala, que mostraban con orgullo, quedó como prueba en el parabrisas de su coche de su evidencia pionera. La gira nos llevó ese mismo año a Camden donde grabamos nuevos discos. El premio que recibimos allí fue mi primera invitación a un almuerzo de dirección – mis primeras ostras, monstruos de la bahía de Chesapike, demasiado grandes para tragarlos enteros y desafiándome a que los diseccionase. Recuerdo que las grabaciones que hicimos aquella mañana fueron impresas y procesadas durante la noche y estuvieron en nuestras manos al día siguiente, así de sencilla era la vida e incluso la tecnología en aquellos días lejanos.