25 años compartiendo: El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (VI)

 

Una semana más, extractamos n nuevo fragmento del libro del Maestro Yehudi Menuhin, “Viaje Inacabado” cuya lectura recomendamos para, no sólo conocer la faceta humana, y humanista, de este excepcional violinista. Sino para conocer y entender un convulso siglo XX que impactó e inspiró a Menuhin para dedicar su vida a evitar repetir los horrores de la guerra a través del arte. Hoy continuamos el capítulo en que conocemos mejor a la familia de Yehudi en esos primeros años de infancia en San Francisco (EEUU):

 

LA VIDA EN FAMILIA

A pesar de estar protegidos, como niños que éramos, de la infección casual de otras formas de vida, sabíamos sin embargo, a pesar de estar separados varios niveles de la realidad, que las disputas, los problemas y las injusticias eran rasgos del mundo exterior. De hecho, debo a mis padres, debido a sus completamente diferentes radios morales de acción, la embarazosa habilidad de verle tres caras a una pregunta y la correspondiente incapacidad para identificarme con el grupo. A pesar de ser inequívocamente judíos – hecho puesto de manifiesto por la mayoría de nuestros amigos, mi propio nombre desafiante y el origen de nuestros ingresos – no seguíamos las costumbres judías aunque por otro lado tampoco las despreciábamos de manera ostentosa. Mientras que mi padre continuó trabajando en las escuelas de hebreo de San Francisco, nunca fuimos vistos conduciendo el coche un sábado, y sólo fue una metedura de pata por mi parte la que me llevara a comentarle al rabino, patrón nominal de Aba, que la carne en lata de casa tenía un tono más rosa y más grasa alrededor de los bordes. Nuestra naturaleza judía no negaba la virtud a cualquiera. Especialmente para Imma, la calidad de una persona se hallaba en su autenticidad y no en el reflejo de la raza o la clase o el elogio público. Valoraba por tanto a la Sra. Wessels, una anciana católica a la que contrataban para cuidar de nosotros en aquellas extrañas ocasiones en que mis padres salían sin nosotros, como también tuvo posteriormente sus dudas respecto a Toscanini. Tenía en tan alta estima al individuo independiente y tal sentido del estilo que ignoraba las manifestaciones superficiales y encontraba la justificación en el alma, lo que le llevó a retraerse de determinadas costumbres judías cuya práctica atribuía a las circunstancias de confinamiento del ghetto; del mismo modo, y en lo que respecta a la tradición familiar, siempre luchó por defender a los judíos y al judaísmo, cuando eran atacados. Hoy en día me encuentro exactamente en esa misma posición.

La gran virtud de la educación casera fue sin duda alguna la cantidad de atención personalizada acordada entre profesor y alumno, que supuso un progreso rápido y por tanto un menor tiempo de dedicación a las lecciones durante el transcurso del día. Nos levantábamos a las siete en punto, lo que no suponía esfuerzo alguno en las estimulantes mañanas de San Francisco, y después del desayuno y del baño practicaba mi violín hasta las once en punto. A continuación venía una hora al aire libre, cuando el sol se encontraba en su apogeo; después el almuerzo, generalmente en casa, o en ocasiones un picnic en la playa, y luego una siesta. La tarde comenzaba a las tres en punto con lecciones que terminaban lo suficientemente pronto como para permitir unos pocos minutos de juegos. La jornada laboral se redondeaba con una hora adicional de práctica a partir de las cinco y media. A las siete ya estaba en la cama, y aunque posteriormente me acostaría a las ocho, e incluso a las nueve, nunca me fui a la cama más tarde de esta última hora, tuviese la edad de tuviese, con la obvia excepción de las noches de conciertos. El horario se fue extendiendo, completando y creciendo en detalle, pero se mantuvo su esencia, y fue adquiriendo un perfil, basado en el cambio continuo, lo suficientemente firme como para durar hasta que nos hicimos mayores. El resultado fue una coherencia en la vida familiar que permitió todo tipo de especulaciones sobre el propósito del universo sin que el tejido de la existencia se sintiese amenazado.

