El Viaje Inacabado de Yehudi Menuhin (XXIV)

 

En esta nueva entrega, del capítulo ocho de Viaje Inacabado, titulado Guerra y paz, Yehudi Menuhin recuerda cómo el ataque a Pearl Harbor en 1941 cambió de forma inmediata el contexto de su vida y de sus viajes. Mientras se encontraba en Texas junto al pianista Adolph Baller, el estallido del conflicto obligó a reorganizar compromisos y desplazamientos. En esos días de incertidumbre, Menuhin describe un breve periodo de viaje hacia México que aprovechó para cuidar su salud y reflexionar sobre su situación personal mientras Estados Unidos se preparaba para la guerra.

A partir de ese momento, su forma de contribuir al esfuerzo bélico fue a través de la música. Entre 1942 y 1945 ofreció numerosos recitales para tropas aliadas, hospitales y organizaciones de ayuda en distintos lugares del mundo. Estas actuaciones le llevaron a públicos muy distintos de los habituales, desde bases militares remotas hasta hospitales de guerra.

El contacto directo con soldados y heridos transformó su manera de entender la interpretación musical. Aquellas experiencias, lejos de los escenarios tradicionales, le hicieron descubrir una dimensión más humana y social de la música y de su papel como intérprete.

En el siguiente fragmento podréis indagar cada detalle que el Maestro Yehudi Menuhin nos deja reflejado en sus líneas:

 

GUERRA Y PAZ

 

El 7 de diciembre de 1941 el ataque sorpresa de Pearl Harbor nos pilló a Adolph Baller y a mí en El Paso, Texas, de camino a nuestros compromisos en México D.F., invalidando nuestros pasaportes de un día para otro hasta que las órdenes de Washington los restablecieron. Inmensamente aliviado porque por fín nos habíamos sumado al bando correcto, no pude, sin embargo, hacer otra contribución de utilidad inmediata que abandonar el país. Mientras América se preparaba para la guerra, yo daba tumbos por el sur junto con Baller, utilizando el viaje, que duró un par de días y de noches, para ponerme a tratamiento. Salvo unas cuantas naranjas, nueces y agua, me maté de hambre y trabajé, descansé y aprendí a automasajearme con resultados gratificantes: llegué a México sintiéndome absolutamente libre, suelto, ligero y flotando. Estuvimos allí unos diez días; llamaba a diario a California para enterarme, entre otras cosas, de mi posición al correr la lista de los llamados a filas. Declarado exento al principio como padre de dos niños, no fui llamado hasta la última semana de las hostilidades en 1945, para recibir entonces de la oficina de alistamiento local la orden de demorar mi presentación en el lugar por otros siete días; una vez dentro, llevaría un año salirme fuera otra vez. La siguiente semana finalizó la guerra y con ella la incertidumbre acerca de mi estatus como ciudadano.

Durante los años de intervención hice lo que mejor sabía hacer. Entre 1942 y 1945 di cientos de recitales para las tropas aliadas y las organizaciones de ayuda, primero en las Américas, más tarde en el Pacífico, y finalmente en Europa. Fue esta experiencia la que me ayudó a salir del cascarón en el que había vivido. Antes de tocar para los soldados, la música, aunque su propósito sea la comunicación, me había encerrado en una coraza que llevaba conmigo intacta cada vez que subía a un escenario o que bajaba de él, en complicidad con públicos que entendían su papel y el mío en la operación. Nunca había tocado en cafés, en cabarets ni -como mi querido Sasha Schneider en Polonia- en burdeles, ni me había visto obligado a ganarme la atención de los espectadores. Ahora tenía que complacer a hombres que nunca habían ido a un concierto, que no habían sido educados en sus convenciones y cuya paciencia no se podía dar por descontada, ni mucho menos su juicio como expertos. Fue una lección de humildad y una experiencia útil y al final estimulante. Por regla general el artista es frío puesto que no se espera de él que atraiga a su público por otros medios aparte de la música, pero en los barracones y hospitales de guerra no hay forma de evitar la relación personal con el grupo y con los individuos que lo componen. Hace falta introducir las piezas con algún comentario, conversar con los heridos en las salas. Por lo tanto la guerra resquebrajó muchas inhibiciones y me ayudó a comunicarme con los demás; mi microcosmos exclusivo de música, violines y actuaciones descubrió su dimensión social.

Me encontré con la tropa por primera vez en lo que parecía el fin del mundo, en las sombrías bases militares de las islas aleutianas, rocas peladas que sobresalían del Pacífico Norte como escalones de piedra entre Rusia y América, entre el hemisferio occidental y el oriental, pero sin pertenecer a ninguna parte. Era una sensación extraordinaria habitar una tierra sin un pasado que poder asociar a la vida humana, sin moldes que se ajustaran a la experiencia personal de uno, sin signos culturales, sin formas reconocibles, nada; islas completamente vírgenes, totalmente originales, donde los hombres, faltos de sus diversiones habituales, se sumían en sí mismos más que nunca.

Para las tropas estacionadas allí la vida no era trágica, ni siquiera peligrosa, aparte de los riesgos naturales, puesto que los japoneses habían sido expulsados de las islas más occidentales unos meses antes; pero sí era deprimente. Abandonados en aquellas rocas vacías, los soldados descubrían niveles desconocidos de aburrimiento, de humedad, de lejanía, y la música encontraba espacio para extenderse por sus mentes, sobre todo en el hospital. El paciente hospitalizado que tiene fuerza para pensar y sentir, siente despertar en su corazón emociones inusuales. En este estado de ánimo tierno, pasivo, suave, las personas que menos nos podríamos imaginar nosotros son sensibles a la música que menos se podrían imaginar ellos. En un hospital de las Aleutianas el piano era imposible de tocar, sirviendo más bien de contenedor de botellas vacías; los reclutas jóvenes respondían con todo su corazón a un programa de Bach a palo seco: el Preludio y Gavota de la Partita para violín solo en mi mayor, la Sonata en sol menor completa, y finalmente la Chacona. Seguramente la mayoría de ellos no habían oído hablar nunca de Bach.

En el otro extremo, la guerra me proporcionó el público más deprimente para el que he tocado en toda mi vida. Fue en Honolulu y mis espectadores eran varios miles de marines que iban a ser conducidos en avión a la primera línea del frente.  Habían permanecido aislados durante tres días, para que ninguna juerga, borrachera ni lío de faldas pudiera hacer mella en la perfección física a la que les habían conducido, por lo que se morían por algo de acción, se movían como fantasmas aplastados por la desdicha y el terror. Algo que se echaba en falta en su entrenamiento era la preparación espiritual y psicológica para las últimas horas de espera; al día siguiente iban a actuar como héroes, pero no tenían pinta de héroes en ese momento.

Tal vez me encontrara con algunos de aquellos hombres más de una vez antes de abandonar el Pacífico, puesto que había en Honolulu un hospital militar al que llevaban a quienes acababan de resultar heridos. Desde los muelles y desde el aeropuerto interminables filas de ambulancias que se movían a paso de tortuga trasladaban a los heridos casi directamente del campo de batalla a las manos del médico. Toqué también para este público retornado, quedándome unos veinte minutos en cada sala, y aunque los hombres estaban magullados, ensangrentados y vendados, su alegría y jovialidad fueron un estupendo contraste después de la tensión y la penuria de los marines de camino a la guerra.