
Una decisión inesperada, un viaje hacia lo desconocido y el comienzo de una nueva etapa familiar. Así continúa Días de oro, el primer capítulo de El Viaje Inacabado, en el que Yehudi Menuhin nos traslada a los primeros años de su infancia.
Las diferencias entre sus padres y el rabino de la comunidad de Elisabeth, en Nueva Jersey, precipitaron una decisión que cambiaría el rumbo de la familia: trasladarse a California. Menuhin recuerda la reacción de los niños ante aquella marcha, las dificultades económicas para emprender el viaje y el gesto de generosidad de un desconocido que hizo posible su partida.
El relato nos conduce después a sus primeros recuerdos en California, marcados por la convivencia con sus padres y el nacimiento de sus hermanas, Hephzibah y Yaltah. A través de pequeñas escenas familiares, como aquella en la que recuerda ir sobre los hombros de su padre mientras comía cerezas, el Maestro reconstruye una infancia que permaneció en su memoria asociada al afecto y la seguridad.
Os invitamos a seguir descubriendo estos primeros pasos de la vida de Yehudi Menuhin a través de sus propias palabras. ¿Qué recuerdos permanecen con nosotros a lo largo de toda una vida? Este fragmento de «Días de oro» nos acerca a algunos de los que el Maestro conservó de su infancia:
Días de Oro
La noticia del rabino supuso el desasosiego de los niños y su consiguiente desaprobación. No era un hombre cruel, como es fácil de adivinar, sin embargo, siendo la culpa, el exilio y la lamentación sus características distintivas, no podía apoyar y estar al servicio de una empresa tan generosamente encaminada a la bancarrota. Defendía su universo cerrado contrario a los intentos de mis padres de dejar entrar la luz y el aire. El arma de mis padres era su fogosidad, la suya la burocracia, y antes de que se pudiera provocar la batalla, un artículo del periódico sobre California llamó la atención de mi padre, que creció tanto como para convertirse en el transcurso de la mañana en una visión. Nuestro futuro estaba decidido. Los preparativos para partir apenas llevaron más tiempo.
En la clase del Talmud Torah se escenificó toda una revuelta tan pronto supieron de nuestra marcha, y con el mismo instinto que lleva a los insurgentes adultos a ocupar el Archivo Nacional y el Registro Civil, confiscaron todos los expedientes escolares. El rabino ingenuamente les ofreció bolsas de caramelos y, ya que no aceptaron el soborno para someterse, acabó echándoles de la escuela. Mis padres habían legado el sentido de lo mesiánico, pero no habían dejado doctrina ni preparado su sucesión apostólica entre su grupo de seguidores de doce años. Cual creyente sin el apoyo tangible para su fe, caminarían sin rumbo hasta sus casas e imagino que con el tiempo se terminarían integrando sin consuelo.
Mientras tanto nosotros habíamos llegado a la Grand Central Station y nos percatamos que el viaje más barato, un parcheado de continuos cambios de trenes locales, costaba quince dólares más de lo que habíamos podido reunir. “No se preocupen”, nos dijo un generoso vendedor de billetes, apenado de nuestra fracasada esperanza. “Yo pondré el dinero que falta”. Fue por tanto mi primer mecenas, a cuya memoria y cuyo buen corazón americano honro: ¿podríamos encontrar hoy alguien parecido? Una semana después llegaríamos a California.
Yo tenía cuatro años cuando nació Hephzibah y cinco años y medio cuando el nacimiento de Yaltah completó la familia. Recomiendo sin reserva alguna el hecho de tener hermanas, especialmente unas tan cariñosas y admirables (un hermano quizás habría desafiado mi posición). También creo que no sólo me enriqueció el amor de mis hermanas sino también el amor indiviso de mis padres durante aquellos primeros cuatro años. Echando la vista atrás, tengo la impresión de que Aba (padre en hebreo), Imma (madre en hebreo) y yo nunca nos habíamos separado. Y hay algo de verdad en ese recuerdo ya que durante el interludio en Elisabeth mis padres por lo visto me llevaban al Talmud Torah en una gran cuna-cesta y me tenían así bajo su control mientras daban las clases, aunque es obvio que los motivos profesionales de Aba me tuvieron que privar de él en muchas ocasiones. Sin embargo, es tan fuerte mi sensación de seguridad y felicidad que he podido sumergir completamente sus ausencias. Una de las imágenes que mejor resume aquellos primeros días en California es una en la que voy en los hombros de Aba, Imma camina a nuestro lado, los tres estamos juntos y no hay nada que podamos desear ni sobre todo nada que podamos temer, y yo estoy comiendo cerezas.
Un telegrama al hermano de Aba, dueño de una granja de pollos cerca de San Francisco, precedió nuestra llegada a California. Éste nos recibió en el apeadero de Oakland, en el que paró el tren. Estuvimos unos pocos días o semanas en su granja pero pronto nos fuimos a Berkeley, dado el carácter de Imma poco amoldable a la dependencia. Después de unos cuantas semanas, o meses, Aba consiguió el puesto de profesor de hebreo en la comunidad judía de San Francisco con un salario de $150 mensuales y nos mudamos a un apartamento al otro lado de la bahía en el nº 732 de Hayes Street. Allí vivimos hasta que cumplí los seis años. A la familia se habían añadido dos hermanas pequeñas, una que apenas empezaba a andar y la otra aún en la cuna y el modesto apartamento empezaba a descoserse por las costuras; compramos nuestra propia casa.