Casi desde mi primer aliento, tuve conciencia de que el día tenía muchas horas y cada una de ellas estaba asociada a una actividad determinada, sin que tanta regulación dejara sentido de acoso sino todo lo contrario. El tiempo era algo muy apreciado pero que se movía lentamente. La noche anterior a unas vacaciones se movía tan lentamente que llegué a desarrollar una defensa contra la angustia que me producía la espera de su transcurrir. Dividía las horas, que separaban el momento presente del momento de la partida por la mañana, en minutos, los minutos en segundos, y comenzaba la cuenta atrás de esta astronómica cantidad. Resultó ser una herramienta útil ya que nunca debí pasar de mil antes de quedarme dormido. Las vacaciones y el ocio eran tan vitales como el trabajo y mis padres consideraban que contribuían por igual a nuestra constitución física, moral y espiritual. Por tanto la hora de ejercicios fuera de casa nunca fue sustituida por otras obligaciones. Hephzibah, Yaltah y yo nos hemos familiarizado con parques alrededor de todo el mundo, y en ocasiones nos han indultado a la hora indicada para poder purgar nuestro espíritu alegre en Central Park, los bosques de Boulogne, las Tuileries, Tiergarten, Hyde Park, los jardines botánicos de Sydney y numerosos homólogos en otras partes. Sin embargo, ninguno de estos famosos lugares de placer puede borrar de mi memoria el parque de Steiner Street, situado en una colina, tan típico de San Francisco. Estaba a una distancia no mayor de un par de manzanas de nuestra casa y nos ofrecía a diario espacios en los que correr, vegetación en la que esconderse, paisajes para ver, aire fresco a respirar, un propósito para nuestros juegos imaginativos y, cuando nos hicimos mayores, canchas de tenis. Antes, teníamos nuestra propia versión del “pilla-pilla”, cuyas reglas arcanas, inventadas por mí mismo, transformaron una sencilla cuestión de huidas, persecuciones y capturas en una perfecta tabla logarítmica de puntos ganados y perdidos, y que implicaba mucho grito y gasto de energía.

Nuestra vida la regía la luz diurna. Quizás por ello odiaba trabajar cuando el sol se ponía. En aquellas extrañas ocasiones en las que un acto divino o humano descoyuntaba nuestro horario, la sola idea de desenfundar mi violín y tocar a solas a la luz de una sencilla bombilla me llenaba de desolación. Como muchos otros niños, tenía miedo a la oscuridad. A veces me levantaba de la cama en las horas de la noche, me acercaba a la ventana y miraba las lámparas de gas de Steiner Street, hasta que la llegada del buen nombre que las apagaba me avisaba de que despertaba el día, y entonces regresaba a la cama sin aprensión alguna y dormía felizmente. Si me despertaba el silencio de la casa durmiente, me esforzaba por sentir el mínimo sonido que me indicase que no estaba solo, que los demás no habían muerto durante la noche – consecuentemente, también, de ahí el consuelo de las sonrisas amortiguadas de mis padres sobre los libros de Sholom Aleichem. Incluso la llegada de la mañana no desterraba completamente la ansiedad. Al no estar familiarizado con los abuelos, imaginaba que Aba e Imma eran peligrosamente mayores cuando se aproximaron a los treinta años, y no fui capaz de dejar este miedo completamente a un lado hasta que ambos no estuvieron seguramente embarcados en la nueva década. Si Aba volvía media hora tarde del trabajo, inmediatamente estaba convencido de que algo terrible le había sucedido.

Sólo Dios sabe porqué me sentía acechado por el desastre. Quizás la misma tranquilidad de nuestros días parecía una invitación a la expiación, o la propia proximidad de la familia me llevaba a imaginarme una terrible alternativa. Creo que la mía era una naturaleza inquietante en todo el sentido de la palabra. Quería que todo estuviese sustentado en la razón y que la razón fuese claramente visible. Si algún asunto me resultaba incómodo – porqué el verde era verde, por ejemplo, ó adonde iba el peso de la gasolina cuando se consumía, ó cuál era el propósito o la falta de sentido de la existencia -me podía incordiar durante horas y horas. No todas mis preocupaciones me mantenían aislado, algunas me encaraban a dilucidar el misterio del verde. El mundo adulto me parecía tan inútil que deduje la existencia de alguna política que ocultaba las  explicaciones fundamentales a los niños. No se me ocurrió que determinados misterios, seguramente contemplados por innumerables generaciones, no tuviesen una respuesta; ni tampoco que mis padres no fuesen omniscientes.

