El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXVI)

 

Un nuevo viernes, nuevas líneas que nos invitan a detenernos a leer otra parte del fragmento de la obra de Yehudi Menuhin. Continuamos con el capítulo ocho de este Viaje Inacabado, con este título, Guerra y paz, el Maestro describe cómo la guerra le sitúa en experiencias inesperadas que lo alejan de su vida anterior. Desde un episodio puntual en el que, por primera vez, empuña un arma y demuestra una sorprendente precisión, hasta su implicación en conflictos menos visibles pero igualmente relevantes, como su enfrentamiento con los sindicatos musicales en Estados Unidos.

El relato se detiene también en su relación con otros músicos, especialmente con Jascha Heifetz, cuya figura analiza desde la admiración técnica y la distancia personal. A través de esta reflexión, Menuhin plantea dos formas distintas de entender la interpretación musical: una basada en el control absoluto y otra más abierta a la espontaneidad. Al mismo tiempo, deja ver su posicionamiento ante las dinámicas profesionales del momento, rechazando integrarse en estructuras que no compartía.

Os invitamos a adentraros en este fragmento y conocer de primera mano estas vivencias. En sus palabras encontraréis una mirada directa sobre la música, las decisiones personales y el contexto de la guerra:

 

GUERRA Y PAZ

 

La guerra tuvo mayor eficacia que el matrimonio a la hora de separarme del pasado, colocándome en situaciones que no podría haber previsto ni el mejor de los profetas. Una vez incluso disparé un arma; después del almuerzo en una casa particular en Long Island un día de finales de verano, la compañía se dirigió de vuelta a la playa para hacer prácticas de tiro. Yo iba con ellos pensando en que no podía saber donde tendría que servir una vez llamado a filas. Como nunca en mi vida había tenido en las manos un rifle ni ninguna otra arma, me lo coloqué sobre el hombro izquierdo, como si fuera un violín, hasta que me llamaron la atención; a continuación, con los primeros y hasta el día de hoy últimos disparos de mi vida, acerté dos veces en el centro del blanco. Quizás se perdió un tirador certero debido a mi compromiso anterior con la música, o tal vez sería insensato pensar que la flauta iba a sonar más veces, pero ante mi propio asombro, y probablemente el de todos los que estaban allí, demostré que a los circasianos les quedaba sangre en las venas y guardo en mi poder todavía un trofeo conmemorativo de la ocasión.

Una competición de impacto más considerable que también tuvo lugar durante la guerra fue mi largo enfrentamiento con los sindicatos musicales de los Estados Unidos, una batalla que acabé perdiendo. No me duele reconocer que los sindicatos de trabajadores son fundamentales; en su ausencia los débiles carecen de defensa contra la explotación. Los seres humanos, sin embargo, siempre tienden a corregir en exceso y a pasar de un extremo al otro, convirtiéndose a su vez los organismos de defensa en opresores.

Como solista, perteneciente a una categoría que se suponía capaz de defender sus propios intereses, no podía ser elegido miembro, aunque lo hubiera deseado, de la AFM, la federación americana de músicos, cuya razón de ser era la protección de los trabajadores asalariados. Puesto que este era el único sindicato de músicos del país, me pude permitir permanecer indiferente respecto a este tema hasta que Jascha Heifetz fundó la American Guild of Musical Artists (AGMA) e intentó adherirme a sus filas. Por alguna razón, probablemente un descuido, la asociación excluyó a los bailarines de ballet y a los coristas (si fue de hecho un lapsus, resultó ser un lapsus muy freudiano, y sobre todo muy americano, representativo de un modo de vida en que todas las actividades humanas deben ir asociadas a una herramienta; si uno no excava con sus propias uñas ni viaja a pie, también el arte debe tener más instrumentos aparte del cuerpo o de las cuerdas vocales); la AGMA esperaba atraer a las categorías hasta entonces relegadas, como los solistas o los acompañantes, sobre todo a los jóvenes que precisaran ser defendidos de su propia autogestión, pero se necesitaban también nombres que dieran peso a la nueva organización.

Había coincidido anteriormente con frecuencia con Heifetz pero, pese a mi intensa admiración por él de joven, nuestra relación seguía teniendo una naturaleza curiosamente endeble que la había hecho incapaz a lo largo de los años de dar lugar a una cita y en aquel momento seguía sin inspirar confianza. Puesto que mi acercamiento a las cosas, y sobre todo a la música, ha sido siempre animista, estaba acostumbrado a sentirme a gusto con mis compañeros sin pasar por la trabajosa experiencia de habituarme a ellos. Heifetz era un personaje distante en su apariencia impasible y distinguida, en la impresionante perfección al tocar y en sus maneras poco comunicativas en general. Sus detractores, para los cuales la perfección técnica no tiene por qué inferirse necesariamente de estas características, lo consideraban frío. Creo que malinterpretaban como frialdad un grado de disciplina y método que ningún otro violinista de esa época poseía. En una interpretación de Heifetz podías estar seguro de que todos los detalles, hasta la inflexión más insignificante, estaban calculados y controlados. El concierto de Walton, dedicado a Heifetz y editado por él, es minuto a minuto testimonio de su planificación, indicando las marcas de expresión con un grado de detalle poco usual, imperceptibles crescendos y diminuendos en cada nota. Se esforzaba en lograr un control tan perfecto que cada una de sus actuaciones era idéntica a la anterior; un planteamiento válido y admirable, pero que no comparto. Tampoco me resultó fácil ni accesible como persona tras el muro de corrección que lo encorsetaba. Sin embargo, en esta ocasión no fue su forma de actuar en lo musical sino en lo mundano lo que no contó con mi aprobación. Como motivo adicional para ingresar en la AGMA, Heifetz apuntó que la guerra no duraría siempre y que cuando terminase los artistas europeos invadirían en masa la tierra de las oportunidades, por lo que los americanos debíamos unirnos para defendernos. Me negué a adscribirme.