Afortunadamente allí estaban mis hermanas, siempre dispuestas a recibir cualquier especulación que les dejase caer, aceptándolo todo – puntos de vistas musicales, las reglas del juego, la posibilidad de viajar a la luna en una nave espacial hecha de diamantes ya que consideraba que éste era el único material que creía que se podía utilizar para ese viaje – con la confianza respetuosa de los acólitos. Ocupaba un lugar muy feliz en la familia, ya que no sólo era el único chico, el primogénito, sino que además tenía por encima de mí a dos seres mayores y por debajo de mí a dos menores, una simetría de amor que me encuadraba, con un extremo igualando en devoción al otro.

Por sentido común, Hephzibah debía tener dos o tres años, y yo seis o siete, cuando empezó a ser posible entre nosotros una extensa comunicación., aunque en mi memoria no existe un hueco entre el gozo y maravilla del recién nacido y su realidad como compañera constante de juegos, mi otro yo, su mano tan próxima a la mía que no se sentía extraña a mis caricias. Hephzibah (cuyo nombre significa “la deseada”) siempre tuvo una fuerte intuición hacia las personas. Ésta, durante su infancia, le permitió ser una valiosa hija y hermana, ágil a la hora de atrapar indirectas, de seguir pistas, de adivinar intenciones. En su vida adulta se puso de manifiesto en su implicación con el trabajo social y, de modo menos formal, en la presencia del calor y la serenidad que sentían aquellos que la conocían. Yaltah, que era frágil y caprichosa allí donde Hephzibah se mostraba responsable y obediente, vino al mundo con dos impedimentos: la desilusión de Imma de que no fuese un niño, sombra que sobrevoló de algún modo el trato escrupulosamente imparcial que mi madre dio a sus hijas, y su inevitable exclusión de la ya establecida y autosuficiente pareja que formábamos Hephzibah y yo. Me cuesta admitir que a menudo hacíamos de ella nuestro hazmerreír, pero así era. La queríamos pero éramos crueles con ella, y Yaltah se refugiaba delante del espejo acicalando una y otra vez su rubia melena. La única desafiante de nosotros tres, la más espontánea, solía abandonar abruptamente sus sueños para volver a la inhibidora realidad.

No puedo negar que nuestra casa no estuviese marcada por el énfasis que en Oriente recibe el varón, pero resulta muy curioso que nunca se viera reflejado en lo que se esperaba de nosotros, los niños, o se nos permitía hacer. A este respecto, los principios de mi madre parecían estar más en consonancia con la liberación de las mujeres que con los métodos ancestrales. Mis hermanas no aprendieron artes femeninos, ya fuesen de cocina o de salón, y se encontraban tan desvalidas en casa como lo estaba yo (lo que no pareció ser una discapacidad ya que, de hecho, se convirtieron en esposas, madres y anfitrionas). Sus clases eran las mías, siendo el piano el sustituto del violín, y su demanda de práctica diaria un poco menor. Las excursiones se organizaban para todos nosotros tanto a conciertos como al espectáculo anual de variedades Pantages, y en ocasiones al cine en Filmore Street, en el que un pianista todavía acompañaba el drama silencioso que parpadeaba en la pantalla. Jugábamos y trabajábamos y estudiábamos durante las mismas horas y hasta que comencé mis giras, siempre estuvimos juntos, siendo yo el líder indiscutible.

No hay duda de que hacíamos las veces de los amigos que habríamos tenido si hubiésemos ido a la escuela, pero a pesar de nuestra dependencia mutua, nuestras vidas no se vieron privadas de las de otros niños. El hecho de haber tenido hijos no aplacó el interés de Imma por la gente joven, sólo restringió su campo de acción. Cada vez que uno de nosotros recibía un nuevo profesor o mecenas, entonces acabábamos conociendo a su familia y visitando, como en el caso de Persinger, su casa todos los domingos para jugar con sus hijos o salir en grupo a un picnic. A pesar de que aquellos momentos de diversión no debían trastocar nuestro horario, sí se incluían en determinadas franjas horarias, del mismo modo que no existía franja horaria para un forastero imprevisto. La disciplina afectaba tanto a los padres como a los hijos. En muy contadas ocasiones Aba e Imma se dejaron tentar por lo que debía ser el deseo natural de salir una noche con otros adultos. Estaban siempre allí, a nuestra entera disposición. Como resultado, llevábamos una vida privada, compacta, regular, ordenada, cuya superficie estaba hecha de una única pieza, de modo que cualquier rotura que se produjese implicaba un tremendo poder para emocionar. Mi primer encuentro con el compositor Ernest Bloch fue precisamente una de esas emocionantes desarticulaciones del modelo.